Ansiedad. La inseguridad existencial y el miedo

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Decíamos en el anterior artículo, que la inseguridad existencial era el centro neurálgico de la Ansiedad y que estaba conectado con otros elementos neuróticos, que son el control desmesurado y el miedo patológico. Pero vamos por partes.

Para alejarnos de la insoportable inseguridad existencial, las personas intentamos de forma inconsciente controlar todo en nuestra vida.

Pretendemos mantener lo que nos da placer, nos gusta y nos atrae, y por otro lado, evitar lo que nos disgusta, nos genera rechazo o nos molesta. Nos engañamos para quedarnos tranquilos, con la inocente idea de que las cosas están bajo control. Es una ilusión. Basta que cualquier pequeño detalle se nos escape de lo ideado, basta que un imprevisto nos sorprenda, y ya reaparecen los nervios y la ansiedad.

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Nos creemos que la seguridad está en controlar las situaciones, en el control de los demás, en acumular poder y dinero, en tener prestigio o éxito social, en sentirnos con importancia o con autoridad hacia otros. ¡Todo ello para sentirnos que estamos a los mandos!

Queremos parar el tiempo cuando nos sentimos felices, cuando sentimos la seguridad plena. Pero si paramos un poco y reflexionamos, veremos que la vida es incontrolable. Si hay algo permanente y vitalicio es que todo el universo está en constante movimiento, en puro cambio. Controlar la vida es una misión imposible.

Claro, esta pseudo-seguridad que parece darnos el control, es la que aparentemente calma nuestra ansiedad… pero no es verdad.

Es muy evidente porque si sentimos que perdemos algo, si no sabemos resolver una situación, si nos vemos impotentes ante hechos que son parte de la vida como la vejez, ¡ya estamos ansiosos de nuevo! Podemos enfermar, podemos morir, nos pueden engañar, podemos ser víctimas de un accidente; podemos sufrir todo tipo de injusticias, invalidaciones o atropellos.

Nos puede abandonar nuestra pareja por otra persona o por enfermedad o muerte. ¡Y entonces podría aparecer el miedo a la soledad! Además, existen las personas que crees que pueden ser una amenaza para ti… otro miedo.

Nos puede ir mal en el trabajo o podemos quedarnos sin dinero, nuestro jefe podría cogernos manía y comenzar a complicarnos la vida… ansiedad.

Nos pueden engañar, nos pueden traicionar, alguien nos puede hacer alguna maldad… ansiedad.

¿Y si de repente nos diagnostican un cáncer? ¡Y todo esto le podría pasar a cualquiera de nuestros seres queridos! … ansiedad…

¡Y qué me dices de la muerte! Ese es el mayor de los miedos, perder hasta nuestro cuerpo…

Junto a este miedo agarrado en el fondo de nuestro corazón, suele estar también la no-aceptación de lo que está ocurriendo en nuestra vida. Podemos estar enfadados porque las cosas no son como queremos. Simplemente no estamos de acuerdo con la vida…

Por ejemplo, una de las experiencias ineludibles de la vida es la perdida. Observamos una secuencia de pérdidas continuas: primero perdemos la inocencia, luego la juventud, todos tenemos pérdidas materiales o afectivas en algunos momentos de nuestra existencia, perdemos la salud… Aunque lo sabemos, no lo aceptamos, no queremos que sea así. Nos rebelamos y esta no-aceptación va provocando más ansiedad…

Son tantos los imprevistos, tantas las posibilidades de que se esfume la precaria seguridad que hemos creado, que es completamente ingenuo creer que podemos mantener bajo control tantas variables. ¡Y en esta labor inútil el ser humano gasta gran parte de su energía vital!

Pero no es sólo un mecanismo individual, sino que es la forma de pensar de la sociedad, que está basada en el miedo y en querer que las cosas sean diferentes de lo que están siendo. Una paranoia generalizada, que fomentamos entre todos, los unos a los otros. Podemos confeccionar una lista extensa de pruebas de que es cierto que los humanos nos engañamos y nos ponemos zancadillas por envidias o competitividades mal entendidas. Asumimos una visión maltusiana de que el hombre es una amenaza para el hombre, de que la vida es peligrosa y además, cualquier cosa se puede acabar o perder sin previo aviso… Acabamos viendo peligros por todas partes, dentro y fuera de nosotros, y esto nos vuelve a llevar al miedo patológico.

Nuestros pensamientos quedan en función de la emoción del miedo. De forma inconsciente todos los días está presente en nuestras vidas, vivimos con miedo, ponemos nuestra atención en el miedo día y noche. Y como todo el mundo hace lo mismo, ¡nos parece normal pensar así! Hay un consenso: tenemos que protegernos. Y ahí ponemos inconscientemente nuestra energía …

Gran parte de nuestros pensamientos y de nuestra energía la gastamos en esa pseudo protección. Si todavía no lo has cuestionado, quizás ahora sea momento… Quizás no hayas reconocido el miedo en ti, pero seguro que sí has reconocido su consecuencia natural: la ansiedad.

Y si la padeces, ten por seguro que existe también un miedo soterrado y oculto … Es consecuencia de una forma de pensar, individual y colectiva. Pero …

 ¿y si comenzamos a pensar de una manera distinta?

¿Existen formas diferentes de usar nuestro pensamiento y nuestra energía?

Juan R. De Francia

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