por César R. Espinel, mitólogo

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Iniciación a la Mitología Comparada: Centroamérica, Asia y Europa septentrional

Tamil nadu, nataraja, shiva come signore della danza, xi secolo.jpg

Shiva es una de las divinidades orientales que más arraigo ha encontrado en Occidente. Le solemos ver representado sobre todo de dos maneras: una sedente, meditando, y la otra como la imagen superior: bailando. Esta iconografía y su simbolismo han sido ampliamente tratados por Ananda K. Coomaraswamy en The Dance of Shiva (1924), Heinrich Zimmer en Myths and Symbols in Indian Art and Civilization (1946) y Joseph Campbell en The Hero with a Thousand Faces (1949). Un resumen aproximado sería el que sigue.

La mano derecha extendida sostiene el tambor, cuyo sonido marca la pauta del tiempo. Y, sin embargo, ese tiempo es el origen y principio de la creación, la eternidad. La mano izquierda extendida sostiene la llama, que representa la destrucción del mundo creado: Shiva es el destructor-renovador, debe destruir algo para que algo nuevo nazca, marca la continuidad del orden y el caos. La segunda mano derecha adopta la actitud de «no temáis», mientras que la segunda mano izquierda señala el pie izquierdo levantado, adoptando la «posición del elefante» (el elefante es quien abre el camino en «la selva del mundo», es decir, el guía divino). El pie derecho está clavado en la espalda de un enano: es el demonio del olvido, del no-conocer, que simboliza el paso de las almas de Dios a la materia. Sin embargo, el pie izquierdo está levantado mostrando la libertad del alma. Es ese pie el que señala la mano en la «posición del elefante» y por quien la otra mano asegura «no temáis«. La cabeza del dios se mantiene en equilibrio, quieta y serena, en mitad del dinamismo de creación-destrucción. Esto significa que en el centro todo está en calma. El arete o pendiente derecho de Shiva es de hombre, el izquierdo es de mujer, porque el dios incluye y está por encima de los opuestos y contrarios. La expresión del rostro de Shiva no es ni de alegría ni de congoja, sino que es la imagen del Motor Inmóvil, detrás y dentro de ella están la alegría y el dolor del mundo. Los mechones de cabello revuelto representan el pelo desarreglado del yogui hindú, ahora se revuelven en la danza de la vida. Y es que la presencia conocida en las alegrías y tristezas de la vida y aquella conocida en lo profundo de la meditación silenciosa son sólo dos caras del mismo Ser-Conciencia-Bendición (sat-cit-ananda) que es siempre universal y nunca dual. Los brazaletes de Shiva, los aros de sus brazos, los de sus tobillos y el cordón brahmínico son serpientes vivas. Esto significa que Él ha sido ungido y embellecido por el poder de la Serpiente: la misteriosa Energía Creadora de Dios, que es la causa de su propia manifestación como el universo con todos sus seres. Sobre la cabeza de Shiva se aprecia una pequeña calavera, símbolo de la muerte y ornamento del Señor de la Destrucción; pero también una luna creciente, símbolo del nacimiento y el crecimiento, sus regalos para el mundo. En su cabello también destaca una flor de estramonio, planta con la cual se prepara un brebaje (compárese con el vino de Dionisos o el de la misa). Una pequeña imagen de la diosa Ganga, la personificación del Ganges, está escondida en sus cabellos: es Él quien recibe en su cabeza el choque del descenso del divino Ganges desde los cielos, quien permite que las aguas que dan la vida y la salvación fluyan suavemente sobre la Tierra para refrescar y sanar física y espiritualmente a los seres humanos.

La posición de la danza de Dios puede simbolizarse como la sílaba simbólica sagrada AUM, Resultado de imagen de om , que es el equivalente verbal de los cuatro estados de conciencia: A) conciencia despierta, U) conciencia en el sueño, M) dormir sin sueños, y el silencio alrededor de la sílaba sagrada es lo Trascendente no Manifestado. De esta forma, el Dios está dentro del que lo adora y también fuera.

Esta figura ilustra la función y el valor de la imagen esculpida y muestra por qué los largos sermones son innecesarios para los idólatras: así se permite al devoto penetrar el significado del símbolo en profundo silencio y de forma oportuna. También, así como el dios lleva aros en brazos y tobillos, también los lleva el devoto, y significan lo mismo. Están hechos de oro en vez de serpientes (oro, metal que no se corrompe) y simbolizan la inmortalidad, que no es sino la misteriosa Energía Creadora de Dios.

Muchos otros detalles de la vida y de las costumbres locales de Oriente están representados de forma similar, interpretados y así validados, en los detalles de los ídolos antropomórficos. De este modo, toda la vida es un campo abonado para la meditación. La humanidad vive inmersa en un silencioso sermón.

por César Rodríguez Espinel, mitólogo

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El Pensamiento Simbólico

Desde este próximo viernes 8 hasta el 3 de Marzo se representa en el Teatro Fernán Gómez de Madrid la obra Gilgamesh, dramaturgia y dirección a cargo de Álex Rojo. El domingo 17 de Febrero iré a la representación acompañado de todos aquellos que lo deseen, y el día 27 de Febrero tendremos una clase extra perteneciente al ciclo El Pensamiento Simbólico donde trataremos en profundidad la historia de Gilgamesh, rey sumerio, y sus correspondencias en la mitología del mundo. Esta salida al teatro es una actividad que busca estrechar los vínculos de comunidad entre los alumnos de Escuela de Atención interesados en el área de la simbología.

Pero, ¿qué podemos decir de Gilgamesh? Primeramente que su relato, conocido como La Epopeya de Gilgamesh, es la obra literaria más antigua que se conserva de la historia de la humanidad. La historia de un fracaso que relata los más profundos anhelos del hombre, la vida y la muerte, la amistad y el amor, la lucha y la búsqueda de propósito, la naturaleza de nuestra espiritualidad, nuestro origen y nuestro destino. Símbolos e imágenes arquetípicas se dan la mano en esta primera muestra del relato que ha mantenido unidas a todas las generaciones de todas las culturas del mundo. En Gilgamesh se refleja por primera vez lo que Joseph Campbell denominó «El Viaje del Héroe», un recorrido de vida en el que todos nosotros estamos inmersos.

El descubrimiento de las tablillas del poema de Gilgamesh es uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del siglo XIX, llevado a cabo por Sir Henry Layard y traducidas posteriormente por el asiriólogo Georges Smith. Las tablillas originales de arcilla cocida y tallada están escritas en cuneiforme y pertenecen a la cultura sumeria paleo babilónica de la tierra de Mesopotamia. Se conservan en el British Museum de Londres. La autoría del poema se atribuye tradicionalmente al escriba asirio Sin-lequi-unninni por haber dejado constancia casi inalterada del poema completo en torno al 1400 a.C. Las tablillas fueron rescatadas de las brumas del tiempo en la biblioteca de Asurbanipal en Nínive, actual Irak.

Gilgamesh es, sin duda, el primer gran héroe trágico. Su poema recoge los primeros versos de la humanidad, reflejo y dictado de los albores de la conducta verbal. En ellos se ve reflejada una profunda mirada a los tiempos de los reyes y héroes legendarios, semidioses míticos de la tradición oral. Gilgamesh es el reflejo del ser humano que se enfrenta a la diatriba del amor y al dolor de su pérdida, quien por primera vez es consciente de su propio deterioro y emprende un camino de autoconocimiento. Cuando su mejor amigo muere Gilgamesh, solo y aterrado, viaja hasta los confines del mundo en busca del secreto de la inmortalidad.

por César R. Espinel, mitólogo

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Mitología Comparada II 

El relato de los Reyes Magos sólo aparece recogido en el Evangelio según San Mateo, pero el evangelista no especifica sus nombres, ni que fuesen tres, ni siquiera que fuesen reyes. Únicamente habla de unos magos venidos de Oriente. Habría que esperar al siglo III para que Orígenes, Padre de la Iglesia Oriental, diese la primera referencia concreta al número exacto de personajes: tres, pues tres fueron los regalos. Sería en el siglo IV cuando Ambrosio de Milán, según el decir de Schoebel en su libro L’histoire des rois mages, establecería en Occidente que los magos fueron tres y que además fueron reyes. Y finalmente en el siglo V, el papa León I estableció ese número como oficial para toda la cristiandad. En cuanto a los nombres, parece que provienen de ese mismo siglo V a través de dos textos apócrifos: el Excerpta latina barbari o Anales de los bárbaros dice textualmente: «magi autem vocabantur Bithisarea, Melichior, Gathaspa»; mientras que en el Evangelio armenio de la infancia aparecen como Melkon, Gaspard y Balthazar. Para la tradición de la iglesia siríaca, los nombres son diferentes: Larvandad, Gushnasaf y Hormisdas. La primera manifestación iconográfica de estos personajes y sus nombres en la iglesia latina la encontramos en los mosaicos del siglo VI de San Apolinar el Nuevo, en Rávena, un templo pensado originalmente para el culto arriano (de hecho el arrianismo y sus seguidores bárbaros parecen haber sido los grandes impulsores del culto a los Reyes Magos en Occidente). En el mosaico les encontramos vestidos a la manera persa, tocados por un gorro frigio, y donde sus nombres aparecen escritos como sanctus Balthassar, sanctus Melchior, sanctus Gaspar.

Poco a poco la tradición ha ido añadiendo detalles a su escueta historia evangélica. Se les ha hecho representantes de las tres razas conocidas en la Edad Media, de las tres edades del hombre y de los tres continentes (Europa, Asia y África). Hubo que esperar al siglo XIV para que Baltasar apareciese como un hombre de tez negra. Según la tradición esotérica cristiana provendrían del lugar donde se encontraba el Preste Juan, en el Lejano Oriente. De acuerdo a una tradición medieval, después de la Ascensión de Jesús el apóstol Tomás les encontró en el reino de Saba, donde fueron bautizados por él y consagrados como obispos. En el 70 d.C. fueron martirizados y enterrados en el mismo sarcófago. E igualmente, hay leyendas que hablan de un cuarto rey mago.

Su nombre es Artabán, y es el protagonista del cuento navideño The Other Wise Man («El otro Rey Mago»), escrito en 1896 por el teólogo presbiteriano estadounidense Henry van Dyke (1852-1933). De acuerdo con el relato, Artabán también tenía intención de dirigirse a Occidente guiado por la Estrella para adorar al Niño Dios. Había acordado marchar junto a sus compañeros Melchor, Gaspar y Baltasar. El zigurat de Borsippa era el punto de encuentro e inicio de la travesía conjunta. Hacia allí se encaminó Artabán con un diamante de la isla de Méroe, un fragmento de jaspe de Chipre y un fulgurante rubí de las Sirtes, como triple ofrenda al recién nacido. Sin embargo, en el camino al zigurat se encontró con un viejo moribundo que había sido asaltado y apaleado por unos bandidos. Artabán se detuvo y se aprestó a curar sus heridas, ofreciéndole el diamante para que pudiese rehacer su vida. El mago reanudó el viaje, pero cuando llegó a Borsippa vio que sus tres compañeros ya habían partido.

Así que emprendió solo el camino, guiándose por la Estrella, pero cuando llegó a Belén de Judea no encontró al Niño Dios, ni a su madre ni a su padre, ni tampoco a sus compañeros magos. Solamente vio hordas del rey Herodes que estaban degollando a recién nacidos. A uno de los soldados, que con una mano sujetaba a un niño y con la otra la afilada espada, se acercó Artabán: le ofreció el rubí destinado al Hijo de Dios a cambio de que perdonase la vida de ese niño. El soldado acepta, pero en esa actitud son ambos sorprendidos: el soldado es castigado duramente y Artabán encarcelado por soborno en la Fortaleza Antonia de Jerusalén. Allí permanece prisionero durante treinta largos años, y durante ese tiempo fueron llegando a sus oídos noticias de los prodigios, consejos y promesas de un Mesías que no era sino el Rey de Reyes al cual había ido a adorar. Recibida la absolución y recorriendo las calles de Jerusalén oye que se anuncia la crucifixión de Jesús el Nazareno. Así, Artabán encamina sus pasos hacia el monte Gólgota para efectuar la adoración tantos años postergada. Sin embargo, en el ascenso, repara en un mercado en el que una joven muchacha va a ser subastada para saldar las deudas de su padre. Sin dudarlo un instante, el mago compra la libertad de la joven ofreciendo el pedazo de jaspe, la última ofrenda que le quedaba para el Hijo de Dios. Así, Jesucristo muere en la cruz: la tierra se sacude, se abren los sepulcros, los muertos resucitan, se rasga el velo del Templo y caen los muros de la ciudad. Una piedra golpea a Artabán en la cabeza y, entre la inconsciencia y la ensoñación, se le presenta una figura que le dice: «Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste.» Desorientado y exhausto, el buen Artabán pregunta: «¿Cuándo hice yo todas esas cosas?«. Y en su expiración recibe la respuesta: «Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí. Gracias por tantos regalos de amor, ahora estarás conmigo para siempre pues el Cielo es tu recompensa.»

 

Paz y Bien para todos, y feliz 2019

por César R. Espinel, mitólogo

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Iniciación a la Mitología Comparada II

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La última vez estábamos hablando del sacrificio y su significado en las mitologías del mundo (podéis leer la entrada correspondiente aquí), y nos quedó pendiente hacer referencia a un grupo de caracteres mitológicos que se diferencias de los que ya aparecieron: Purusha en la tradición hindú o Ymir en la religión nórdica, por ejemplo. Ellos eran entidades primordiales cuyo sacrificio a manos de los dioses dan origen al mundo. Es común que a los dioses, espíritus y (en China y Japón) ancestros, se les ofrezcan plantas, animales e incluso seres humanos. En la cosmogonía azteca, para sustentar al Sol se le sacrificaban hombres, mujeres y niños a quienes les arrancaban el corazón, se desollaba o desmembraba. Los pueblos germanos guindaban (en memoria de Odín) o asfixiaban a sus víctimas. Caín se enemistó con Abel cuando YHWH rechazó su ofrenda de grano, en tanto que aceptaba el animal sacrificado por su hermano. Sin embargo, las demandas divinas tenían un límite. En el Antiguo Testamento Dios le pone a prueba a Abraham pidiéndole que sacrifique a su hijo Isaac. Justo antes de que lo hiciera, apareció un carnero que fue inmolado en lugar del joven. Cuando según la mitología griega el rey Licaón sacrificó a un hombre y lo preparó como alimento, Zeus le transformó en lobo.

Como vemos, el sacrificio es algo bastante corriente en las religiones del mundo. Pero hemos dicho que hay personajes que se diferencias de los anteriores, y son los que practican la abnegación. Ellos también hacen sacrificios, pero se entregan a sí mismos de forma voluntaria, y eso es lo que los diferencia. Etimológicamente sacrificar significa «hacer sagrado». Los mitos de sacrificio de personajes como Purusha, Ymir, Dionisos, Orfeo, Tiamat u Osiris se caracterizan porque ninguno de ellos quería morir, sino que son asesinados. En cambio, en los mitos de abnegación, individuos como Prometeo, Jesús, Horus, Odín, Xipe Totec o Nanahuatzin se comportan de forma desinteresada, primando el bien común o el acceso a la sabiduría sobre sus propias vidas. Y esto, que podemos extrapolar perfectamente a nuestra vida diaria (el cuidar y mirar por los demás antes que por nosotros mismos, por el yo inferior) es lo que nos hace sagrados. Los padres que se sacrifican por sus hijos y los hijos por sus padres es el ejemplo más claro, pero cada uno de nosotros puede encontrar ejemplos en la rutina, gente que practica sacrificios sobre sí misma por el bien de los demás. La entrega al otro.

Mitológicamente, Prometeo es un buen ejemplo: regaló el fuego a los hombres sabiendo que incurriría en la ira de Zeus, y sufrió el castigo. Para la tradición azteca la vida sólo fue posible gracias al sacrificio de Nanahuatzin quien, habiéndose extinguido el Cuarto Sol, se arrojó a una hoguera para morir y transformarse en el Quinto. Los chivos emisarios expían los pecados de todo un pueblo, como hizo Cristo (con la diferencia con el chivo, una vez más, de que él se entregó voluntariamente a la muerte). Su crucifixión a manos de los romanos fue un sacrificio sangriento para lavar el pecado de Adán y Eva. Si su nacimiento fue humilde, su muerte fue humillante; pero ese horror se transformó en gloria. El ciclo de la Pasión se convirtió en el eje central del cristianismo y los instrumentos de tortura, en iconos ineludibles.

También el dios nórdico Odín, Padre de Todos, se sacrificó a sí mismo colgándose del Yggdrasil para acceder al conocimiento de las runas, el saber y aliento mágico que da vida al mundo, el ruach de los hebreos. Se dice que el dios también fue alanceado, como Cristo en la cruz. El dios azteca Xipe Totec se despellejó a sí mismo para que los seres humanos pudiesen comer, un paralelismo que encontramos en la historia de San Bartolomé y que miles de personas en todo el mundo repiten en el acto de la comunión: según el rito católico, en ese momento la oblea y el vino se transforman, literalmente (en un hecho conocido como transubstanciación), en el cuerpo y la sangre de Cristo, que son ingeridos por los fieles. Al comerse a dios, tanto los cristianos como los aztecas permiten que Dios pase a formar parte de ellos, sacralizándose y encontrando, aunque sea por un breve período de tiempo, la reconfortante sensación del regreso a la Unidad.

 

Ultreia!

 

por César R. Espinel, mitólogo

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Iniciación a la Mitología Comparada, VOL. II

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El sacrificio de uno mismo es una de las cosas que a los ojos de los profanos más incomodidad produce de la religión. Parece que es un sufrir por el sufrir, y es algo que siempre se ha mirado con cierto recelo para con el cristianismo. La mala comprensión de la máxima «poner la otra mejilla». Pero ni ése es su significado ni esa religión su única practicante: numerosos mitos de todas las culturas del mundo han subrayado la importancia del sacrificio y el profundo vínculo con lo sagrado que este acto posee.

La última vez que nos leímos acabábamos de dejar al esclavo liberado fuera de la caverna concebida por Platón, ¿te acuerdas? (si no, puedes hacer memoria aquí). Bien, el esclavo ha accedido a la contemplación del mismo sol, el Conocimiento puro. Ha sido plenamente liberado. Y ahora, ¿qué? Primer ejemplo de abnegación y sacrificio: decide volver a la caverna para liberar a sus compañeros. Porque el camino del conocimiento lo debemos hacer todos juntos, no sólo uno. Otro ejemplo muy bueno de este concepto se había dado 100 años antes de la época de Platón: cuando Siddharta Gautama alcanza el Nibana (en pali, en sánscrito es «Nirvana») y se convierte en un buddha («iluminado»), se encuentra ante la misma disyuntiva. Inmediatamente después de haber alcanzado el absoluto discernimiento, reflexionó si debía o no enseñar el dharma a los demás. Al principio consideró que la humanidad, dominada por la ignorancia, la avidez y el odio, nunca podría comprender un camino que es tan sutil y profundo como difícil de entender. Sin embargo, se convenció a sí mismo de que al menos una persona lo intentaría. Y el Buda, reconfortado, aceptó enseñar.

Tanto el esclavo de Platón como el Buda cometen actos de abnegación al sacrificar su propio interés (la obtención del Conocimiento supremo) para ayudar a los demás. Pero la abnegación y el sacrificio tienen, mitológicamente hablando, una diferencia fundamental. El sacrificio, etimológicamente, proviene del latín latín sacro + facere, literalmente «hacer sagrado», es decir, honrarlas y entregarlas para un fin numinoso. Debido al uso y a la costumbre, ahora vinculamos el término con el dolor y la pérdida, cuando no es ése su sentido. Los mitos vinculados al sacrificio siempre implican que lo que va a ser sacrificado lo será contra su voluntad. En India tenemos el mito del gigante-dios primordial Purusha, sacrificado y desmembrado por los devas (dioses) a partir de cuyos restos se creará el mundo. Otro tanto le ocurre al gigante de escarcha Ymir en la tradición mitológica nórdica, que será asesinado y también desmembrado por Odín y sus hermanos Vili y Ve, con la correspondiente organización del Cosmos. En la tradición religiosa de Grecia tenemos figuras como Dionisos u Orfeo, ambos asesinados y desmembrados por gigantes y bacantes, respectivamente. Osiris también fue desmembrado en Egipto, y en Mesopotamia la gran diosa-serpiente Tiamat fue derrotada por el dios Marduk, quebrada y con su cuerpo se construyó el mundo.

¿Qué tienen en común estos personajes? Que ninguno de ellos (ni Osiris, ni Ymir, ni Urano, ni Tiamat…) querían ser sacrificados. Ellos son los representantes de un orden anterior, la mayoría de ellos surgen del Caos, y agentes externos necesitan sacrificarlos y en muchos casos desmembrarlos (es decir, reducirlos a la esencia y «sembrar» sus restos) para dar origen a un nuevo orden. Para que algo nuevo surja debe morir lo viejo, y parte de lo viejo debe ser asimilado en lo nuevo. Ése es el simbolismo de los mitos de sacrificio, que sugieren un acto violento que sacraliza tanto al oferente como al ofrendado. Pero hemos dicho que existe una diferencia fundamental entre el sacrificio/muerte a manos de terceros y el sacrificio-abnegación. ¿En qué consiste y quiénes pertenecen a este último conjunto? Hablaremos de ellos la próxima vez.

Ultreia! 

 

por César Rodríguez Espinel, mitólogo

Si hay una imagen que nos debe venir a la cabeza cuando oímos hablar de mitología, es ésta: el Mito de la Caverna, un relato que nos regala Platón en el Libro VII de su República. Éste es el mito por antonomasia y uno de los mejores ejemplos de pensamiento simbólico que podemos encontrar. Todos conocemos este relato, quien más quien menos lo recuerda de sus clases de Filosofía en el instituto. Pero debemos tener cautela con la palabra «mito». Generalmente uno ve que numerosas universidades ofrecen cursos y seminarios de mitología e iconografía que parecen aptos sólo para unos pocos alumnos de Humanidades. Y esto no deja de ser cuanto menos sorprendente, ya que todo lo que quiero decir se resume en esto: la mitología es un conjunto de relatos simbólicos. El símbolo configura un lenguaje que nos ayuda a entender el pasado, y es un lenguaje muy concreto: el poético, el metafórico. El ser humano necesita completarse, eso está más que claro, y parece que para completarnos necesitamos ese tipo de pensamiento simbólico/metafórico/poético.

El Mito de la Caverna no es sólo la teoría del conocimiento de Platón, pues en este relato el filósofo no cierra ni tampoco explica las cosas. ¿Por qué? Porque las interpretaciones de un mito (y de los símbolos que encierra) son infinitas, ya que el símbolo nos religa con algo trascendente, y lo trascendente tiene infinitas interpretaciones para cada uno. Un símbolo jamás llega a conocerse completamente, hay que convivir con él porque constantemente se actualiza y nos devuelve una información, del tipo que sea (emocional, mental, espiritual…). Si dejamos el símbolo anclado en el pasado y le impedimos evolucionar, perderá su sentido como enlace con lo trascendente.

Teniendo esto claro, podemos acceder al quid de la cuestión. Recordemos brevemente lo que nos dice el mito. Cuenta Platón que había una caverna en la que estaban unos hombres encadenados, por los tobillos y por el cuello, de espaldas a una pared. No veían la pared, sólo veían el muro de la caverna delante de ellos. Detrás de la pared (y de ellos mismos), unos hombre y mujeres pasaban llevando objetos sobre sus cabezas, y detrás de ellos les iluminaba un fuego. Ese fuego emitía una luz que iluminaba los objetos que movían esas personas sobre sus cabezas, proyectando sus sombras sobre el muro de la caverna. Los hombres encadenados piensan, lógicamente, que esas sombras son la realidad. Porque además los objetos se mueven. Y las personas que llevan los objetos hablan, por lo que los cautivos piensan que son las sombras las que hablan. Los encadenados están siempre ahí, mirando esa especie de cine todo el tiempo. Y están convencidos de que ésa es la realidad.

Pero, de repente, algo ocurre. El hecho mágico que da lugar a todas las transformaciones: uno de los hombres encadenados es de repente liberado. Uno podría pensar que qué bien, cadenas fuera, es libre por fin. Pero nada más lejos de la verdad. Aquí empiezan los problemas. Porque vivir de la otra forma es muy fácil y cómodo: quedarse sentado a ver qué sombras vienen y qué sombras se van, qué bien la vida, qué mal la vida… Pero de repente llega alguien y te dice: «no, no, no te quedes ahí sentado. Levántate y anda». Claro, entonces el hombre se levanta, da la vuelta al muro y se da cuenta de que esas sombras no son la realidad. Que se parecen mucho porque son una proyección en una pared como consecuencia del fuego. Que es luz. Y la luz se proyecta sobre los objetos y justamente lo que no deja pasar la luz configura el contorno de lo que crees que es la realidad, es decir, una ausencia de luz. Metáfora bellísima.

Pero la cosa no termina aquí, porque el hombre descubre que puede salir de la caverna. Y que el fuego no es la verdadera fuente de luz, hay una que es mucho mayor: el Sol. Y esta metáfora es posiblemente la más importante, porque hay dos fuentes del luz. Platón los distingue con el fuego y el sol. En la Biblia, el libro del Génesis 1:3 se recoge la famosa frase:

«Entonces dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.»

Sin embargo, son muchos los lectores de la Biblia que se sorprenden cuando leen versículos después (1:16) que Dios creó el Sol y la Luna. ¿Qué es esa luz que Dios crea el primer día y que separa la luz de las tinieblas cuando el día y la noche aún no han sido creados? Son los dos mismos tipos de luz que en Platón. Esa «luz primera» del Génesis es el sol de Platón, el Conocimiento único. El sol físico del Génesis se convierte en la luz intelectual, el fuego de Platón. Este fuego nos dice la «mentira», pero es necesario para acceder al Sol. Pero Platón insiste: cuidado, no le fue nada fácil al ex-cautivo salir de la caverna, porque no estaba acostumbrado a esa luz, al Conocimiento. De hecho no puede ver, así que se va colocando poco a poco a la sombra de las cosas. Un poco más adelante ve la realidad (esta vez sí) a través de su reflejo en el agua. Y poco a poco va siendo capaz de mirar directamente los árboles, las rocas o los animales hasta que es capaz de contemplar el mismísimo Sol.

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Podríamos decir que el ex-cautivo ha alcanzado la Iluminación, el Nirvana, el Conocimiento único. Vale, pero ¿y ahora qué? Esa pregunta la dejaremos para otra ocasión…

El Teatro muere y comienza cada día, como la vida, así nosotros renacemos nuevos para este segundo cuatrimestre. Cada módulo es independiente, pues cada grupo es nuevo y hay una nueva energía. No es un aprendizaje lineal, sino multidimensional, por lo que cada módulo es una aventura independiente, aunque suma para los que ya hayan hecho uno a sus experiencias que van desarrollando, y es nuevo a la vez para todos. Leer más

geometria-sagrada-Jaime-Buhigas

Para aquellos sabios de la antigüedad, de los cuales somos consecuencia, era absolutamente vital que existieran disciplinas de conocimiento que más que profundizar en maestrías concretas, se dedicaran a relacionar unas sabidurías con otras. Se afanaron por encontrar el conocimiento de la relación entre los conocimientos, clave para alcanzar la única vía hacia un conocimiento global y absoluto, del que todos los demás forman parte, y son metáfora. Ésa es la unidad de conocimiento, y para alcanzarlo se necesitaba un “arte de la relación”, una disciplina integradora de conocimientos específicos, se necesita la geometría pitagórica o también llamada geometría sagrada.

La geometría planteada en términos pitagóricos, es la respuesta a nuestra búsqueda integradora. Leer más