por César R. Espinel, mitólogo

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Iniciación a la Mitología Comparada II

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La última vez estábamos hablando del sacrificio y su significado en las mitologías del mundo (podéis leer la entrada correspondiente aquí), y nos quedó pendiente hacer referencia a un grupo de caracteres mitológicos que se diferencias de los que ya aparecieron: Purusha en la tradición hindú o Ymir en la religión nórdica, por ejemplo. Ellos eran entidades primordiales cuyo sacrificio a manos de los dioses dan origen al mundo. Es común que a los dioses, espíritus y (en China y Japón) ancestros, se les ofrezcan plantas, animales e incluso seres humanos. En la cosmogonía azteca, para sustentar al Sol se le sacrificaban hombres, mujeres y niños a quienes les arrancaban el corazón, se desollaba o desmembraba. Los pueblos germanos guindaban (en memoria de Odín) o asfixiaban a sus víctimas. Caín se enemistó con Abel cuando YHWH rechazó su ofrenda de grano, en tanto que aceptaba el animal sacrificado por su hermano. Sin embargo, las demandas divinas tenían un límite. En el Antiguo Testamento Dios le pone a prueba a Abraham pidiéndole que sacrifique a su hijo Isaac. Justo antes de que lo hiciera, apareció un carnero que fue inmolado en lugar del joven. Cuando según la mitología griega el rey Licaón sacrificó a un hombre y lo preparó como alimento, Zeus le transformó en lobo.

Como vemos, el sacrificio es algo bastante corriente en las religiones del mundo. Pero hemos dicho que hay personajes que se diferencias de los anteriores, y son los que practican la abnegación. Ellos también hacen sacrificios, pero se entregan a sí mismos de forma voluntaria, y eso es lo que los diferencia. Etimológicamente sacrificar significa “hacer sagrado”. Los mitos de sacrificio de personajes como Purusha, Ymir, Dionisos, Orfeo, Tiamat u Osiris se caracterizan porque ninguno de ellos quería morir, sino que son asesinados. En cambio, en los mitos de abnegación, individuos como Prometeo, Jesús, Horus, Odín, Xipe Totec o Nanahuatzin se comportan de forma desinteresada, primando el bien común o el acceso a la sabiduría sobre sus propias vidas. Y esto, que podemos extrapolar perfectamente a nuestra vida diaria (el cuidar y mirar por los demás antes que por nosotros mismos, por el yo inferior) es lo que nos hace sagrados. Los padres que se sacrifican por sus hijos y los hijos por sus padres es el ejemplo más claro, pero cada uno de nosotros puede encontrar ejemplos en la rutina, gente que practica sacrificios sobre sí misma por el bien de los demás. La entrega al otro.

Mitológicamente, Prometeo es un buen ejemplo: regaló el fuego a los hombres sabiendo que incurriría en la ira de Zeus, y sufrió el castigo. Para la tradición azteca la vida sólo fue posible gracias al sacrificio de Nanahuatzin quien, habiéndose extinguido el Cuarto Sol, se arrojó a una hoguera para morir y transformarse en el Quinto. Los chivos emisarios expían los pecados de todo un pueblo, como hizo Cristo (con la diferencia con el chivo, una vez más, de que él se entregó voluntariamente a la muerte). Su crucifixión a manos de los romanos fue un sacrificio sangriento para lavar el pecado de Adán y Eva. Si su nacimiento fue humilde, su muerte fue humillante; pero ese horror se transformó en gloria. El ciclo de la Pasión se convirtió en el eje central del cristianismo y los instrumentos de tortura, en iconos ineludibles.

También el dios nórdico Odín, Padre de Todos, se sacrificó a sí mismo colgándose del Yggdrasil para acceder al conocimiento de las runas, el saber y aliento mágico que da vida al mundo, el ruach de los hebreos. Se dice que el dios también fue alanceado, como Cristo en la cruz. El dios azteca Xipe Totec se despellejó a sí mismo para que los seres humanos pudiesen comer, un paralelismo que encontramos en la historia de San Bartolomé y que miles de personas en todo el mundo repiten en el acto de la comunión: según el rito católico, en ese momento la oblea y el vino se transforman, literalmente (en un hecho conocido como transubstanciación), en el cuerpo y la sangre de Cristo, que son ingeridos por los fieles. Al comerse a dios, tanto los cristianos como los aztecas permiten que Dios pase a formar parte de ellos, sacralizándose y encontrando, aunque sea por un breve período de tiempo, la reconfortante sensación del regreso a la Unidad.

 

Ultreia!

 

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