por César R. Espinel, mitólogo

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Mitología Comparada II 

El relato de los Reyes Magos sólo aparece recogido en el Evangelio según San Mateo, pero el evangelista no especifica sus nombres, ni que fuesen tres, ni siquiera que fuesen reyes. Únicamente habla de unos magos venidos de Oriente. Habría que esperar al siglo III para que Orígenes, Padre de la Iglesia Oriental, diese la primera referencia concreta al número exacto de personajes: tres, pues tres fueron los regalos. Sería en el siglo IV cuando Ambrosio de Milán, según el decir de Schoebel en su libro L’histoire des rois mages, establecería en Occidente que los magos fueron tres y que además fueron reyes. Y finalmente en el siglo V, el papa León I estableció ese número como oficial para toda la cristiandad. En cuanto a los nombres, parece que provienen de ese mismo siglo V a través de dos textos apócrifos: el Excerpta latina barbari o Anales de los bárbaros dice textualmente: “magi autem vocabantur Bithisarea, Melichior, Gathaspa”; mientras que en el Evangelio armenio de la infancia aparecen como Melkon, Gaspard y Balthazar. Para la tradición de la iglesia siríaca, los nombres son diferentes: Larvandad, Gushnasaf y Hormisdas. La primera manifestación iconográfica de estos personajes y sus nombres en la iglesia latina la encontramos en los mosaicos del siglo VI de San Apolinar el Nuevo, en Rávena, un templo pensado originalmente para el culto arriano (de hecho el arrianismo y sus seguidores bárbaros parecen haber sido los grandes impulsores del culto a los Reyes Magos en Occidente). En el mosaico les encontramos vestidos a la manera persa, tocados por un gorro frigio, y donde sus nombres aparecen escritos como sanctus Balthassar, sanctus Melchior, sanctus Gaspar.

Poco a poco la tradición ha ido añadiendo detalles a su escueta historia evangélica. Se les ha hecho representantes de las tres razas conocidas en la Edad Media, de las tres edades del hombre y de los tres continentes (Europa, Asia y África). Hubo que esperar al siglo XIV para que Baltasar apareciese como un hombre de tez negra. Según la tradición esotérica cristiana provendrían del lugar donde se encontraba el Preste Juan, en el Lejano Oriente. De acuerdo a una tradición medieval, después de la Ascensión de Jesús el apóstol Tomás les encontró en el reino de Saba, donde fueron bautizados por él y consagrados como obispos. En el 70 d.C. fueron martirizados y enterrados en el mismo sarcófago. E igualmente, hay leyendas que hablan de un cuarto rey mago.

Su nombre es Artabán, y es el protagonista del cuento navideño The Other Wise Man (“El otro Rey Mago”), escrito en 1896 por el teólogo presbiteriano estadounidense Henry van Dyke (1852-1933). De acuerdo con el relato, Artabán también tenía intención de dirigirse a Occidente guiado por la Estrella para adorar al Niño Dios. Había acordado marchar junto a sus compañeros Melchor, Gaspar y Baltasar. El zigurat de Borsippa era el punto de encuentro e inicio de la travesía conjunta. Hacia allí se encaminó Artabán con un diamante de la isla de Méroe, un fragmento de jaspe de Chipre y un fulgurante rubí de las Sirtes, como triple ofrenda al recién nacido. Sin embargo, en el camino al zigurat se encontró con un viejo moribundo que había sido asaltado y apaleado por unos bandidos. Artabán se detuvo y se aprestó a curar sus heridas, ofreciéndole el diamante para que pudiese rehacer su vida. El mago reanudó el viaje, pero cuando llegó a Borsippa vio que sus tres compañeros ya habían partido.

Así que emprendió solo el camino, guiándose por la Estrella, pero cuando llegó a Belén de Judea no encontró al Niño Dios, ni a su madre ni a su padre, ni tampoco a sus compañeros magos. Solamente vio hordas del rey Herodes que estaban degollando a recién nacidos. A uno de los soldados, que con una mano sujetaba a un niño y con la otra la afilada espada, se acercó Artabán: le ofreció el rubí destinado al Hijo de Dios a cambio de que perdonase la vida de ese niño. El soldado acepta, pero en esa actitud son ambos sorprendidos: el soldado es castigado duramente y Artabán encarcelado por soborno en la Fortaleza Antonia de Jerusalén. Allí permanece prisionero durante treinta largos años, y durante ese tiempo fueron llegando a sus oídos noticias de los prodigios, consejos y promesas de un Mesías que no era sino el Rey de Reyes al cual había ido a adorar. Recibida la absolución y recorriendo las calles de Jerusalén oye que se anuncia la crucifixión de Jesús el Nazareno. Así, Artabán encamina sus pasos hacia el monte Gólgota para efectuar la adoración tantos años postergada. Sin embargo, en el ascenso, repara en un mercado en el que una joven muchacha va a ser subastada para saldar las deudas de su padre. Sin dudarlo un instante, el mago compra la libertad de la joven ofreciendo el pedazo de jaspe, la última ofrenda que le quedaba para el Hijo de Dios. Así, Jesucristo muere en la cruz: la tierra se sacude, se abren los sepulcros, los muertos resucitan, se rasga el velo del Templo y caen los muros de la ciudad. Una piedra golpea a Artabán en la cabeza y, entre la inconsciencia y la ensoñación, se le presenta una figura que le dice: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste.” Desorientado y exhausto, el buen Artabán pregunta: “¿Cuándo hice yo todas esas cosas?“. Y en su expiración recibe la respuesta: “Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí. Gracias por tantos regalos de amor, ahora estarás conmigo para siempre pues el Cielo es tu recompensa.”

 

Paz y Bien para todos, y feliz 2019

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