por César R. Espinel, profesor de mitología comparada y simbología religiosa

Hoy quiero encabezar esto con una frase de Eduardo Galeano, que hoy cumpliría 79 años: «los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí me ha dicho un pajarito que estamos hechos de historias.»  Para los que nos dedicamos a la divulgación religiosa, esta frase no puede ser más cierta: las historias, la filosofía, la Biblia, los clásicos griegos, la simbología religiosa, la mitología y otras ciencias humanas hablan de los mitos y símbolos más antiguos al hombre y a la mujer de hoy. Toda persona se pregunta, en el fondo de su ser, por lo que han sido siempre los enigmas del ser humano, siempre enigmáticos, pero también eternamente necesitados de elaboración: la muerte, el amor, el sentido de la vida, la solidaridad, los comportamientos humanos irracionales…etc. Todas estas cuestiones se tratan en las religiones del mundo, y los relatos que han pervivido porque los contamos repetidamente es porque nos han marcado, porque nos los han enseñado de pequeños, porque los ha transmitido la sociedad, y todos ellos configuran nuestra manera de ver el mundo: son nuestra mitología. Lo maravilloso y terrible de estos relatos es que están abiertos a mil y una lecturas. Una tradición cabalística cuenta que cuando Dios entregó a Moisés la Torá le reveló miles de interpretaciones, una por cada uno de los hijos de Israel que estaba a los pies del Monte Horeb. La lectura histórica de la Torá afirma que los hijos de Israel son los judíos. La lectura mitológica de la Torá revela que todos los seres humanos somos los hijos de Israel, y que el Símbolo tiene un significado distinto para cada uno. Y lo más importante, que uno no anula al otro, sino que lo complementa. Uno puede ver en el relato de la creación de Eva la justificación teológica de la supremacía del hombre sobre la mujer, pero también puede ver la supremacía de la mujer sobre el hombre (Eva fue el último elemento de la Creación, un perfeccionamiento del hombre) o también que en realidad el hombre y la mujer son iguales ante Dios (en tanto que Adam en hebreo significa «hombre» en el sentido de «ser humano», no de «varón», lo cual es ish; algo parecido a lo que ocurre en griego con anthropos aner). Los relatos mitológicos tienen muchas lecturas, pero una esencia. Lluís Duch, antropólogo y monje de Montserrat, decía que la vida humana es a menudo paradójica, una conjunción entre la razón (la lógica, el concepto, el análisis) y el mito (la intuición, la imagen, la narración): la vida es logomítica. Y parte de la salud psíquica consiste en equilibrar estas dos dimensiones.
La frase “más Platón y menos Prozac” tiene algo de verdad: necesitamos filosofía, pero también conocer y estudiar los mitos, para poder encontrar guías para entender y digerir lo que nos pasa. Los mitos y los símbolos nos ayudan a elaborar lo que nos hace daño, lo que a veces queda recluido en el cuerpo en forma de dolores psicosomáticos, insomnios, vacíos existencial. Los mitos son cuentos universales, o expresiones del inconsciente colectivo (como diría C.G.Jung) que nos trasmiten el saber intuitivo que han forjado las civilizaciones a lo largo del tiempo, y a la vez son “transformadores” de energía psíquica. Por esto una poesía, un cuento, un mito, o un relato bíblico, pueden cambiar nuestro humor, e incluso, nuestra manera de vivir. Pero también es necesario un estudio crítico del mito, porque dentro de esta sabiduría que se nos transmite, también pueden estar mezclados prejuicios culturales, pensamientos mágicos arcaicos, defensas sociales agresivas… Por ese motivo es tan útil hacer una interpretación a través de una crítica de las ideologías. Y cuando hablamos de mitología tenemos que hablar también de la Biblia. Eliminando el sentido peyorativo que tiene la palabra “mito” de narración falsa, hemos de descubrir como muchos pasajes bíblicos usan el género literario mítico para expresar su mensaje.
Es muy interesante cómo el Tanaj, la Biblia y el Corán no son sólo Sagradas Escrituras (y cuentan, por tanto, con un carácter testimonial para las religiones), sino que son además literatura y creadoras de literatura, de otros mitos, de arte. El literato canadiense Northrop Frye (1912-1991) calificó la Biblia como el código de la cultura occidental; en ella encontramos los grandes relatos que han configurado nuestra imagen colectiva desde hace milenios. Para él, es necesario distinguir la mitología de la ideología, los relatos míticos son manifestaciones de las vivencias existenciales humanas, apuntan a las posibilidades de desarrollo. La ideología, en cambio, es un discurso que nos dice que ya estamos en el mejor de los mundos posibles, que lo que es necesario es conformarnos, no soñar; por eso son más necesarios los relatos míticos que los discursos ideológicos. Jung decía que el ser humano, en su primera parte de la vida, estaba destinado a esforzarse por encontrar un lugar en la sociedad (trabajar, formar una familia, participación social, etc.) En la segunda parte de la vida, en cambio, era necesario que el individuo se abriera a la espiritualidad (en el sentido amplio) para encontrar un sentido a la vida, si no quería caer en algún tipo de “neurosis obsesiva”.
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