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Para aquellos sabios de la antigüedad, de los cuales somos consecuencia, era absolutamente vital que existieran disciplinas de conocimiento que más que profundizar en maestrías concretas, se dedicaran a relacionar unas sabidurías con otras. Se afanaron por encontrar el conocimiento de la relación entre los conocimientos, clave para alcanzar la única vía hacia un conocimiento global y absoluto, del que todos los demás forman parte, y son metáfora. Ésa es la unidad de conocimiento, y para alcanzarlo se necesitaba un “arte de la relación”, una disciplina integradora de conocimientos específicos, se necesita la geometría pitagórica o también llamada geometría sagrada.

La geometría planteada en términos pitagóricos, es la respuesta a nuestra búsqueda integradora.

Los números, su simbología, sus relaciones, sus formas y sus figuras, esconden mensajes importantes. Mensajes concretos y abstractos: desde las proporciones hasta su interpretación metafísica y espiritual. La antigua geometría sagrada, parece ser el hilo de unión de todas las partes del conjunto; la explicación y el vínculo que nos devuelve a la unidad.

Por ejemplo, observemos el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, máximo exponente de la arquitectura renacentista en España: representaciones iconográficas de elementos geométricos, el propio diseño de la sala, el reparto del espacio, sus proporciones, la ubicación de cada tema, la ubicación de la biblioteca en el conjunto monástico, las distancias, los ángulos, las razones, las formas que enmarcan las escenas… ¿No es acaso todo geometría?

El Renacimiento fue una época de riguroso estudio de un remoto pasado para construir un nuevo presente. Sabios y estudiosos, después de siglos en los que el conocimiento se había guardado celosamente en la oscuridad de los monasterios, sacaron a la luz fuentes, documentos y testimonios de una antigua sabiduría aletargada. No fue dar un paso atrás. Fue reinterpretar y utilizar unos conocimientos  inmortales que proporcionaron en ese momento de la humanidad, una nueva visión del propio ser humano, de Dios y del universo entero.

Y entre las muchas sabidurías que se recuperaron, estaba la vieja geometría sagrada. Aquella que hizo posible la construcción de pirámides y zigurats. Aquella que dictó la morfología precisa de los órdenes clásicos: dórico, jónico y corintio. Aquella geometría que de modo oculto y casi marginal había sobrevivido a través de los siglos, dando a pesar de todo, brillantes frutos en aquel mundo medieval de sabiduría encerrada en claustros y bibliotecas monásticas: ahí están el románico y el gótico… ¡Las grandes catedrales!

Pero esa geometría antigua que se recuperaba en el Renacimiento con entusiasmo, con fervor y casi con exaltación, esa geometría sagrada que estudiaron hombre como el rey Felipe II, el arquitecto Don Juan de Herrera, el teólogo Don Benito Arias Montano y el pintor Don Pellegrino Tibaldi, artífices de la magna obra del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, era mucho más que una herramienta arquitectónica.

Aquellos edificios de la antigüedad eran una consecuencia de su grandísimo poder. Aquél conocimiento, para muchos superior, permitía descifrar el lenguaje del universo, las mismísimas leyes del cosmos. Aquellos que Pitágoras llamó “la música de las esferas” era más que un concepto poético o simbólico. Era real.

Eran aquellos números, ritmos, proporciones, frecuencias y formas con los que el cosmos se desenvuelve eternamente y que son los mismos para el movimiento de los astros, que para el crecimiento de una flor o la estructura de un átomo. “Lo de arriba es como lo de abajo”, dicen las tablas de Hermes Trimegisto en la tradición gnóstica.

El macrocosmos es en todo semejante al microcosmos en sus leyes básicas, e igual a su vez al ser humano, que se halla entre ambos: Leonardo ilustra a Vitrubio insertando el canon humano en una circunferencia (cielo, divinidad), pero también en un cuadrado regular (tierra, creación). Posiblemente sea ésta la imagen más emblemática de lo que llamamos Renacimiento.

La geometría es en definitiva ese saber que, al profundizar en las leyes elementales del universo, al sumergirse en el misterio creacional de la fracción de la unidad primigenia, integra, une y vincula a todos los demás conocimientos.

Ahora podemos comprender la famosa inscripción en el umbral de la Academia de Platón: “No entre quien no sepa geometría”.

La geometría, “música en el espacio” como decía Goethe, es una disciplina ante todo integradora. Está en todas partes y en ninguna. Es un punto común para músicos, matemáticos, arquitectos, pintores, diseñadores, ingenieros, biólogos, filólogos, geólogos, sacerdotes, místicos… Todos ellos, conscientes o no, son geómetras.

La geometría no es el conocimiento único, pero es un arma poderosa para acercarnos a él. Un camino que nos ayudará a intuirlo, a sentirlo… nunca a comprenderlo, porque su esencia excede con mucho los límites de la razón.

Por Jaime Buhigas Tallón, Experto en Geometría Sagrada, Mitología Comparada, Arquitecto, Escritor, Director de Teatro, Artista.

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