Hace unos días me encontré por internet con lo que pretende ser una paradoja, que os transcribo a continuación:

«Dios todopoderoso, ¿tiene nariz? Me explico. Si tiene nariz quiere decir que necesita respirar. Por lo tanto, si deja de respirar, se muere, y eso quiere decir que no es un ser perfecto. Si por el contrario no tiene nariz, quiere decir que no nos hizo a su imagen y semejanza, y por tanto la Biblia miente y Dios no existe. Y si tuviera nariz y no respirara no sería un ser perfecto, puesto que tiene un órgano inútil. Así que, ¿Dios tiene nariz o no tiene nariz?»

Un hindú respondería que Dios no sólo tiene nariz, sino que respira. Pero no porque lo necesite Él, sino porque lo necesitamos nosotros. Y añadiría otra pregunta: ¿nosotros respiramos o somos objeto de la respiración? Y es que el término sánscrito prana significa literalmente «respirar hacia adelante», puesto que hace referencia a la fuerza de la vida y a la energía vibratoria de toda manifestación del Principio Supremo que lo abarca todo. Los textos sagrados de la India describen la respiración vital de cualquier ser vivo, que es rítmica y palpitante, como la forma microscópica de la alternancia entre el día y la noche, de la actividad y el descanso, del tiempo cósmico. Después de todo, toda manifestación del mundo físico no es sino ilusión (maya), y nuestra verdadera naturaleza es la esencia divina que reside en nuestro interior (atman), reflejo del gran Brahman. Dicho en otras palabras, todo ser vivo no es sino parte y todo del Brahman, y su respiración es la del propio Dios.

En el lapso entre creaciones sucesivas, el dios Vishnú, después de haber acogido el universo en su seno, duerme mientras flota en el océano cósmico entre los anillos de la serpiente cósmica Shesha Ananta, la Interminable. Su respiración es profunda, sonora y rítmica, Heinrich Zimmer la define como «la melodía mágica de la creación y la disolución del mundo». Es el canto del dios egipcio Amón transmutado en oca, el suave mantra ham-sa de la respiración situado a la vez en el centro del universo y en el corazón del individuo. «Tal y como los radios permanecen sujetos en el centro de una rueda, todo se manifiesta unido en la respiración» (Chandogya Upanishad).

El yogui, en la inspiración ham y la expiración sa controladas, escucha la misma melodía que resuena en el corazón de Vishnú, mientras se revela la presencia interna del atman, el reflejo del Ser Supremo.

 

por César R. Espinel, mitólogo

para más información, consultar la web

Iniciación a la Mitología Comparada: Centroamérica, Asia y Europa septentrional

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