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Cuando pregunto a una persona qué es lo que quiere de la vida, la contestación suele ser casi siempre: “quiero ser feliz”. Ante la pregunta de qué es ser feliz para ti, la respuesta varía, aunque por regla general gira alrededor de paz, equilibrio, amor, una pareja.

Ante la cuestión de qué impide esta felicidad, casi la totalidad de las personas apuntan hacia las circunstancias de su vida: los padres, el marido/la mujer, una circunstancia familiar, una perdida o enorme injusticia vivida en algún momento, dificultades sociales, la falta de medios económicos, el jefe, la falta de trabajo o un trabajo que no le gusta, la salud… Siempre hay una circunstancia externa que nos roba la felicidad, hay siempre una lista de razones muy graves, muy serias, pesadas o trágicas causando dolor, rabia o desequilibrio.

Cuesta mucho trabajo darse cuenta de que no es así… No son las circunstancias externas las que provocan nuestra felicidad o infelicidad. Más bien estas circunstancias las usamos como disculpa para estar en un estado de ánimo con sufrimiento. La verdadera razón está en nuestro interior, nuestra visión de la vida contiene un malentendido fundamental que provoca la falta de amor, o no conseguir ubicarse en este mundo, o no encontrar la verdadera razón de vivir.  Y este malentendido fundamental trae como consecuencia las circunstancias puntuales de las que nos quejamos. ¡Es lo mismo, pero al revés!

La forma en que vemos las cosas y las tomamos es lo que provoca nuestro estado de ánimo, no las cosas en sí. Por esto es tan común ver dos personas tener la misma vivencia, pero reaccionar de manera completamente diferente.

Hay personas que tuvieron un accidente en carretera y a partir de ahí no consiguen subirse a un coche sin angustia y ansiedad; en cambio otras, tienen un accidente pero siguen usando el coche tranquilamente: simplemente no han registrado el hecho como un trauma.

Evidentemente, no tenemos el poder de controlar todo lo que nos pasa. Nuestro destino sigue sus propios derroteros. Pero sí tenemos el poder de controlar nuestra actitud hacia todo lo que pasa, en todos los terrenos de nuestra vida y en cualquier circunstancia. Siempre que tengamos el enfoque adecuado. De hecho, no hay buenos ni malos destinos.

Conocí un hombre cuyo status en la vida a todos les parecía envidiable: dinero, poder, éxito, fama.  Una familia aparentemente perfecta, todos guapos, bien vestidos, sonrientes, cultos. Sin embargo, al conocer las entretelas de su vida aparecía la sorpresa: stress, insatisfacción, hijos con una rebeldía sorda y autodestructiva, amantes ocultos. La realidad no correspondía para nada a la presunta imagen social ideal.

En cambio, tuve un paciente cuya vida parecía una película de terror: malos tratos, violación, problemas de salud, mala situación económica. El problema que traía este hombre a mi consulta era simplemente formal, quería una técnica para resolver un problema emocional. Su actitud era tranquila, vital, no había rencor, vivía el momento presente con gratitud y alegría. De hecho, podía enseñarme mucho más él a mí, que yo a él. ¡Cómo engañan las apariencias!

Por Marly Kuenerz | Psicóloga clínica y psicoterapeuta, con más de 35 años de experiencia.
> El cambio. ¿Lo iniciamos dentro o fuera de nosotros? (Parte 2)

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