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Pasamos la vida con la sensibilidad a cuestas, como si nos pesara, como si fuera una carga. A veces nos olvidamos completamente que sensibilidad es Vida. Es la sensibilidad la que le da color, la que nos hace tocar lo bello y lo sublime con un dedito, la que nos proporciona alimento para el alma. Cada vez que estamos embrutecidos/as, anestesiados/as, automatizados/as, alejados de nuestra exquisita sensibilidad, todo se vuelve gris, seco, arido, sin gracia ni interés… ¡Seguro que te ha pasado! De repente te has encontrado haciendo algo sin presencia, con tu espíritu ausente, distante, como si la niebla se lo hubiese llevado… nos  pasa a todos… a pesar de lo que creamos…

Los automatismos nos pueden y entonces es como si nuestro Yo Sagrado se hubiese desintegrado. La vida pasa a ser como una fabrica gris, donde todos los obreros repiten una y otra vez los mismos movimientos.

Podemos confundir la sensibilidad con dolor, con descontrol y caos. Como no nos han enseñado la riqueza y la exquisitez de nuestra sensibilidad, ni tampoco como manejarla y disfrutarla, ella nos juega malas pasadas, y entramos en lo que llamamos un “estado disociado de conciencia”. 

Energías y sensaciones recorren nuestro cuerpo, como un caballo desbocado que no conseguimos dominar. Y nos asustamos. Entonces – en el mejor de los casos – tratamos de encapsular nuestra gran riqueza en un lugar escondido dentro de nosotros/as para que no vuelva a aflorar ni asustarnos. A partir de ahí, tratamos de controlar. Controlarlo todo para sentirnos seguros. Podemos llegar a sentir que estamos al mando… pero nos quedamos grises, sin color, llegando incluso a creer que carecemos de sensibilidad y que somos incapaces de amar.

Es entonces cuando decides que nada va a volver a cogerte por sorpresa. Que nunca más sufrirás. Este es el “método de seguridad” de casi toda la humanidad. En ello ponemos una energía enorme, mucha tensión, mucho desgaste. Perdemos la espontaneidad, la fluidez, la creatividad y la vitalidad. Pero no importa: entregamos todo a cambio de sentir que estamos seguros. Cualquier precio con tal de no volver a vivir una situación que no podamos controlar, ni a una persona que nos perturbe o nos diga lo que no queremos oir ni saber.  Así vamos construyendo los muros de nuestra prisión. Controlar para no sentir dolor, para no sentir miedo, para no sentir frío en la tripa…

¿Realmente crees que lo puedes controlar todo? Con todas las variables posibles, con tantas cosas que nos pueden ocurrir, con tantas influencias del ambiente, del macrocosmos, del microcosmos, de los ancestros, de todo el cuerpo de la humanidad… ¿Podemos controlar todo esto? Parece más un autoengaño que un método fiable para nuestra seguridad, ¿no es verdad?

La única salida es confiar en la vida. ¡Darse cuenta de que la vida trabaja a tu favor y no en contra tuyo! Que las cosas que te pasan, que no te gustan, realmente son nuestras grandes enseñanzas, pues nos obligan a desarrollar facultades y a aceptar situaciones que nuestro ego rechaza. Nos obligan a ser humildes, pues si no, seríamos insoportablemente soberbios, y no aprenderíamos nada.

Muchas veces miras hacia atrás y ves situaciones que te han producido gran sufrimiento, pero con la perspectiva del tiempo te das cuenta de cuanto te enseñó aquel disgusto, de todo lo que supuso para ti aquella aparente pérdida pasado un tiempo, y de como estas circunstancias te han hecho ser quien eres hoy. Seguramente hoy ves aquello con otros ojos.

¿Cómo confiar en la vida? ¿Qué tengo que hacer para empezar a sentirme seguro/a en este mundo tan cambiante, tan poco confiable y violento?… El cambio de perspectiva necesario para que esto ocurra concretamente contigo es lo que queremos acometer en este BLOG. No es una cosa rápida, de un día al otro, aunque los milagros a veces se dan. Es una observación paulatina y diaria, es empezar a cambiar tus ideas, es contemplar el día a día con ojos más conscientes y abiertos, es cambiar de ángulo.

Es darte cuenta de que realmente hay algo mayor, y esto mayor está a tu favor, te empuja hacia delante para que no niegues el paso siguiente y  sea más fácil el caminar.

Por Marly Kuenerz | Psicóloga clínica y psicoterapeuta, con más de 35 años de experiencia.

directora del Máster de Técnicas de Terapia Transpersonal

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