por César R. Espinel, profesor de mitología comparada y simbología religiosa

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Mythos significa «relato» o «cuento», una historia que encierra un significado y una enseñanza. La mitología es un conjunto de relatos simbólicos, por lo tanto, debe contarse con las herramientas suficientes para acceder a su verdadero significado. Una iconografía base, por ejemplo, un capitel románico que presenta un caballero luchando contra un dragón, no se aparece de la misma manera a todo el mundo, pues cada quien en función de sus conocimientos lo interpreta de forma distinta. Un par de ejemplos del mundo moderno: un árbol y un coche. Dos cosas que podemos encontrar paseando por cualquier calle de nuestra ciudad. Me pongo a mí mismo de ejemplo. Si yo voy caminando por la calle y veo un árbol, no veré lo mismo que un botánico: donde él ve el género, la especie, capaz de identificar si es macho o hembra, si da flor y fruto, hoja perenne o caduca, y mil detalles más; yo veo el Yggdrasil, el axis mundi, la unión de los de arriba con lo de abajo, una manifestación de la creación o un paralelismo del ser humano, por poner sólo algunos ejemplos. Y si por ejemplo nos encontramos con un coche, donde yo veo un medio de transporte un mecánico verá marca, modelo, piezas, funcionamiento, etc… Es decir, mi visión es distinta a las suyas, pero el objeto contemplado es el mismo. Por eso, los diferentes juicios están determinados por el punto de vista de los jueces. No son ni mejores ni peores, sino distintos y complementarios. Lo mismo ocurre con el relato mitológico: depende de cuánto hayamos entrenado penetraremos más o menos en su significado profundo. El objetivo es llegar a la comprensión plena y a la fusión con el Todo. Como decía Ibn Sina, mejor conocido como Avicena, «las cosas son Alá si acertamos a verlas en su esencia, desnudas de existencia, esto es, carentes de tiempo, espacio y atributos».

Los conceptos que se manejan en mitología y simbología religiosa se encuentran lejos del punto de vista contemporáneo, ya que el ideal democrático del individuo que se determina a sí mismo, la invención de los artefactos mecánicos y eléctricos, y el desarrollo de los métodos científicos de investigación han transformado la vida humana de tal manera que el universo atemporal de símbolos heredados hace milenios ha sufrido un colapso. Se suele recordar mucho a Nietzsche por su famosa frase«Dios ha muerto» como un canto al ateísmo, pero lo que se suele olvidar es el sentido de continuidad de esa frase, que no es otro que«vale, Dios ha muerto. Y ahora, ¿qué?» Podemos vivir sin Dios. Ahora bien, ¿podemos vivir sin la experiencia subyacente al concepto de Dios? ¿Cómo reconstruimos nuestra esencia emocional, metafórica, espiritual, poética, tras matar a Dios? ¿Por qué se siguen produciendo hoy series como Lucifer o American Gods? ¿Por qué, a pesar de todo lo dicho arriba, nos siguen interesando las figuras mitológicas? La cuestión, la gran tarea del ser humano, es darse cuenta de que seguimos estando incompletos, que hemos sufrido la Caída cuando desarrollamos la visión dual y perdimos la unitaria; y que es el mito – y por lo tanto el símbolo – el que nos permite regresar a la unidad, refiere a algo que se ha perdido y que puede recuperarse. Nuestra tarea es darnos cuenta, tomando perspectiva de la posmodernidad y del individuo, de que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos, ya sea la familia, la empresa la sociedad o el mundo.

Muchas veces me he encontrado con la pregunta de si los antiguos, los griegos por ejemplo, creían en la veracidad de sus mitos. La respuesta ya la ofreció Máximo de Tiro en el siglo II: «En efecto, hay un dios (…) superior al tiempo, la eternidad y toda naturaleza que fluye, que no puede ser nombrado por el legislador, inexpresable por el lenguaje e invisible a los ojos, y como no podemos captar su esencia, nos apoyamos en palabras y nombres, animales, figuras de oro, marfil y plata, plantas, ríos, cimas y fuentes.» Es decir, los usaban para expresar lo inexpresable. El neoplatónico Salustio de Emesa, amigo personal del emperador Juliano el Apóstata (siglo IV), dejó escrito: «Estas cosas no ocurrieron jamás, pero son siempre». La mitología es el gran vehículo simbólico del ser humano. 

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