por César R. Espinel, mitólogo

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Iniciación a la Mitología Comparada, VOL. II

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El sacrificio de uno mismo es una de las cosas que a los ojos de los profanos más incomodidad produce de la religión. Parece que es un sufrir por el sufrir, y es algo que siempre se ha mirado con cierto recelo para con el cristianismo. La mala comprensión de la máxima «poner la otra mejilla». Pero ni ése es su significado ni esa religión su única practicante: numerosos mitos de todas las culturas del mundo han subrayado la importancia del sacrificio y el profundo vínculo con lo sagrado que este acto posee.

La última vez que nos leímos acabábamos de dejar al esclavo liberado fuera de la caverna concebida por Platón, ¿te acuerdas? (si no, puedes hacer memoria aquí). Bien, el esclavo ha accedido a la contemplación del mismo sol, el Conocimiento puro. Ha sido plenamente liberado. Y ahora, ¿qué? Primer ejemplo de abnegación y sacrificio: decide volver a la caverna para liberar a sus compañeros. Porque el camino del conocimiento lo debemos hacer todos juntos, no sólo uno. Otro ejemplo muy bueno de este concepto se había dado 100 años antes de la época de Platón: cuando Siddharta Gautama alcanza el Nibana (en pali, en sánscrito es «Nirvana») y se convierte en un buddha («iluminado»), se encuentra ante la misma disyuntiva. Inmediatamente después de haber alcanzado el absoluto discernimiento, reflexionó si debía o no enseñar el dharma a los demás. Al principio consideró que la humanidad, dominada por la ignorancia, la avidez y el odio, nunca podría comprender un camino que es tan sutil y profundo como difícil de entender. Sin embargo, se convenció a sí mismo de que al menos una persona lo intentaría. Y el Buda, reconfortado, aceptó enseñar.

Tanto el esclavo de Platón como el Buda cometen actos de abnegación al sacrificar su propio interés (la obtención del Conocimiento supremo) para ayudar a los demás. Pero la abnegación y el sacrificio tienen, mitológicamente hablando, una diferencia fundamental. El sacrificio, etimológicamente, proviene del latín latín sacro + facere, literalmente «hacer sagrado», es decir, honrarlas y entregarlas para un fin numinoso. Debido al uso y a la costumbre, ahora vinculamos el término con el dolor y la pérdida, cuando no es ése su sentido. Los mitos vinculados al sacrificio siempre implican que lo que va a ser sacrificado lo será contra su voluntad. En India tenemos el mito del gigante-dios primordial Purusha, sacrificado y desmembrado por los devas (dioses) a partir de cuyos restos se creará el mundo. Otro tanto le ocurre al gigante de escarcha Ymir en la tradición mitológica nórdica, que será asesinado y también desmembrado por Odín y sus hermanos Vili y Ve, con la correspondiente organización del Cosmos. En la tradición religiosa de Grecia tenemos figuras como Dionisos u Orfeo, ambos asesinados y desmembrados por gigantes y bacantes, respectivamente. Osiris también fue desmembrado en Egipto, y en Mesopotamia la gran diosa-serpiente Tiamat fue derrotada por el dios Marduk, quebrada y con su cuerpo se construyó el mundo.

¿Qué tienen en común estos personajes? Que ninguno de ellos (ni Osiris, ni Ymir, ni Urano, ni Tiamat…) querían ser sacrificados. Ellos son los representantes de un orden anterior, la mayoría de ellos surgen del Caos, y agentes externos necesitan sacrificarlos y en muchos casos desmembrarlos (es decir, reducirlos a la esencia y «sembrar» sus restos) para dar origen a un nuevo orden. Para que algo nuevo surja debe morir lo viejo, y parte de lo viejo debe ser asimilado en lo nuevo. Ése es el simbolismo de los mitos de sacrificio, que sugieren un acto violento que sacraliza tanto al oferente como al ofrendado. Pero hemos dicho que existe una diferencia fundamental entre el sacrificio/muerte a manos de terceros y el sacrificio-abnegación. ¿En qué consiste y quiénes pertenecen a este último conjunto? Hablaremos de ellos la próxima vez.

Ultreia! 

 

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