La última vez que nos leímos estuvimos hablando de la identidad de San Isidro Labrador, santo zahorí patrón de los agricultores del mundo y muy probablemente sacerdote de la Diosa. Esta semana vamos a terminar su historia. Decíamos que San Isidro era pocero, el que encontraba los pozos. Existen los diferentes pozos de los que hablan las leyendas, especialmente los famosos siete pozos. Uno está en la Ermita del Santo, otro está en San Andrés, otro está en la Colegiata de San Isidro… los siete pozos, que sabemos donde están pero no se ven más que dos (los demás están tapados, o pasa el Metro o yo qué sé lo que hay. Mal, siempre mal). Y entonces, este señor pocero tenía unas cualidades extraordinarias.

¡Milagro! Siglo XIII. En 1212 el rey Alfonso VIII de Castilla, junto con el rey Pedro II de Aragón y con Sancho VII de Navarra ganan las Navas de Tolosa. Y resulta que la ganan porque un pastorcillo la víspera les dice el camino para pasar por el monte y llegar a la retaguardia de las tropas del rey Miramamolín, les dan una paliza a los moros de mucho cuidado y ganan la batalla de las Navas de Tolosa. Y cuando los reyes quieren dar las gracias al pastorcillo que les había ayudado, el pastorcillo no aparece. Pero bueno, han ganado las Navas de Tolosa, y se vuelven. Y de vuelta a los reinos del norte paran en Madrid. Y al rey Alfonso VIII, estando en Madrid, de repente le cae un aguacero de mucho cuidado. Y en medio del aguacero el cementerio de la parroquia de San Andrés, que está al borde del arroyo de San Pedro, se descompone y empiezan a salir de ahí todas las tumbas, los ataúdes… y de uno de los sepulcros sale un cuerpo incorrupto. Van a ver el cuerpo, preguntan de quién es, nadie lo sabe muy bien, alguien dice «el de un vecino que vivió aquí hace 100 años», «¿cómo se llamaba?», «Isidro», «¿y cómo es?», «muy alto muy alto», que mide dos metros. Impresionado por estos hechos, el rey Alfonso VIII quiere ver el cuerpo. Y entonces lo ve y ¡ah!, milagro en Madrid: «¡este señor es el mismo pastor que nos dijo qué camino seguir para ganar la batalla de las Navas de Tolosa!» Y entonces quieren hacerle santo, pero Roma dice que no por ser un simple pocero.

No pueden hacerle santo porque era pocero, estaba casado, tenía un hijo, era asalariado, no era presbítero, no era nada. Así que no le pueden hacer santo, nada. Pero hete aquí que en Madrid, cada vez que hay sequía, San Isidro Labrador. Cada vez que hay una enfermedad, la fuente del santo milagrosa. Porque resulta que los madrileños tienen una profunda devoción a ese hombre, y los 15 de mayo celebran una procesión con su cuerpo para que las aguas fecundas de Isidro, las aguas del zahorí, fecunden los campos. Y no hay quien pare ese asunto. Es el santo madrileño legítimo por definición. Dicen que fue el propio Alfonso VIII quien financia el Arca de las Reliquias custodiado hoy en la Catedral de la Almudena y que representa a Isidro como santo, saltándose la prohibición de Roma y adelantándose cinco siglos a su canonización. Y no sólo eso, sino que el rey también financia que Juan Gil de Zamora escriba en el siglo XIII la vida y milagros de San Isidro. Y este señor escribe cinco milagros en vida del santo, que son los que están representados en el Arca.

Los milagros que se describen son en todo parecidos a la multiplicación de los panes y los peces. Por ejemplo el pobre que llama a la puerta de Isidro y María por algo de comer, ellos no tienen más que para sí mismos, pero van al puchero con intención de darle y cuando lo abren el puchero está a reventar y pueden compartir. O cuando está llevando grano al molino ve a dos pajarillos hambrientos por el camino y les da grano, ante la indignación de sus compañeros que le dicen que así habrá menos para el pueblo e Isidro responde «Dios proveerá» y efectivamente, cuando llegan al molino echan el grano que da como si fuesen 27 sacos más. Es decir, todos los milagros tienen que ver con la abundancia, la cornucopia, el exceso… En palabras evangélicas, «busca primero el reino de Dios y lo demás te será dado.»

Ése es San Isidro, el gran santo de la abundancia y los animales. Pero no sólo eso: su mujer será santa, Santa María de la Cabeza, y su hijo, San Illán, también. Un trío de santos. No conviene que les olvidemos.

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Texto recogido de una clase de Jaime Buhigas de TEMPUS SACRUM. Edición a cargo de César R. Espinel

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