Lo siento: una rotonda no es lugar para una diosa. Un espacio inaccesible permanentemente circundado por una hilera infinita de automóviles en tránsito no es un santuario. Es preciso salvar a la Cibeles, Nuestra Señora de Madrid, de su habitáculo profanado. Urge impulsar la cruzada que libere a la gran Dama de su sepultura urbana. Esclava de las abominables leyes de tráfico motorizado, el sencillo paseante ya no puede contemplar con calma a la patrona de la Villa; ni siquiera el turista puede capturar en su artefacto telefónico una instantánea de su porte, sin que un gigantesco autobús rojo de dos pisos, cargado a su vez de más turistas frenéticos, se interponga en su campo visual arruinando así la fotografía.

Nadie lo advierte, pero la Cibeles se lamenta. Es demasiado soberbia para mostrarlo. Sin embargo, muy entrada la noche, cuando los vehículos van mermando su presencia y menguan su tufo a carburante y su ruido ensordecedor, los labios pétreos de la Gran Dama parecen entonar un lamento. Con la firmeza de su temple femenino, su mirada cóncava sueña con el glorioso pasado, con el eco de su Frigia natal, hace miles de años.

En aquellas tierras orientales, no muy lejos de la mítica Troya, la diosa se llamó “Kibele” (Κυβέλη), y fue adorada como una gran Magna Mater bajo la forma de una misteriosa piedra de intenso color negro (nuestro profesor César R. Espinel ya dedicó una entrada en este blog a la piedra negra, que puedes leer aquí). La ciudad de Pesinunte fue su hogar. Los frigios cantaron entonces las leyendas de esta diosa de la Tierra, y sus infortunados amores con su hijo y consorte, el hermoso efebo Atis; y de cómo el joven cometió el error trágico que desató las iras de la Dama, y de cómo el infortunado mutiló sus genitales y murió desangrado para ser finalmente resucitado en forma de pino en los albores de la primavera por intercesión de Kybele: la misma que le había dado la vida. El asunto mitológico es universal, y tan frecuente en todas las civilizaciones que induce a pensar en su veracidad: Atis es Adonis, es Tammuz, es Dumuzi… Kibele es Afrodita, e Innana, e Ishtar. Nada nuevo bajo el sol. Morir y renacer en torno al equinoccio es ley.

Cibeles mas antigua todavia

El arquitecto que proyectó en el siglo XVIII la estatua fuente de La Cibeles en Madrid conocía la historia a la perfección. El padre del concepto, José de Hermosilla, y el diseñador de la figura, Ventura Rodríguez, llenaron los laterales del carro sobre el que se asienta la diosa de meditados adornos en forma de piña. Hasta pusieron a sus pies un enorme surtidor con forma de mascarón en el que se adivina el rostro del amado Atis. Parece ser que incluso contempló el proyecto la presencia de un enorme pino, justo en frente del conjunto, para completar la descripción del mito. La diosa se lamenta, y con razón: el pino fue mandado arrancar por algún concejal ignorante y poco amigo del arbolado urbanita. Para más tragedia, la fuente entera fue movida de su emplazamiento original, orientando el rostro de Cibeles al más prosaico Banco de España. Ver para creer.

La Cibeles se lamenta en su sepulcro madrileño. Convertirse en un icono turístico de la ciudad no hace sino agudizar su dolor. Ser el estúpido punto de encuentro para festejar las victorias de unos deportistas sobrevalorados empeora su situación. Los madrileños la desconocen, y por lo tanto no pueden rendirle su merecida pleitesía. Sin pino y desplazada, la diosa recuerda dolorosa cada noche su gran peregrinación que cambió para siempre su lugar entre los humanos.

Corría el año 205 a.C. y los romanos del Lacio se batían a muerte contra el pequeño imperio cartaginés por el control de las aguas mediterráneas. Los oráculos sibilinos fueron rotundos: para ganar la guerra hacía falta la llegada a Roma de la famosa piedra negra de Pesinunte. Y así ocurrió. Kibeles fue secuestrada de Frigia y se instaló en el monte Capitolino. El betilo negro pronto se fue humanizando, y adoptando la forma de una dama romana de rostro oscuro. Su nombre cambió a Cibeles y su historia se fundió con la de la titánide Rea, de la teogonía griega. Poco importaba: la Magna Mater es siempre la misma y tiene mil rostros. También era Isis, de rostro negro, como el limo fértil del Nilo…

Roma exportó a Cibeles/Isis/Rea por todo su Mare Nostrum. Cuando llegó a la Península Ibérica (bastante más celta que íbera, y sobre todo profundamente tartésica) se encontró con una tierra especialmente fértil para semejante culto. Hacía ya incontables siglos que los moradores de Hispania veneraban a la diosa de rostro oscuro. Cambiarle el nombre no fue un problema, con tal de que los ritos a la Madre no se vulneraran. No hubo necesidad: los ritos a la Magna Mater son semejantes en todos los confines del planeta. ¿Llegó la diosa de oriente a Roma y de Roma a Hispania? ¿O más bien la diosa regresó a su casa original, a los confines de occidente? Vaya usted a saber. Poco importa ya. Los carpetanos, moradores de las tierras centrales entre las sierras del sistema central y el valle del Tajo, también fueron adoradores de la diosa. Eran gentes seminómadas que se sabían protegidos por los sobrecogedores espectáculos que siempre han ofrecido los cielos de Madrid. En su manifestación nocturna, los carpetanos adoraron a la constelación del carro, la que los griegos vincularon con la gran Osa. No es baladí que en el escudo actual de Madrid la bordura de azur cargue siete estrellas de plata. No son otras que las que componen el venerado catasterismo carpetano. Esto induce a pensar que el supuesto «oso» del escudo es en realidad hembra: una osa.

Osa

La simbología de la osa nos lleva a cultos ancestrales de la Magna Mater. Cada año la osa se entrega a su hibernación estando ya preñada . En la gestación se da un fenómeno muy peculiar que es conocido como implantación diferida. Mediante este mecanismo las hembras son capaces de postergar el momento en el que comienza a desarrollarse en su interior un óvulo fertilizado. El futuro embrión permanece en un estado de latencia hasta que la madre determina que la estación es la más favorable para seguir adelante con su gestación, el parto y el cuidado posterior de la cría. Cuando llega la primavera y la osa sale de su guarida en las entrañas de la Tierra, lo hace con sus oseznos ya nacidos. Este hecho no le pasó inadvertido a nuestros más remotos antepasados mediterráneos, que vieron así en la osa una prefiguración de la Magna Mater, un símbolo de la fertilidad y poder regenerativo de la Naturaleza, que brota cada primavera de los adentros de la roca con su camada. A las afueras de Atenas, en la época clásica, las muchachas atenienses eran iniciadas en los secretos femeninos en el santuario de Braurión, donde la diosa Artemisa (señora de las bestias) se presentaba en forma de Osa. Allí, las niñas pubertas se disfrazaban de oseznas para perpetuar los ritos iniciáticos que demandaba la Gran Diosa de la fecundidad. La constelación del carro era para los griegos la ninfa Calisto, a la que la terrible Artemisa había convertido en osa estando encinta. Para muchos eruditos, Calisto es una manifestación de la misma Magna Mater.

Una urbe cuyo emblema exhibe una osa es un enclave de fuerza femenina. Si a esto le unimos la presencia de agua subterránea como base para el asentamiento de la ciudad, la feminidad del emplazamiento se duplica. Don Juan López de Hoyos, en su Declaración de las armas de Madrid y algunas antigüedades, es quién nos rescata el lema fundacional de la villa:

“Sobre agua fui construida, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón”

Multitud de cursos de agua dibujan los caminos subterráneos de Madrid. Una red de arroyos invisibles, como sierpes indómitas de líquido elemento, sobreviven aún hoy, pese a la red de metro y los faraónicos túneles que tratan de descongestionar la capital de vehículos. Pero el agua siempre se abre camino, y más en Madrid. ¿Saben los madrileños que en la historia de su escudo aparece frecuentemente la serpiente en forma de dragón, como custodio de las aguas subterráneas? Lo pueden ver en la plaza de la Villa, o en la de Arganzuela… Pero claro, para eso hay que mirar, que cada vez es más difícil… Una enorme sierpe roja (nos dice López de Hoyos) apareció dibujada en las ruinas de la vieja Puerta Cerrada cuando se desmanteló en el siglo XVI… El lema era cierto: la villa flota sobre ríos de agua que corre secreta. Nunca necesitaron los madrileños del humilde río Manzanares, que jamás alcanzará la nobleza de río fundacional, como el Tíber, el Támesis o el Sena. Y es que cuando los carpetanos del lugar necesitaron agua, perforaron la tierra. No es casualidad que el santo patrón de la villa, el bueno de Isidro, fuera más bien un pocero que un labrador. Otros lo llamarían zahorí. Otros, sacerdote de la diosa, pues parece ser que pasaba la mayor parte de su tiempo venerando las imágenes marianas de rostro oscuro, de las que Madrid jamás supo prescindir: la Almudena, la de Atocha, la de la Encina… ¿No viene el mismo nombre Isidro, de “Isidoro”, esto es “el don de Isis”? ¿O solo fue el paso de la reliquia del gran arzobispo homónimo por tierras carpetanas la causa de su bautismo?… Vaya usted a saber.

Pero del santón zahorí deberemos hablar en otro escrito. Hoy es la Magna Mater nuestra prioridad. Kibeles, Cibeles, habita en su legítima tierra: un hogar de la diosa. Cuando el padre Jerónimo de la Quintana escribe para Felipe III su estrafalaria y apasionante historia sobre el origen mitológico de Madrid, no duda en apelar una vez más a la diosa. Y lo hace con el nombre de Metragirta que, bajada del cielo en un carro tirado por bestias, salva al troyano Ocno Bianor de su autoinmolación, reclamada por Apolo para la correcta fundación de Mantua Carpetana, esto es, Madrid. El relato no tiene desperdicio. Y nos vuelve a resultar tan familiar…

Cuando la poderosa Isabel de Farnesio vino a ser reina de las Españas, no pudo tolerar las insuficiencias de la supuesta capital. Ella y su muy ilustrado Carletto (así llamaba a su hijo mayor, rey Carlos III), proyectaron un Madrid borbónico a la altura de las circunstancias. Y como consecuencia de su rica formación clásica, sabían que en toda ciudad hay que potenciar aquello que Vitrubio llamó “genius loci”, es decir, el genio del lugar. Había que hacer de Madrid una gran capital, y para ello era imprescindible dar con ese mito. ¿Qué forma tiene el genio del lugar en la capital del reino?, ¿Quién lo sabía?…

A día de hoy, en el mismo solar donde vivió y murió Isidro el Zahorí, se levanta el palacio de los condes de Paredes de la Nava. En su hermoso patio hay una sorpresa que nos aguarda en silencio. Dos esculturas olvidadas entonan un lamento muy parecido al de la diosa en la otra punta de la Villa. Se trata de una osa y un dragón. Son las dos piezas talladas como surtidores de la fuente que brotaba a los pies del proyecto de la Cibeles, hace ya demasiado tiempo. La osa, que evoca a la sublime constelación, y a la fecunda bestia ctónica, impone su regia figura paralela al dragón, custodio de las aguas sanadoras del vientre madrileño. Estos son los genios del lugar que un día acompañaban el carro de su gran Dama, la del carro solemne, la de la corona de bastión amurallado de pedernal, la que sujeta firme a las fieras que la hacen avanzar eternamente, y que por descontado, son dos leonas… Otro reformador urbano con mal gusto y peor documentación despojó a la Dama de sus genios para siempre. Luego llegaron esos indecentes angelotes regordetes que juegan ilegítimamente tras el carro divino. Lo dicho: el despropósito es una maldición en la villa.

Tráfico

Una rotonda que gestiona el tráfico urbano no es el lugar para una diosa. Nuestra Señora de Madrid, como bien la bautizó la maravillosa arqueóloga Pilar González Serrano, no cesa en su lamento nocturno. Sus sollozos siguen sin calar en los madrileñitos de a pie que por causa de la costumbre, la desidia o la ignorancia no saben las leyes del suelo que pisan y, por lo tanto, no saben dónde pisan. Madrid, ciudad de agua, piedra, osa y estrellas. Madrid, ciudad de vírgenes negras y poceros de cuerpo incorrupto. Madrid, urbe fémina de los Carpetanos, es ingrata a su esencia.

Amanece en el centro de la ciudad. La diosa espera latente, cauta, inadvertida, una mirada que parece no llegar jamás. Pero ella es paciente y no claudica. Es soberbia, y se sabe muy superior a los viandantes acelerados, que osan ignorarla…

 

Texto redactado por Jaime Buhigas Tallón, profesor de TEMPUS SACRUM 

La última vez que nos leímos estuvimos hablando de la identidad de San Isidro Labrador, santo zahorí patrón de los agricultores del mundo y muy probablemente sacerdote de la Diosa. Esta semana vamos a terminar su historia. Decíamos que San Isidro era pocero, el que encontraba los pozos. Existen los diferentes pozos de los que hablan las leyendas, especialmente los famosos siete pozos. Uno está en la Ermita del Santo, otro está en San Andrés, otro está en la Colegiata de San Isidro… los siete pozos, que sabemos donde están pero no se ven más que dos (los demás están tapados, o pasa el Metro o yo qué sé lo que hay. Mal, siempre mal). Y entonces, este señor pocero tenía unas cualidades extraordinarias.

¡Milagro! Siglo XIII. En 1212 el rey Alfonso VIII de Castilla, junto con el rey Pedro II de Aragón y con Sancho VII de Navarra ganan las Navas de Tolosa. Y resulta que la ganan porque un pastorcillo la víspera les dice el camino para pasar por el monte y llegar a la retaguardia de las tropas del rey Miramamolín, les dan una paliza a los moros de mucho cuidado y ganan la batalla de las Navas de Tolosa. Y cuando los reyes quieren dar las gracias al pastorcillo que les había ayudado, el pastorcillo no aparece. Pero bueno, han ganado las Navas de Tolosa, y se vuelven. Y de vuelta a los reinos del norte paran en Madrid. Y al rey Alfonso VIII, estando en Madrid, de repente le cae un aguacero de mucho cuidado. Y en medio del aguacero el cementerio de la parroquia de San Andrés, que está al borde del arroyo de San Pedro, se descompone y empiezan a salir de ahí todas las tumbas, los ataúdes… y de uno de los sepulcros sale un cuerpo incorrupto. Van a ver el cuerpo, preguntan de quién es, nadie lo sabe muy bien, alguien dice «el de un vecino que vivió aquí hace 100 años», «¿cómo se llamaba?», «Isidro», «¿y cómo es?», «muy alto muy alto», que mide dos metros. Impresionado por estos hechos, el rey Alfonso VIII quiere ver el cuerpo. Y entonces lo ve y ¡ah!, milagro en Madrid: «¡este señor es el mismo pastor que nos dijo qué camino seguir para ganar la batalla de las Navas de Tolosa!» Y entonces quieren hacerle santo, pero Roma dice que no por ser un simple pocero.

No pueden hacerle santo porque era pocero, estaba casado, tenía un hijo, era asalariado, no era presbítero, no era nada. Así que no le pueden hacer santo, nada. Pero hete aquí que en Madrid, cada vez que hay sequía, San Isidro Labrador. Cada vez que hay una enfermedad, la fuente del santo milagrosa. Porque resulta que los madrileños tienen una profunda devoción a ese hombre, y los 15 de mayo celebran una procesión con su cuerpo para que las aguas fecundas de Isidro, las aguas del zahorí, fecunden los campos. Y no hay quien pare ese asunto. Es el santo madrileño legítimo por definición. Dicen que fue el propio Alfonso VIII quien financia el Arca de las Reliquias custodiado hoy en la Catedral de la Almudena y que representa a Isidro como santo, saltándose la prohibición de Roma y adelantándose cinco siglos a su canonización. Y no sólo eso, sino que el rey también financia que Juan Gil de Zamora escriba en el siglo XIII la vida y milagros de San Isidro. Y este señor escribe cinco milagros en vida del santo, que son los que están representados en el Arca.

Los milagros que se describen son en todo parecidos a la multiplicación de los panes y los peces. Por ejemplo el pobre que llama a la puerta de Isidro y María por algo de comer, ellos no tienen más que para sí mismos, pero van al puchero con intención de darle y cuando lo abren el puchero está a reventar y pueden compartir. O cuando está llevando grano al molino ve a dos pajarillos hambrientos por el camino y les da grano, ante la indignación de sus compañeros que le dicen que así habrá menos para el pueblo e Isidro responde «Dios proveerá» y efectivamente, cuando llegan al molino echan el grano que da como si fuesen 27 sacos más. Es decir, todos los milagros tienen que ver con la abundancia, la cornucopia, el exceso… En palabras evangélicas, «busca primero el reino de Dios y lo demás te será dado.»

Ése es San Isidro, el gran santo de la abundancia y los animales. Pero no sólo eso: su mujer será santa, Santa María de la Cabeza, y su hijo, San Illán, también. Un trío de santos. No conviene que les olvidemos.

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Texto recogido de una clase de Jaime Buhigas de TEMPUS SACRUM. Edición a cargo de César R. Espinel

 

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San Isidro, o Isidoro, es el patrón de los agricultores de todo el mundo, y patrón de Madrid y de España junto con Santiago Apóstol. Su fiesta se celebra el 15 de Mayo, en los idus de Mayo, una fecha muy bien pensada para colocar esta festividad, siendo agricultor. La iconografía tradicional de San Isidro le representa con una casaca marrón, con un cinto grueso, una gola blanca en el cuello y lleva la pica y la quijada. Lo cual no deja de ser curioso, porque San Isidro vivió en el siglo XI, y por ese entonces la gente no llevaba gola. Entonces, ¿por qué se le representa así? Porque a San Isidro le hicieron santo en el siglo XVII. Y esto nos tiene que escamar. ¿Cómo es que a un señor que vive en el siglo XI le canonizan en el XVII? Pero si la gente se habrá olvidado ya de él… y ahí está la historia, que no se han olvidado.

La historia es que durante 600 años los cultos a San Isidro están vivos y permanecen en el tiempo, pero no es santo. Y esta es la tragedia de San Isidro para la Corona española. Existen más de 30 cartas de los distintos reyes de España (Felipe II, Felipe III…) a Roma pidiendo que por favor canonicen a San Isidro porque se les ha ido de las manos y la gente lo celebra como si fuera santo. Pero hasta el siglo XVII nada, y fue únicamente por el folclore y la devoción del pueblo. Como siempre, en realidad.
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Esta es la imagen más antigua que tenemos de San Isidro Labrador (en el extremo derecho). Está pintada sobre una piel de carnero en el siglo XIII, y por lo tanto es uno de los tesoros arqueológicos de Madrid. Esta pintura decora el Arca de las Reliquias de San Isidro, y está custodiado en la Capilla Mayor de la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena. Y cuidado, porque esta pintura tiene uno de los mayores escándalos iconográficos de Madrid: Isidro está representado con aureola, símbolo de santidad, cuando no era santo en el siglo XIII. Pero lo pintan santo y lo consideran santo. Y desde ese mismo siglo XIII hay toda una liturgia, unos cánticos, unos rezos… La mujer que hay al lado de Isidro es su mujer, María Toribia, rebautizada en el siglo XIX como Santa María de la Cabeza. ¿Por qué esta veneración a un señor que ni era sacerdote ni nada, que era un hombre de Madrid, casado, de los de toda la vida? Porque hacía cosas extraordinarias.

Primeramente, el nombre. Isidro, o Isidoro, ya es un nombre extraño. Hay otro gran Isidoro en la historia de España que es el arzobispo de Sevilla, Isidoro de Sevilla. A comienzos del siglo XI, el rey Fernando de Castilla financia una expedición a Sevilla para rescatar de los moros las reliquias de las Santas Justa y Rufina y guardarlas en un nuevo templo que están construyendo en León. El rey busca sus restos pero no los encuentra, y ellas se aparecen al monarca en un sueño y le dicen que no va a encontrar sus restos, pero que a cambio va a encontrar los del arzobispo Isidoro. Y en efecto, lo encuentran y emprenden el viaje de vuelta haciendo varias paradas por el camino, entre ellas, Magerit (Madrid). Y debió ser en ese momento en el que nació Isidro, por eso le pusieron ese nombre, seguramente. Pero también es cierto que el nombre de Isidoro significa «regalo de Isis», y dedicándose a lo que se dedicaba el señor resulta un poco sospechoso.

Para empezar, Isidro vive extramuros, es decir, donde viven los moros ya expulsados de la ciudad. Él vive de niño la reconquista de Madrid en 1083, dos años antes de la reconquista de Toledo, y cuando todos los cristianos se van a vivir dentro de la muralla, su familia decide quedarse a vivir con los moros (la zona que hoy se llama Puerta de Moros (cerca de la Iglesia de San Andrés). Isidro trabaja para un señor de Madrid llamado Iván o Juan de Vargas, y es jornalero a sueldo, por lo que todas las mañanas tiene que cruzar el río por lo que hoy llamamos el Puente de Segovia para ir a trabajar. Pero según una biografía del siglo XIII, aparte de ser agricultor asalariado, tenía una destreza extraordinaria, y es que era zahorí, es decir, podía encontrar agua. Esto en Madrid no es baladí, ya que nunca ha sido una ciudad que se haya alimentado de su «gran» río (el río es una birria y pilla abajo de la ciudad, por lo que tampoco se podía estar subiendo y bajando agua birriosa de un río birrioso). Y tampoco hace falta, porque Madrid está lleno de aguas subterráneas, por lo tanto, aquí quienes van a tener interés van a ser aquellos que sean capaces de localizar dónde está el agua. Y éste es San Isidro, un zahorí. Y cuidado, porque estamos hablando de una estirpe muy importante en la historia de la humanidad, personas dotadas con una capacidad extraordinaria de hacer brotar agua en distintos lugares por sus muchos conocimientos y sus mejores aptitudes. Es decir, era San Isidro el pocero, el que encontraba los pozos.

Y será mejor que hoy lo dejemos aquí. La próxima vez hablaremos de los milagros vinculados a San Isidro…

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Extracto de una clase de TEMPUS SACRUM impartido por Jaime Buhigas. Edición a cargo de César R. Espinel, profesor de Iniciación a la Mitología Comparada y El Pensamiento Simbólico.

Hace unos días me encontré por internet con lo que pretende ser una paradoja, que os transcribo a continuación:

«Dios todopoderoso, ¿tiene nariz? Me explico. Si tiene nariz quiere decir que necesita respirar. Por lo tanto, si deja de respirar, se muere, y eso quiere decir que no es un ser perfecto. Si por el contrario no tiene nariz, quiere decir que no nos hizo a su imagen y semejanza, y por tanto la Biblia miente y Dios no existe. Y si tuviera nariz y no respirara no sería un ser perfecto, puesto que tiene un órgano inútil. Así que, ¿Dios tiene nariz o no tiene nariz?»

Un hindú respondería que Dios no sólo tiene nariz, sino que respira. Pero no porque lo necesite Él, sino porque lo necesitamos nosotros. Y añadiría otra pregunta: ¿nosotros respiramos o somos objeto de la respiración? Y es que el término sánscrito prana significa literalmente «respirar hacia adelante», puesto que hace referencia a la fuerza de la vida y a la energía vibratoria de toda manifestación del Principio Supremo que lo abarca todo. Los textos sagrados de la India describen la respiración vital de cualquier ser vivo, que es rítmica y palpitante, como la forma microscópica de la alternancia entre el día y la noche, de la actividad y el descanso, del tiempo cósmico. Después de todo, toda manifestación del mundo físico no es sino ilusión (maya), y nuestra verdadera naturaleza es la esencia divina que reside en nuestro interior (atman), reflejo del gran Brahman. Dicho en otras palabras, todo ser vivo no es sino parte y todo del Brahman, y su respiración es la del propio Dios.

En el lapso entre creaciones sucesivas, el dios Vishnú, después de haber acogido el universo en su seno, duerme mientras flota en el océano cósmico entre los anillos de la serpiente cósmica Shesha Ananta, la Interminable. Su respiración es profunda, sonora y rítmica, Heinrich Zimmer la define como «la melodía mágica de la creación y la disolución del mundo». Es el canto del dios egipcio Amón transmutado en oca, el suave mantra ham-sa de la respiración situado a la vez en el centro del universo y en el corazón del individuo. «Tal y como los radios permanecen sujetos en el centro de una rueda, todo se manifiesta unido en la respiración» (Chandogya Upanishad).

El yogui, en la inspiración ham y la expiración sa controladas, escucha la misma melodía que resuena en el corazón de Vishnú, mientras se revela la presencia interna del atman, el reflejo del Ser Supremo.

 

por César R. Espinel, mitólogo

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Iniciación a la Mitología Comparada: Centroamérica, Asia y Europa septentrional

Cuento de Raimon Arola y Luisa Vert incluido en el libro Pequeñas alegrías, dedicado a los buscadores solitarios

edición de César R. Espinel, mitólogo. Los temas que trata el cuento se tratan en los cursos

Iniciación a la Mitología Comparada

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El Pensamiento Simbólico

En primer lugar quisiera disculparme por presentarme yo mismo, pero las circunstancias me obligan a ello: soy el león verde y lo que más me gusta es devorar al ardiente Sol.

Si me he decidido a dar este paso es porque desde hace mucho tiempo no tengo amigos y, lo que es más terrible, en la actualidad apenas me quedan conocidos. La indiferencia de los filósofos, la ignorancia de los artistas, la arrogancia de los científicos, la mediocridad de los difusores de las ciencias ocultas y el fanatismo de los religiosos me han encerrado en una jaula apartada del devenir del mundo.

Desesperado y solo, he decidido aprovechar esta página para dar fe de mi existencia. Aquí concluye mi pretensión, no quiero reivindicar mi utilidad, ni siquiera reanimar la búsqueda de que la era objeto en la antigüedad, pues aunque mi naturaleza sea profundamente orgullosa e iracunda, el olvido en el que he caído me obliga a ser humilde. Pero no puedo dejar pasar la ocasión que me brinda este cuento mágico para presentarme a quien tenga a bien leerlo.

Procedo de un antiguo linaje, pues la primera constancia de mi existencia la dio un eremita cristiano conocido como Morieno, que vivió en Siria a finales del siglo VII. En la soledad de su retiro alcanzó a conocer la raíz del cielo y la tierra y logró realizar la Piedra Filosofal. A nadie explicó su saber salvo a un rey omeya, Jâlid ibn Mu’awiyya era su nombre, aunque en Occidente lo llamaron Calid. Precisamente nací durante el diálogo entre el eremita y el rey. El sabio solitario enseñaba al rey la manera de hacer la Piedra Filosofal por medio de extrañas imágenes que, a modo de alegorías, describían las operaciones del arte. Fue en una de ellas cuando apareció mi nombre: “Toma el humo blanco y el león verde, la almagra roja y la inmundicia. Disuelve todas estas cosas y sublímalas, y después únelas de tal manera que en cada parte del león verde haya tres partes de la inmundicia del muerto…”.

Ante la extraña explicación que dio lugar a mi nacimiento, la mayoría de los humanos han creído que no existo, que sólo soy un símbolo, pero, ¿cómo no voy a existir, si formo parte del hombre?

Debo decir que hubo un tiempo en el que las mentes más privilegiadas creían en mi existencia y emprendían mi búsqueda con el deseo de conocerme. Los que lo lograron, hablaron de mí, e incluso me hicieron retratos, el primero fue en blanco y negro y se grabó en el siglo XVI para ilustrar un célebre libro de alquimia atribuido a Arnau de Villanova. Se llamaba El Rosario de los filósofos. Junto al dibujo se podía leer el lema siguiente: “Soy aquel que fue el león verde y dorado: en mí está encerrado todo el secreto del arte”. Al darse a conocer mi imagen empezó mi fama. Filósofos, médicos, matemáticos, pastores, místicos, poetas, políticos me reconocieron y solicitaron… Durante casi un siglo se habló de mí, y aunque pudiera parecer extraño, todos me alababan y buscaban mi compañía. Pero con el tiempo, los hombres cultos comenzaron a no ponerse de acuerdo sobre mi identidad. Algunos me defendieron, otros me atacaron maliciosamente, y al final me olvidaron, o como mucho utilizaron mi nombre para designar un ideal, una metáfora de algo imposible.

Cuando conocí el éxito, me deje querer. Mi vanidad se sentía recompensada. Pero cuando pasó, rugí desaforadamente y procuré demostrar mi existencia, pero ¿cómo se puede mostrar lo que es evidente? Lo que está más cerca de la mirada es lo que menos se ve. Mis intentos se contaron por fracasos y mi nombre se utilizó fraudulentamente para designar no sé que tipo de sal química.

Desesperado, intenté hacerme notar a los místicos y más de uno llegó a contemplarme, pero me negaron, quizá porque les di miedo. Todos ellos siguieron buscando a su Dios en el cielo sin considerar el Sol terrestre que brillaba en mis entrañas.

Más tarde, fueron los artistas quienes intuyeron mi presencia, a alguno me manifesté abiertamente, pero, como ya nadie sabía cómo debía ser tratado ni recordaban mis modos de mostrarme al mundo, no me reconocieron, confundiéndome con un trance creativo.

Lo he dicho al comienzo, no pretendo reivindicar mi fama, ni que nadie conozca mi naturaleza, pero… ¡admitir que no existo y que soy un mero símbolo, me parece excesivo! Soy el león verde, el metal de Hermes Trismegisto, el mercurio filosófico, la sangre de la Piedra Filosofal, el viento que sopla en el corazón de los elegidos.

por César R. Espinel, mitólogo

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El Pensamiento Simbólico

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En el santuario frigio de Pesinunte (hoy en día la aldea turca de Bala-Hissar, no lejos de Ankara) se veneraba desde tiempos inmemoriales a la diosa madre Kybélê-Cibeles en forma de una piedra negra caída del cielo: un meteorito sacratísimo, digno de la más alta consideración por encarnar la presencia divina procedente de las alturas. La fama de sus milagros se extendía por todo el Mediterráneo. En el 250 a.C., durante la última guerra púnica, los cartagineses seguían amenazando las tierras itálicas, y los sacerdotes consultaron los libros sibilinos para saber cómo destruir al enemigo. «Buscad a vuestra madre», fue la sibilina respuesta. ¿Qué madre? Lo aclaró el oráculo de Apolo: «Buscad a la gran madre de los dioses, que está en la cima del monte Ida». Así, en abril de 204, llegó a Italia la piedra negra de Pesinunte, y fue recibida por el hombre que el Senado consideró el más santo de los romanos: Publio Escipión Násica. El meteorito fue colocado en el templo de la Victoria, sobre el monte Palatino. Dos años después Escipión el Africano, primo de Násica, derrotaba a Aníbal en Zama (cerca de Cartago, actual Túnez). Roma estaba salvada.

Otra Piedra Negra, Al-hadjar al aswad, está empotrada en la esquina exterior suroriental de la Kaaba («dado», por su forma casi cúbica), a una altura conveniente para que los peregrinos alcancen a besarla. Su tamaño se puede juzgar por la imagen de Muhammad que la repone en la Kaaba, como hemos visto más arriba. Su aspecto sugiere un origen volcánico o, mejor, meteórico. Según la tradición islámica la piedra celeste bajó encendida del cielo con un mensaje del arcángel Jibrail (Gabriel) para Ibrahim (Abraham). La Meca, a imagen de Jerusalén, es centro de la tierra; encima de la ciudad santa resplandece la Estrella Polar, centro del cielo. Al caer, la piedra perforó el firmamento y gracias a este boquete es posible la comunicación entre la tierra y el cielo. La Piedra Negra no es una piedra más, inerte e inanimada: cayó viva y luminosa y, como sus hermanas venidas de las alturas divinas, conserva la vida y el alma traída del cielo. La piedra impregnada de esencia espiritual no es sino un arquetipo planetario más. Los hajj, peregrinos de la Meca, hacen su juramento de fidelidad poniendo su propia mano sobre la piedra o, mejor besándola. Lo mismo ocurre en la Basílica del Pilar en Zaragoza, España, donde la imagen de la advocación mariana se encuentra sobre un betilo o columna de piedra que los fieles circundan y tocan y besan por una pequeña abertura. Del mismo modo, rodea a la Piedra Negra de la Kaaba un macizo marco de plata; la cara expuesta, tan resplandeciente y tersa, evoca los millones de labios que han descansado durante un instante de arrobamiento sobre ella, a lo largo de trece siglos.

La Piedra Negra es anterior al islam: era uno de los ídolos que se veneraban en la Meca mucho antes de la predicación del Profeta. Y en el mundo actual sigue siendo objeto de muchísima veneración, un ónfalos pétreo en cuya esencia divina creen mil quinientos millones de personas. No hay piedra en todo el orbe cuya sacralidad se compare a la de la Piedra Negra.

La Kaaba es ombligo y tumba: frente a la esquina de la Piedra Negra se encuentran dos sepulturas: la de Ismael, hijo de Abraham y progenitor de los árabes, y la de su madre, Agar, la esclava egipcia.

por César R. Espinel, mitólogo

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Iniciación a la Mitología Comparada

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Es muy habitual encontrar críticas a los cuentos populares por la imagen que transmiten de la mujer. Parece que debe esperar sentada (o dormida) a que un príncipe (es decir, un hombre) venga a rescatarla, y que no son capaces de hacer nada por sí mismas. La realidad es muy distinta. El cuento, como el mito (de hecho, mythos significa «relato», que encierra una enseñanza, por lo que es lo mismo), utiliza el lenguaje simbólico. Es importante reconocernos en la princesa y el príncipe, hombres y mujeres, pero también en la bruja y el dragón. Son los principios masculino y femenino del universo, esto va más allá de hombres y mujeres. El príncipe representa la actitud que adopta el principio masculino de todos los seres humanos en su encuentro con el principio femenino encarnado en la princesa… pero también en la bruja.

El gran místico hindú del siglo pasado Ramakrishna (1836-1886) era sacerdote de un templo construido a la Madre Cósmica en Dakshineswar, un suburbio de Calcuta. La imagen del templo presentaba a la divinidad en sus dos aspectos simultáneamente, el terrible y el benigno. Sus cuatro brazos presentaban los símbolos de su poder universal; la mano izquierda superior empuñaba un sable ensangrentado, la inferior tenía agarrada por el cabello una cabeza humana cercenada; la mano derecha superior estaba levantada en actitud de «no me temáis», con la palma abierta; mientras que la inferior aparecía extendida en ofrenda de bienes. Ella es la Fuerza Cósmica, la totalidad del universo, la armonía de todas las parejas de contrarios, combinando perfectamente el horror de la destrucción absoluta con una seguridad impersonal pero materna.

Sólo aquellos capaces de las más altas realizaciones pueden apreciar e incluso diría soportar la revelación completa de esta diosa. Para hombres de menores alcances, Ella reduce sus fulgores y se aparece en formas concordantes a las fuerzas no desarrolladas. Dicho de otra manera, contemplarla en su plenitud sería un terrible accidente de catastróficas consecuencias para la persona que no estuviese espiritualmente preparada. Para ejemplo, el de Acteón que nos relata Ovidio en su Metamorfosis. Él no era un santo, en el sentido más pleno de la palabra, sino un cazador, y no estaba preparado para la revelación de una forma (la diosa Artemisa desnuda) que debe contemplarse sin las excitaciones y depresiones humanas del deseo, de la sorpresa y del temor.

La mujer, como símbolo en el lenguaje de la mitología (insisto, es el principio femenino de hombres y mujeres), representa todo aquello que puede conocerse. El héroe es el que llega a conocerlo. La diosa guardiana de la fuerza inagotable, representada en la princesa dormida, requiere que el héroe posea lo que los trovadores denominaron un «corazón gentil». Joseph Campbell explica de forma magistral que la diosa no se aparece a todos por igual. Dice «los ojos deficientes la reducen a estados inferiores, el ojo malvado de la ignorancia la empuja a la banalidad y a la fealdad, pero es redimida por los ojos del entendimiento.» El héroe que es capaz de apreciarla como es, sin proyecciones ni reacciones indebidas, con la seguridad y bondad que ella requiere, se convierte en rey, el dios encarnado, en la creación del mundo de ella. No por el deseo animal de un Acteón puede ser la diosa comprendida y servida debidamente. El encuentro con la diosa, encarnada en cada mujer, es la prueba final del talento y la virtud del héroe para ganar el don del Amor, lo único capaz de conciliar todos los opuestos, que es la vida en sí misma y que se disfruta como estuche de la eternidad.

por César R. Espinel, mitólogo

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Iniciación a la Mitología Comparada: Centroamérica, Asia y Europa septentrional

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Shiva es una de las divinidades orientales que más arraigo ha encontrado en Occidente. Le solemos ver representado sobre todo de dos maneras: una sedente, meditando, y la otra como la imagen superior: bailando. Esta iconografía y su simbolismo han sido ampliamente tratados por Ananda K. Coomaraswamy en The Dance of Shiva (1924), Heinrich Zimmer en Myths and Symbols in Indian Art and Civilization (1946) y Joseph Campbell en The Hero with a Thousand Faces (1949). Un resumen aproximado sería el que sigue.

La mano derecha extendida sostiene el tambor, cuyo sonido marca la pauta del tiempo. Y, sin embargo, ese tiempo es el origen y principio de la creación, la eternidad. La mano izquierda extendida sostiene la llama, que representa la destrucción del mundo creado: Shiva es el destructor-renovador, debe destruir algo para que algo nuevo nazca, marca la continuidad del orden y el caos. La segunda mano derecha adopta la actitud de «no temáis», mientras que la segunda mano izquierda señala el pie izquierdo levantado, adoptando la «posición del elefante» (el elefante es quien abre el camino en «la selva del mundo», es decir, el guía divino). El pie derecho está clavado en la espalda de un enano: es el demonio del olvido, del no-conocer, que simboliza el paso de las almas de Dios a la materia. Sin embargo, el pie izquierdo está levantado mostrando la libertad del alma. Es ese pie el que señala la mano en la «posición del elefante» y por quien la otra mano asegura «no temáis«. La cabeza del dios se mantiene en equilibrio, quieta y serena, en mitad del dinamismo de creación-destrucción. Esto significa que en el centro todo está en calma. El arete o pendiente derecho de Shiva es de hombre, el izquierdo es de mujer, porque el dios incluye y está por encima de los opuestos y contrarios. La expresión del rostro de Shiva no es ni de alegría ni de congoja, sino que es la imagen del Motor Inmóvil, detrás y dentro de ella están la alegría y el dolor del mundo. Los mechones de cabello revuelto representan el pelo desarreglado del yogui hindú, ahora se revuelven en la danza de la vida. Y es que la presencia conocida en las alegrías y tristezas de la vida y aquella conocida en lo profundo de la meditación silenciosa son sólo dos caras del mismo Ser-Conciencia-Bendición (sat-cit-ananda) que es siempre universal y nunca dual. Los brazaletes de Shiva, los aros de sus brazos, los de sus tobillos y el cordón brahmínico son serpientes vivas. Esto significa que Él ha sido ungido y embellecido por el poder de la Serpiente: la misteriosa Energía Creadora de Dios, que es la causa de su propia manifestación como el universo con todos sus seres. Sobre la cabeza de Shiva se aprecia una pequeña calavera, símbolo de la muerte y ornamento del Señor de la Destrucción; pero también una luna creciente, símbolo del nacimiento y el crecimiento, sus regalos para el mundo. En su cabello también destaca una flor de estramonio, planta con la cual se prepara un brebaje (compárese con el vino de Dionisos o el de la misa). Una pequeña imagen de la diosa Ganga, la personificación del Ganges, está escondida en sus cabellos: es Él quien recibe en su cabeza el choque del descenso del divino Ganges desde los cielos, quien permite que las aguas que dan la vida y la salvación fluyan suavemente sobre la Tierra para refrescar y sanar física y espiritualmente a los seres humanos.

La posición de la danza de Dios puede simbolizarse como la sílaba simbólica sagrada AUM, Resultado de imagen de om , que es el equivalente verbal de los cuatro estados de conciencia: A) conciencia despierta, U) conciencia en el sueño, M) dormir sin sueños, y el silencio alrededor de la sílaba sagrada es lo Trascendente no Manifestado. De esta forma, el Dios está dentro del que lo adora y también fuera.

Esta figura ilustra la función y el valor de la imagen esculpida y muestra por qué los largos sermones son innecesarios para los idólatras: así se permite al devoto penetrar el significado del símbolo en profundo silencio y de forma oportuna. También, así como el dios lleva aros en brazos y tobillos, también los lleva el devoto, y significan lo mismo. Están hechos de oro en vez de serpientes (oro, metal que no se corrompe) y simbolizan la inmortalidad, que no es sino la misteriosa Energía Creadora de Dios.

Muchos otros detalles de la vida y de las costumbres locales de Oriente están representados de forma similar, interpretados y así validados, en los detalles de los ídolos antropomórficos. De este modo, toda la vida es un campo abonado para la meditación. La humanidad vive inmersa en un silencioso sermón.

por César Rodríguez Espinel, mitólogo

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El Pensamiento Simbólico

Desde este próximo viernes 8 hasta el 3 de Marzo se representa en el Teatro Fernán Gómez de Madrid la obra Gilgamesh, dramaturgia y dirección a cargo de Álex Rojo. El domingo 17 de Febrero iré a la representación acompañado de todos aquellos que lo deseen, y el día 27 de Febrero tendremos una clase extra perteneciente al ciclo El Pensamiento Simbólico donde trataremos en profundidad la historia de Gilgamesh, rey sumerio, y sus correspondencias en la mitología del mundo. Esta salida al teatro es una actividad que busca estrechar los vínculos de comunidad entre los alumnos de Escuela de Atención interesados en el área de la simbología.

Pero, ¿qué podemos decir de Gilgamesh? Primeramente que su relato, conocido como La Epopeya de Gilgamesh, es la obra literaria más antigua que se conserva de la historia de la humanidad. La historia de un fracaso que relata los más profundos anhelos del hombre, la vida y la muerte, la amistad y el amor, la lucha y la búsqueda de propósito, la naturaleza de nuestra espiritualidad, nuestro origen y nuestro destino. Símbolos e imágenes arquetípicas se dan la mano en esta primera muestra del relato que ha mantenido unidas a todas las generaciones de todas las culturas del mundo. En Gilgamesh se refleja por primera vez lo que Joseph Campbell denominó «El Viaje del Héroe», un recorrido de vida en el que todos nosotros estamos inmersos.

El descubrimiento de las tablillas del poema de Gilgamesh es uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del siglo XIX, llevado a cabo por Sir Henry Layard y traducidas posteriormente por el asiriólogo Georges Smith. Las tablillas originales de arcilla cocida y tallada están escritas en cuneiforme y pertenecen a la cultura sumeria paleo babilónica de la tierra de Mesopotamia. Se conservan en el British Museum de Londres. La autoría del poema se atribuye tradicionalmente al escriba asirio Sin-lequi-unninni por haber dejado constancia casi inalterada del poema completo en torno al 1400 a.C. Las tablillas fueron rescatadas de las brumas del tiempo en la biblioteca de Asurbanipal en Nínive, actual Irak.

Gilgamesh es, sin duda, el primer gran héroe trágico. Su poema recoge los primeros versos de la humanidad, reflejo y dictado de los albores de la conducta verbal. En ellos se ve reflejada una profunda mirada a los tiempos de los reyes y héroes legendarios, semidioses míticos de la tradición oral. Gilgamesh es el reflejo del ser humano que se enfrenta a la diatriba del amor y al dolor de su pérdida, quien por primera vez es consciente de su propio deterioro y emprende un camino de autoconocimiento. Cuando su mejor amigo muere Gilgamesh, solo y aterrado, viaja hasta los confines del mundo en busca del secreto de la inmortalidad.

por César R. Espinel, mitólogo

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Mitología Comparada II 

El relato de los Reyes Magos sólo aparece recogido en el Evangelio según San Mateo, pero el evangelista no especifica sus nombres, ni que fuesen tres, ni siquiera que fuesen reyes. Únicamente habla de unos magos venidos de Oriente. Habría que esperar al siglo III para que Orígenes, Padre de la Iglesia Oriental, diese la primera referencia concreta al número exacto de personajes: tres, pues tres fueron los regalos. Sería en el siglo IV cuando Ambrosio de Milán, según el decir de Schoebel en su libro L’histoire des rois mages, establecería en Occidente que los magos fueron tres y que además fueron reyes. Y finalmente en el siglo V, el papa León I estableció ese número como oficial para toda la cristiandad. En cuanto a los nombres, parece que provienen de ese mismo siglo V a través de dos textos apócrifos: el Excerpta latina barbari o Anales de los bárbaros dice textualmente: «magi autem vocabantur Bithisarea, Melichior, Gathaspa»; mientras que en el Evangelio armenio de la infancia aparecen como Melkon, Gaspard y Balthazar. Para la tradición de la iglesia siríaca, los nombres son diferentes: Larvandad, Gushnasaf y Hormisdas. La primera manifestación iconográfica de estos personajes y sus nombres en la iglesia latina la encontramos en los mosaicos del siglo VI de San Apolinar el Nuevo, en Rávena, un templo pensado originalmente para el culto arriano (de hecho el arrianismo y sus seguidores bárbaros parecen haber sido los grandes impulsores del culto a los Reyes Magos en Occidente). En el mosaico les encontramos vestidos a la manera persa, tocados por un gorro frigio, y donde sus nombres aparecen escritos como sanctus Balthassar, sanctus Melchior, sanctus Gaspar.

Poco a poco la tradición ha ido añadiendo detalles a su escueta historia evangélica. Se les ha hecho representantes de las tres razas conocidas en la Edad Media, de las tres edades del hombre y de los tres continentes (Europa, Asia y África). Hubo que esperar al siglo XIV para que Baltasar apareciese como un hombre de tez negra. Según la tradición esotérica cristiana provendrían del lugar donde se encontraba el Preste Juan, en el Lejano Oriente. De acuerdo a una tradición medieval, después de la Ascensión de Jesús el apóstol Tomás les encontró en el reino de Saba, donde fueron bautizados por él y consagrados como obispos. En el 70 d.C. fueron martirizados y enterrados en el mismo sarcófago. E igualmente, hay leyendas que hablan de un cuarto rey mago.

Su nombre es Artabán, y es el protagonista del cuento navideño The Other Wise Man («El otro Rey Mago»), escrito en 1896 por el teólogo presbiteriano estadounidense Henry van Dyke (1852-1933). De acuerdo con el relato, Artabán también tenía intención de dirigirse a Occidente guiado por la Estrella para adorar al Niño Dios. Había acordado marchar junto a sus compañeros Melchor, Gaspar y Baltasar. El zigurat de Borsippa era el punto de encuentro e inicio de la travesía conjunta. Hacia allí se encaminó Artabán con un diamante de la isla de Méroe, un fragmento de jaspe de Chipre y un fulgurante rubí de las Sirtes, como triple ofrenda al recién nacido. Sin embargo, en el camino al zigurat se encontró con un viejo moribundo que había sido asaltado y apaleado por unos bandidos. Artabán se detuvo y se aprestó a curar sus heridas, ofreciéndole el diamante para que pudiese rehacer su vida. El mago reanudó el viaje, pero cuando llegó a Borsippa vio que sus tres compañeros ya habían partido.

Así que emprendió solo el camino, guiándose por la Estrella, pero cuando llegó a Belén de Judea no encontró al Niño Dios, ni a su madre ni a su padre, ni tampoco a sus compañeros magos. Solamente vio hordas del rey Herodes que estaban degollando a recién nacidos. A uno de los soldados, que con una mano sujetaba a un niño y con la otra la afilada espada, se acercó Artabán: le ofreció el rubí destinado al Hijo de Dios a cambio de que perdonase la vida de ese niño. El soldado acepta, pero en esa actitud son ambos sorprendidos: el soldado es castigado duramente y Artabán encarcelado por soborno en la Fortaleza Antonia de Jerusalén. Allí permanece prisionero durante treinta largos años, y durante ese tiempo fueron llegando a sus oídos noticias de los prodigios, consejos y promesas de un Mesías que no era sino el Rey de Reyes al cual había ido a adorar. Recibida la absolución y recorriendo las calles de Jerusalén oye que se anuncia la crucifixión de Jesús el Nazareno. Así, Artabán encamina sus pasos hacia el monte Gólgota para efectuar la adoración tantos años postergada. Sin embargo, en el ascenso, repara en un mercado en el que una joven muchacha va a ser subastada para saldar las deudas de su padre. Sin dudarlo un instante, el mago compra la libertad de la joven ofreciendo el pedazo de jaspe, la última ofrenda que le quedaba para el Hijo de Dios. Así, Jesucristo muere en la cruz: la tierra se sacude, se abren los sepulcros, los muertos resucitan, se rasga el velo del Templo y caen los muros de la ciudad. Una piedra golpea a Artabán en la cabeza y, entre la inconsciencia y la ensoñación, se le presenta una figura que le dice: «Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste.» Desorientado y exhausto, el buen Artabán pregunta: «¿Cuándo hice yo todas esas cosas?«. Y en su expiración recibe la respuesta: «Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí. Gracias por tantos regalos de amor, ahora estarás conmigo para siempre pues el Cielo es tu recompensa.»

 

Paz y Bien para todos, y feliz 2019