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por Javier Esteban, psicoanalista y profesor de hermenéutica de sueños en la USAL

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Entre el vivir y el soñar hay una tercera cosa: adivínala.

Tras el vivir y el soñar está lo que más importa: despertar.

Antonio Machado

 

LA SABIDURÍA SOBRE LOS SUEÑOS Y EL TRABAJO TERAPÉUTICO

El uso de los sueños con fines terapéuticos acompaña a la humanidad al menos desde que ésta emplea la escritura. A lo largo de seis mil años los seres humanos hemos indagado sobre nuestra conciencia a través de los sueños. Caldeos, indios, egipcios, griegos… pueblos de los cinco continentes. Todas las escuelas psicológicas y terapéuticas – el psicoanálisis freudiano y junguiano, la terapia gestáltica y la neurociencia – han investigado los sueños. Todas las civilizaciones y psicologías, sin excepción, han comprendido la importancia de los sueños como el mejor método de conocer nuestro inconsciente y nuestras motivaciones desconocidas para actuar en la vida.

El trabajo terapéutico con los sueños es heredero de esta sabiduría universal. Este trabajo emplea métodos solventes y herramientas del saber humano para conocer los sueños y poder trabajar con ellos. Los sueños pueden trabajarse con rigor más allá de los prejuicios, la escuela o la ideología del terapeuta. Este es el principio que rige nuestra investigación a lo largo de los años y que fundamenta la formación que ofrecemos. Conocer el lenguaje de los sueños faculta al profesional de la psicología, la psiquiatría o al terapeuta para poder afrontar mejor su trabajo.

 

EL EMPLEO DE LOS SUEÑOS EN CONSULTA

El terapeuta o psicólogo que emplea en su trabajo los sueños acompaña al consultante mediante la escucha, la recolecta o la incubación de sueños. A través de los sueños el consultante establece un diálogo consigo mismo que es facilitado – nunca dirigido – por el terapeuta.

Es importante tener en cuenta que ninguna de las escuelas psicológicas posee la verdad sobre los sueños. En la terapia de sueños se deben combinar métodos asociativos, simbólicos, psicoanalíticos y gestálticos con herramientas de actuación como son la mayéutica, la actuación del sueño y sus partes, la imaginación activa, la conciencia corporal del sueño…

No existe una única interpretación de los sueños porque son polisémicos y sus verdades deben ser trabajadas en función de las necesidades del soñante. El trabajo terapéutico con los sueños es un saber que emplea distintos métodos y que requiere rigor, método, sensibilidad, atención y empatía.

El trabajo con los sueños genera un proceso en el que el consultante conoce sin censuras cuáles son sus deseos, sus apegos, sus pulsiones, sus virtudes y sus posibilidades. El terapeuta lo acompaña y le ayuda a encuadrar ese trabajo en una terapia existencial enfocada al crecimiento personal o a la desaparición de dificultades, síntomas o carencias personales.

El trabajo del terapeuta que emplea los sueños es un trabajo que se sitúa entre lo inconsciente y lo supraconsciente, respetando siempre a la persona y su destino o yo esencial.

El trabajo con los sueños ayuda al consultante a situarse en la vida sabiendo por qué actúa, cómo actúa y para qué actúa. Ello le permite ver sus necesidades y sus límites y facilita la integración de su personalidad.

Trazando el relato personal, el mapa emocional y simbólico del consultante con la ayuda de los sueños somos capaces de saber cómo se percibe el consultante y hacia donde se encamina. Y ahí comienza nuestra labor: acompañarle en el viaje de la salud.

La formación introductoria para el trabajo terapéutico con los sueños es fruto de años de investigación rigurosa y dota a los alumnos de diversas competencias como la comprensión del fenómeno de los sueños desde la neurociencia, el empleo de herramientas básicas y metodologías para la terapia con sueños o la destreza de comprender los propios sueños como fundamento para trabajar con los demás.

 

QUÉ APORTA EL TRABAJO TERAPÉUTICO CON SUEÑOS

El trabajo terapéutico con sueños facilita el autoconocimiento, permite la comprensión de los sueños, libera emociones, regula el descanso, reduce las pesadillas, ordena los procesos imaginarios, ayuda a reparara desequilibrios psíquicos causados por abuso de sustancias visionarias y adicciones, orienta la búsqueda del sentido de la vida, atempera la neurosis, mejora la autoestima, integra la personalidad y acompaña el crecimiento personal.

 

por César Rodríguez Espinel, mitólogo

Si hay una imagen que nos debe venir a la cabeza cuando oímos hablar de mitología, es ésta: el Mito de la Caverna, un relato que nos regala Platón en el Libro VII de su República. Éste es el mito por antonomasia y uno de los mejores ejemplos de pensamiento simbólico que podemos encontrar. Todos conocemos este relato, quien más quien menos lo recuerda de sus clases de Filosofía en el instituto. Pero debemos tener cautela con la palabra “mito”. Generalmente uno ve que numerosas universidades ofrecen cursos y seminarios de mitología e iconografía que parecen aptos sólo para unos pocos alumnos de Humanidades. Y esto no deja de ser cuanto menos sorprendente, ya que todo lo que quiero decir se resume en esto: la mitología es un conjunto de relatos simbólicos. El símbolo configura un lenguaje que nos ayuda a entender el pasado, y es un lenguaje muy concreto: el poético, el metafórico. El ser humano necesita completarse, eso está más que claro, y parece que para completarnos necesitamos ese tipo de pensamiento simbólico/metafórico/poético.

El Mito de la Caverna no es sólo la teoría del conocimiento de Platón, pues en este relato el filósofo no cierra ni tampoco explica las cosas. ¿Por qué? Porque las interpretaciones de un mito (y de los símbolos que encierra) son infinitas, ya que el símbolo nos religa con algo trascendente, y lo trascendente tiene infinitas interpretaciones para cada uno. Un símbolo jamás llega a conocerse completamente, hay que convivir con él porque constantemente se actualiza y nos devuelve una información, del tipo que sea (emocional, mental, espiritual…). Si dejamos el símbolo anclado en el pasado y le impedimos evolucionar, perderá su sentido como enlace con lo trascendente.

Teniendo esto claro, podemos acceder al quid de la cuestión. Recordemos brevemente lo que nos dice el mito. Cuenta Platón que había una caverna en la que estaban unos hombres encadenados, por los tobillos y por el cuello, de espaldas a una pared. No veían la pared, sólo veían el muro de la caverna delante de ellos. Detrás de la pared (y de ellos mismos), unos hombre y mujeres pasaban llevando objetos sobre sus cabezas, y detrás de ellos les iluminaba un fuego. Ese fuego emitía una luz que iluminaba los objetos que movían esas personas sobre sus cabezas, proyectando sus sombras sobre el muro de la caverna. Los hombres encadenados piensan, lógicamente, que esas sombras son la realidad. Porque además los objetos se mueven. Y las personas que llevan los objetos hablan, por lo que los cautivos piensan que son las sombras las que hablan. Los encadenados están siempre ahí, mirando esa especie de cine todo el tiempo. Y están convencidos de que ésa es la realidad.

Pero, de repente, algo ocurre. El hecho mágico que da lugar a todas las transformaciones: uno de los hombres encadenados es de repente liberado. Uno podría pensar que qué bien, cadenas fuera, es libre por fin. Pero nada más lejos de la verdad. Aquí empiezan los problemas. Porque vivir de la otra forma es muy fácil y cómodo: quedarse sentado a ver qué sombras vienen y qué sombras se van, qué bien la vida, qué mal la vida… Pero de repente llega alguien y te dice: “no, no, no te quedes ahí sentado. Levántate y anda”. Claro, entonces el hombre se levanta, da la vuelta al muro y se da cuenta de que esas sombras no son la realidad. Que se parecen mucho porque son una proyección en una pared como consecuencia del fuego. Que es luz. Y la luz se proyecta sobre los objetos y justamente lo que no deja pasar la luz configura el contorno de lo que crees que es la realidad, es decir, una ausencia de luz. Metáfora bellísima.

Pero la cosa no termina aquí, porque el hombre descubre que puede salir de la caverna. Y que el fuego no es la verdadera fuente de luz, hay una que es mucho mayor: el Sol. Y esta metáfora es posiblemente la más importante, porque hay dos fuentes del luz. Platón los distingue con el fuego y el sol. En la Biblia, el libro del Génesis 1:3 se recoge la famosa frase:

Entonces dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.”

Sin embargo, son muchos los lectores de la Biblia que se sorprenden cuando leen versículos después (1:16) que Dios creó el Sol y la Luna. ¿Qué es esa luz que Dios crea el primer día y que separa la luz de las tinieblas cuando el día y la noche aún no han sido creados? Son los dos mismos tipos de luz que en Platón. Esa “luz primera” del Génesis es el sol de Platón, el Conocimiento único. El sol físico del Génesis se convierte en la luz intelectual, el fuego de Platón. Este fuego nos dice la “mentira”, pero es necesario para acceder al Sol. Pero Platón insiste: cuidado, no le fue nada fácil al ex-cautivo salir de la caverna, porque no estaba acostumbrado a esa luz, al Conocimiento. De hecho no puede ver, así que se va colocando poco a poco a la sombra de las cosas. Un poco más adelante ve la realidad (esta vez sí) a través de su reflejo en el agua. Y poco a poco va siendo capaz de mirar directamente los árboles, las rocas o los animales hasta que es capaz de contemplar el mismísimo Sol.

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Podríamos decir que el ex-cautivo ha alcanzado la Iluminación, el Nirvana, el Conocimiento único. Vale, pero ¿y ahora qué? Esa pregunta la dejaremos para otra ocasión…

Todos los seres humanos en nuestra andadura por la vida nos encontramos con conflictos, dificultades, decepción, dolor… En ocasiones pensamos que son los demás los causantes, pero llega un momento en el que asumimos nuestra responsabilidad y nos quedamos solos frente al espejo con preguntas sin respuesta ¿por qué me sucede esto? ¿qué tengo que ver con ello? Esta “llamada” puede llevarte a iniciar un camino personal para encontrar respuestas y conocer qué está pasando. Leer más