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Lo siento: una rotonda no es lugar para una diosa. Un espacio inaccesible permanentemente circundado por una hilera infinita de automóviles en tránsito no es un santuario. Es preciso salvar a la Cibeles, Nuestra Señora de Madrid, de su habitáculo profanado. Urge impulsar la cruzada que libere a la gran Dama de su sepultura urbana. Esclava de las abominables leyes de tráfico motorizado, el sencillo paseante ya no puede contemplar con calma a la patrona de la Villa; ni siquiera el turista puede capturar en su artefacto telefónico una instantánea de su porte, sin que un gigantesco autobús rojo de dos pisos, cargado a su vez de más turistas frenéticos, se interponga en su campo visual arruinando así la fotografía.

Nadie lo advierte, pero la Cibeles se lamenta. Es demasiado soberbia para mostrarlo. Sin embargo, muy entrada la noche, cuando los vehículos van mermando su presencia y menguan su tufo a carburante y su ruido ensordecedor, los labios pétreos de la Gran Dama parecen entonar un lamento. Con la firmeza de su temple femenino, su mirada cóncava sueña con el glorioso pasado, con el eco de su Frigia natal, hace miles de años.

En aquellas tierras orientales, no muy lejos de la mítica Troya, la diosa se llamó “Kibele” (Κυβέλη), y fue adorada como una gran Magna Mater bajo la forma de una misteriosa piedra de intenso color negro (nuestro profesor César R. Espinel ya dedicó una entrada en este blog a la piedra negra, que puedes leer aquí). La ciudad de Pesinunte fue su hogar. Los frigios cantaron entonces las leyendas de esta diosa de la Tierra, y sus infortunados amores con su hijo y consorte, el hermoso efebo Atis; y de cómo el joven cometió el error trágico que desató las iras de la Dama, y de cómo el infortunado mutiló sus genitales y murió desangrado para ser finalmente resucitado en forma de pino en los albores de la primavera por intercesión de Kybele: la misma que le había dado la vida. El asunto mitológico es universal, y tan frecuente en todas las civilizaciones que induce a pensar en su veracidad: Atis es Adonis, es Tammuz, es Dumuzi… Kibele es Afrodita, e Innana, e Ishtar. Nada nuevo bajo el sol. Morir y renacer en torno al equinoccio es ley.

Cibeles mas antigua todavia

El arquitecto que proyectó en el siglo XVIII la estatua fuente de La Cibeles en Madrid conocía la historia a la perfección. El padre del concepto, José de Hermosilla, y el diseñador de la figura, Ventura Rodríguez, llenaron los laterales del carro sobre el que se asienta la diosa de meditados adornos en forma de piña. Hasta pusieron a sus pies un enorme surtidor con forma de mascarón en el que se adivina el rostro del amado Atis. Parece ser que incluso contempló el proyecto la presencia de un enorme pino, justo en frente del conjunto, para completar la descripción del mito. La diosa se lamenta, y con razón: el pino fue mandado arrancar por algún concejal ignorante y poco amigo del arbolado urbanita. Para más tragedia, la fuente entera fue movida de su emplazamiento original, orientando el rostro de Cibeles al más prosaico Banco de España. Ver para creer.

La Cibeles se lamenta en su sepulcro madrileño. Convertirse en un icono turístico de la ciudad no hace sino agudizar su dolor. Ser el estúpido punto de encuentro para festejar las victorias de unos deportistas sobrevalorados empeora su situación. Los madrileños la desconocen, y por lo tanto no pueden rendirle su merecida pleitesía. Sin pino y desplazada, la diosa recuerda dolorosa cada noche su gran peregrinación que cambió para siempre su lugar entre los humanos.

Corría el año 205 a.C. y los romanos del Lacio se batían a muerte contra el pequeño imperio cartaginés por el control de las aguas mediterráneas. Los oráculos sibilinos fueron rotundos: para ganar la guerra hacía falta la llegada a Roma de la famosa piedra negra de Pesinunte. Y así ocurrió. Kibeles fue secuestrada de Frigia y se instaló en el monte Capitolino. El betilo negro pronto se fue humanizando, y adoptando la forma de una dama romana de rostro oscuro. Su nombre cambió a Cibeles y su historia se fundió con la de la titánide Rea, de la teogonía griega. Poco importaba: la Magna Mater es siempre la misma y tiene mil rostros. También era Isis, de rostro negro, como el limo fértil del Nilo…

Roma exportó a Cibeles/Isis/Rea por todo su Mare Nostrum. Cuando llegó a la Península Ibérica (bastante más celta que íbera, y sobre todo profundamente tartésica) se encontró con una tierra especialmente fértil para semejante culto. Hacía ya incontables siglos que los moradores de Hispania veneraban a la diosa de rostro oscuro. Cambiarle el nombre no fue un problema, con tal de que los ritos a la Madre no se vulneraran. No hubo necesidad: los ritos a la Magna Mater son semejantes en todos los confines del planeta. ¿Llegó la diosa de oriente a Roma y de Roma a Hispania? ¿O más bien la diosa regresó a su casa original, a los confines de occidente? Vaya usted a saber. Poco importa ya. Los carpetanos, moradores de las tierras centrales entre las sierras del sistema central y el valle del Tajo, también fueron adoradores de la diosa. Eran gentes seminómadas que se sabían protegidos por los sobrecogedores espectáculos que siempre han ofrecido los cielos de Madrid. En su manifestación nocturna, los carpetanos adoraron a la constelación del carro, la que los griegos vincularon con la gran Osa. No es baladí que en el escudo actual de Madrid la bordura de azur cargue siete estrellas de plata. No son otras que las que componen el venerado catasterismo carpetano. Esto induce a pensar que el supuesto «oso» del escudo es en realidad hembra: una osa.

Osa

La simbología de la osa nos lleva a cultos ancestrales de la Magna Mater. Cada año la osa se entrega a su hibernación estando ya preñada . En la gestación se da un fenómeno muy peculiar que es conocido como implantación diferida. Mediante este mecanismo las hembras son capaces de postergar el momento en el que comienza a desarrollarse en su interior un óvulo fertilizado. El futuro embrión permanece en un estado de latencia hasta que la madre determina que la estación es la más favorable para seguir adelante con su gestación, el parto y el cuidado posterior de la cría. Cuando llega la primavera y la osa sale de su guarida en las entrañas de la Tierra, lo hace con sus oseznos ya nacidos. Este hecho no le pasó inadvertido a nuestros más remotos antepasados mediterráneos, que vieron así en la osa una prefiguración de la Magna Mater, un símbolo de la fertilidad y poder regenerativo de la Naturaleza, que brota cada primavera de los adentros de la roca con su camada. A las afueras de Atenas, en la época clásica, las muchachas atenienses eran iniciadas en los secretos femeninos en el santuario de Braurión, donde la diosa Artemisa (señora de las bestias) se presentaba en forma de Osa. Allí, las niñas pubertas se disfrazaban de oseznas para perpetuar los ritos iniciáticos que demandaba la Gran Diosa de la fecundidad. La constelación del carro era para los griegos la ninfa Calisto, a la que la terrible Artemisa había convertido en osa estando encinta. Para muchos eruditos, Calisto es una manifestación de la misma Magna Mater.

Una urbe cuyo emblema exhibe una osa es un enclave de fuerza femenina. Si a esto le unimos la presencia de agua subterránea como base para el asentamiento de la ciudad, la feminidad del emplazamiento se duplica. Don Juan López de Hoyos, en su Declaración de las armas de Madrid y algunas antigüedades, es quién nos rescata el lema fundacional de la villa:

“Sobre agua fui construida, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón”

Multitud de cursos de agua dibujan los caminos subterráneos de Madrid. Una red de arroyos invisibles, como sierpes indómitas de líquido elemento, sobreviven aún hoy, pese a la red de metro y los faraónicos túneles que tratan de descongestionar la capital de vehículos. Pero el agua siempre se abre camino, y más en Madrid. ¿Saben los madrileños que en la historia de su escudo aparece frecuentemente la serpiente en forma de dragón, como custodio de las aguas subterráneas? Lo pueden ver en la plaza de la Villa, o en la de Arganzuela… Pero claro, para eso hay que mirar, que cada vez es más difícil… Una enorme sierpe roja (nos dice López de Hoyos) apareció dibujada en las ruinas de la vieja Puerta Cerrada cuando se desmanteló en el siglo XVI… El lema era cierto: la villa flota sobre ríos de agua que corre secreta. Nunca necesitaron los madrileños del humilde río Manzanares, que jamás alcanzará la nobleza de río fundacional, como el Tíber, el Támesis o el Sena. Y es que cuando los carpetanos del lugar necesitaron agua, perforaron la tierra. No es casualidad que el santo patrón de la villa, el bueno de Isidro, fuera más bien un pocero que un labrador. Otros lo llamarían zahorí. Otros, sacerdote de la diosa, pues parece ser que pasaba la mayor parte de su tiempo venerando las imágenes marianas de rostro oscuro, de las que Madrid jamás supo prescindir: la Almudena, la de Atocha, la de la Encina… ¿No viene el mismo nombre Isidro, de “Isidoro”, esto es “el don de Isis”? ¿O solo fue el paso de la reliquia del gran arzobispo homónimo por tierras carpetanas la causa de su bautismo?… Vaya usted a saber.

Pero del santón zahorí deberemos hablar en otro escrito. Hoy es la Magna Mater nuestra prioridad. Kibeles, Cibeles, habita en su legítima tierra: un hogar de la diosa. Cuando el padre Jerónimo de la Quintana escribe para Felipe III su estrafalaria y apasionante historia sobre el origen mitológico de Madrid, no duda en apelar una vez más a la diosa. Y lo hace con el nombre de Metragirta que, bajada del cielo en un carro tirado por bestias, salva al troyano Ocno Bianor de su autoinmolación, reclamada por Apolo para la correcta fundación de Mantua Carpetana, esto es, Madrid. El relato no tiene desperdicio. Y nos vuelve a resultar tan familiar…

Cuando la poderosa Isabel de Farnesio vino a ser reina de las Españas, no pudo tolerar las insuficiencias de la supuesta capital. Ella y su muy ilustrado Carletto (así llamaba a su hijo mayor, rey Carlos III), proyectaron un Madrid borbónico a la altura de las circunstancias. Y como consecuencia de su rica formación clásica, sabían que en toda ciudad hay que potenciar aquello que Vitrubio llamó “genius loci”, es decir, el genio del lugar. Había que hacer de Madrid una gran capital, y para ello era imprescindible dar con ese mito. ¿Qué forma tiene el genio del lugar en la capital del reino?, ¿Quién lo sabía?…

A día de hoy, en el mismo solar donde vivió y murió Isidro el Zahorí, se levanta el palacio de los condes de Paredes de la Nava. En su hermoso patio hay una sorpresa que nos aguarda en silencio. Dos esculturas olvidadas entonan un lamento muy parecido al de la diosa en la otra punta de la Villa. Se trata de una osa y un dragón. Son las dos piezas talladas como surtidores de la fuente que brotaba a los pies del proyecto de la Cibeles, hace ya demasiado tiempo. La osa, que evoca a la sublime constelación, y a la fecunda bestia ctónica, impone su regia figura paralela al dragón, custodio de las aguas sanadoras del vientre madrileño. Estos son los genios del lugar que un día acompañaban el carro de su gran Dama, la del carro solemne, la de la corona de bastión amurallado de pedernal, la que sujeta firme a las fieras que la hacen avanzar eternamente, y que por descontado, son dos leonas… Otro reformador urbano con mal gusto y peor documentación despojó a la Dama de sus genios para siempre. Luego llegaron esos indecentes angelotes regordetes que juegan ilegítimamente tras el carro divino. Lo dicho: el despropósito es una maldición en la villa.

Tráfico

Una rotonda que gestiona el tráfico urbano no es el lugar para una diosa. Nuestra Señora de Madrid, como bien la bautizó la maravillosa arqueóloga Pilar González Serrano, no cesa en su lamento nocturno. Sus sollozos siguen sin calar en los madrileñitos de a pie que por causa de la costumbre, la desidia o la ignorancia no saben las leyes del suelo que pisan y, por lo tanto, no saben dónde pisan. Madrid, ciudad de agua, piedra, osa y estrellas. Madrid, ciudad de vírgenes negras y poceros de cuerpo incorrupto. Madrid, urbe fémina de los Carpetanos, es ingrata a su esencia.

Amanece en el centro de la ciudad. La diosa espera latente, cauta, inadvertida, una mirada que parece no llegar jamás. Pero ella es paciente y no claudica. Es soberbia, y se sabe muy superior a los viandantes acelerados, que osan ignorarla…

 

Texto redactado por Jaime Buhigas Tallón, profesor de TEMPUS SACRUM 

La última vez que nos leímos estuvimos hablando de la identidad de San Isidro Labrador, santo zahorí patrón de los agricultores del mundo y muy probablemente sacerdote de la Diosa. Esta semana vamos a terminar su historia. Decíamos que San Isidro era pocero, el que encontraba los pozos. Existen los diferentes pozos de los que hablan las leyendas, especialmente los famosos siete pozos. Uno está en la Ermita del Santo, otro está en San Andrés, otro está en la Colegiata de San Isidro… los siete pozos, que sabemos donde están pero no se ven más que dos (los demás están tapados, o pasa el Metro o yo qué sé lo que hay. Mal, siempre mal). Y entonces, este señor pocero tenía unas cualidades extraordinarias.

¡Milagro! Siglo XIII. En 1212 el rey Alfonso VIII de Castilla, junto con el rey Pedro II de Aragón y con Sancho VII de Navarra ganan las Navas de Tolosa. Y resulta que la ganan porque un pastorcillo la víspera les dice el camino para pasar por el monte y llegar a la retaguardia de las tropas del rey Miramamolín, les dan una paliza a los moros de mucho cuidado y ganan la batalla de las Navas de Tolosa. Y cuando los reyes quieren dar las gracias al pastorcillo que les había ayudado, el pastorcillo no aparece. Pero bueno, han ganado las Navas de Tolosa, y se vuelven. Y de vuelta a los reinos del norte paran en Madrid. Y al rey Alfonso VIII, estando en Madrid, de repente le cae un aguacero de mucho cuidado. Y en medio del aguacero el cementerio de la parroquia de San Andrés, que está al borde del arroyo de San Pedro, se descompone y empiezan a salir de ahí todas las tumbas, los ataúdes… y de uno de los sepulcros sale un cuerpo incorrupto. Van a ver el cuerpo, preguntan de quién es, nadie lo sabe muy bien, alguien dice «el de un vecino que vivió aquí hace 100 años», «¿cómo se llamaba?», «Isidro», «¿y cómo es?», «muy alto muy alto», que mide dos metros. Impresionado por estos hechos, el rey Alfonso VIII quiere ver el cuerpo. Y entonces lo ve y ¡ah!, milagro en Madrid: «¡este señor es el mismo pastor que nos dijo qué camino seguir para ganar la batalla de las Navas de Tolosa!» Y entonces quieren hacerle santo, pero Roma dice que no por ser un simple pocero.

No pueden hacerle santo porque era pocero, estaba casado, tenía un hijo, era asalariado, no era presbítero, no era nada. Así que no le pueden hacer santo, nada. Pero hete aquí que en Madrid, cada vez que hay sequía, San Isidro Labrador. Cada vez que hay una enfermedad, la fuente del santo milagrosa. Porque resulta que los madrileños tienen una profunda devoción a ese hombre, y los 15 de mayo celebran una procesión con su cuerpo para que las aguas fecundas de Isidro, las aguas del zahorí, fecunden los campos. Y no hay quien pare ese asunto. Es el santo madrileño legítimo por definición. Dicen que fue el propio Alfonso VIII quien financia el Arca de las Reliquias custodiado hoy en la Catedral de la Almudena y que representa a Isidro como santo, saltándose la prohibición de Roma y adelantándose cinco siglos a su canonización. Y no sólo eso, sino que el rey también financia que Juan Gil de Zamora escriba en el siglo XIII la vida y milagros de San Isidro. Y este señor escribe cinco milagros en vida del santo, que son los que están representados en el Arca.

Los milagros que se describen son en todo parecidos a la multiplicación de los panes y los peces. Por ejemplo el pobre que llama a la puerta de Isidro y María por algo de comer, ellos no tienen más que para sí mismos, pero van al puchero con intención de darle y cuando lo abren el puchero está a reventar y pueden compartir. O cuando está llevando grano al molino ve a dos pajarillos hambrientos por el camino y les da grano, ante la indignación de sus compañeros que le dicen que así habrá menos para el pueblo e Isidro responde «Dios proveerá» y efectivamente, cuando llegan al molino echan el grano que da como si fuesen 27 sacos más. Es decir, todos los milagros tienen que ver con la abundancia, la cornucopia, el exceso… En palabras evangélicas, «busca primero el reino de Dios y lo demás te será dado.»

Ése es San Isidro, el gran santo de la abundancia y los animales. Pero no sólo eso: su mujer será santa, Santa María de la Cabeza, y su hijo, San Illán, también. Un trío de santos. No conviene que les olvidemos.

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Texto recogido de una clase de Jaime Buhigas de TEMPUS SACRUM. Edición a cargo de César R. Espinel

 

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San Isidro, o Isidoro, es el patrón de los agricultores de todo el mundo, y patrón de Madrid y de España junto con Santiago Apóstol. Su fiesta se celebra el 15 de Mayo, en los idus de Mayo, una fecha muy bien pensada para colocar esta festividad, siendo agricultor. La iconografía tradicional de San Isidro le representa con una casaca marrón, con un cinto grueso, una gola blanca en el cuello y lleva la pica y la quijada. Lo cual no deja de ser curioso, porque San Isidro vivió en el siglo XI, y por ese entonces la gente no llevaba gola. Entonces, ¿por qué se le representa así? Porque a San Isidro le hicieron santo en el siglo XVII. Y esto nos tiene que escamar. ¿Cómo es que a un señor que vive en el siglo XI le canonizan en el XVII? Pero si la gente se habrá olvidado ya de él… y ahí está la historia, que no se han olvidado.

La historia es que durante 600 años los cultos a San Isidro están vivos y permanecen en el tiempo, pero no es santo. Y esta es la tragedia de San Isidro para la Corona española. Existen más de 30 cartas de los distintos reyes de España (Felipe II, Felipe III…) a Roma pidiendo que por favor canonicen a San Isidro porque se les ha ido de las manos y la gente lo celebra como si fuera santo. Pero hasta el siglo XVII nada, y fue únicamente por el folclore y la devoción del pueblo. Como siempre, en realidad.
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Esta es la imagen más antigua que tenemos de San Isidro Labrador (en el extremo derecho). Está pintada sobre una piel de carnero en el siglo XIII, y por lo tanto es uno de los tesoros arqueológicos de Madrid. Esta pintura decora el Arca de las Reliquias de San Isidro, y está custodiado en la Capilla Mayor de la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena. Y cuidado, porque esta pintura tiene uno de los mayores escándalos iconográficos de Madrid: Isidro está representado con aureola, símbolo de santidad, cuando no era santo en el siglo XIII. Pero lo pintan santo y lo consideran santo. Y desde ese mismo siglo XIII hay toda una liturgia, unos cánticos, unos rezos… La mujer que hay al lado de Isidro es su mujer, María Toribia, rebautizada en el siglo XIX como Santa María de la Cabeza. ¿Por qué esta veneración a un señor que ni era sacerdote ni nada, que era un hombre de Madrid, casado, de los de toda la vida? Porque hacía cosas extraordinarias.

Primeramente, el nombre. Isidro, o Isidoro, ya es un nombre extraño. Hay otro gran Isidoro en la historia de España que es el arzobispo de Sevilla, Isidoro de Sevilla. A comienzos del siglo XI, el rey Fernando de Castilla financia una expedición a Sevilla para rescatar de los moros las reliquias de las Santas Justa y Rufina y guardarlas en un nuevo templo que están construyendo en León. El rey busca sus restos pero no los encuentra, y ellas se aparecen al monarca en un sueño y le dicen que no va a encontrar sus restos, pero que a cambio va a encontrar los del arzobispo Isidoro. Y en efecto, lo encuentran y emprenden el viaje de vuelta haciendo varias paradas por el camino, entre ellas, Magerit (Madrid). Y debió ser en ese momento en el que nació Isidro, por eso le pusieron ese nombre, seguramente. Pero también es cierto que el nombre de Isidoro significa «regalo de Isis», y dedicándose a lo que se dedicaba el señor resulta un poco sospechoso.

Para empezar, Isidro vive extramuros, es decir, donde viven los moros ya expulsados de la ciudad. Él vive de niño la reconquista de Madrid en 1083, dos años antes de la reconquista de Toledo, y cuando todos los cristianos se van a vivir dentro de la muralla, su familia decide quedarse a vivir con los moros (la zona que hoy se llama Puerta de Moros (cerca de la Iglesia de San Andrés). Isidro trabaja para un señor de Madrid llamado Iván o Juan de Vargas, y es jornalero a sueldo, por lo que todas las mañanas tiene que cruzar el río por lo que hoy llamamos el Puente de Segovia para ir a trabajar. Pero según una biografía del siglo XIII, aparte de ser agricultor asalariado, tenía una destreza extraordinaria, y es que era zahorí, es decir, podía encontrar agua. Esto en Madrid no es baladí, ya que nunca ha sido una ciudad que se haya alimentado de su «gran» río (el río es una birria y pilla abajo de la ciudad, por lo que tampoco se podía estar subiendo y bajando agua birriosa de un río birrioso). Y tampoco hace falta, porque Madrid está lleno de aguas subterráneas, por lo tanto, aquí quienes van a tener interés van a ser aquellos que sean capaces de localizar dónde está el agua. Y éste es San Isidro, un zahorí. Y cuidado, porque estamos hablando de una estirpe muy importante en la historia de la humanidad, personas dotadas con una capacidad extraordinaria de hacer brotar agua en distintos lugares por sus muchos conocimientos y sus mejores aptitudes. Es decir, era San Isidro el pocero, el que encontraba los pozos.

Y será mejor que hoy lo dejemos aquí. La próxima vez hablaremos de los milagros vinculados a San Isidro…

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Extracto de una clase de TEMPUS SACRUM impartido por Jaime Buhigas. Edición a cargo de César R. Espinel, profesor de Iniciación a la Mitología Comparada y El Pensamiento Simbólico.

por César R. Espinel, mitólogo

para más información, consultar la web:

El Pensamiento Simbólico

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En el santuario frigio de Pesinunte (hoy en día la aldea turca de Bala-Hissar, no lejos de Ankara) se veneraba desde tiempos inmemoriales a la diosa madre Kybélê-Cibeles en forma de una piedra negra caída del cielo: un meteorito sacratísimo, digno de la más alta consideración por encarnar la presencia divina procedente de las alturas. La fama de sus milagros se extendía por todo el Mediterráneo. En el 250 a.C., durante la última guerra púnica, los cartagineses seguían amenazando las tierras itálicas, y los sacerdotes consultaron los libros sibilinos para saber cómo destruir al enemigo. «Buscad a vuestra madre», fue la sibilina respuesta. ¿Qué madre? Lo aclaró el oráculo de Apolo: «Buscad a la gran madre de los dioses, que está en la cima del monte Ida». Así, en abril de 204, llegó a Italia la piedra negra de Pesinunte, y fue recibida por el hombre que el Senado consideró el más santo de los romanos: Publio Escipión Násica. El meteorito fue colocado en el templo de la Victoria, sobre el monte Palatino. Dos años después Escipión el Africano, primo de Násica, derrotaba a Aníbal en Zama (cerca de Cartago, actual Túnez). Roma estaba salvada.

Otra Piedra Negra, Al-hadjar al aswad, está empotrada en la esquina exterior suroriental de la Kaaba («dado», por su forma casi cúbica), a una altura conveniente para que los peregrinos alcancen a besarla. Su tamaño se puede juzgar por la imagen de Muhammad que la repone en la Kaaba, como hemos visto más arriba. Su aspecto sugiere un origen volcánico o, mejor, meteórico. Según la tradición islámica la piedra celeste bajó encendida del cielo con un mensaje del arcángel Jibrail (Gabriel) para Ibrahim (Abraham). La Meca, a imagen de Jerusalén, es centro de la tierra; encima de la ciudad santa resplandece la Estrella Polar, centro del cielo. Al caer, la piedra perforó el firmamento y gracias a este boquete es posible la comunicación entre la tierra y el cielo. La Piedra Negra no es una piedra más, inerte e inanimada: cayó viva y luminosa y, como sus hermanas venidas de las alturas divinas, conserva la vida y el alma traída del cielo. La piedra impregnada de esencia espiritual no es sino un arquetipo planetario más. Los hajj, peregrinos de la Meca, hacen su juramento de fidelidad poniendo su propia mano sobre la piedra o, mejor besándola. Lo mismo ocurre en la Basílica del Pilar en Zaragoza, España, donde la imagen de la advocación mariana se encuentra sobre un betilo o columna de piedra que los fieles circundan y tocan y besan por una pequeña abertura. Del mismo modo, rodea a la Piedra Negra de la Kaaba un macizo marco de plata; la cara expuesta, tan resplandeciente y tersa, evoca los millones de labios que han descansado durante un instante de arrobamiento sobre ella, a lo largo de trece siglos.

La Piedra Negra es anterior al islam: era uno de los ídolos que se veneraban en la Meca mucho antes de la predicación del Profeta. Y en el mundo actual sigue siendo objeto de muchísima veneración, un ónfalos pétreo en cuya esencia divina creen mil quinientos millones de personas. No hay piedra en todo el orbe cuya sacralidad se compare a la de la Piedra Negra.

La Kaaba es ombligo y tumba: frente a la esquina de la Piedra Negra se encuentran dos sepulturas: la de Ismael, hijo de Abraham y progenitor de los árabes, y la de su madre, Agar, la esclava egipcia.

por César Rodríguez Espinel, mitólogo

Si hay una imagen que nos debe venir a la cabeza cuando oímos hablar de mitología, es ésta: el Mito de la Caverna, un relato que nos regala Platón en el Libro VII de su República. Éste es el mito por antonomasia y uno de los mejores ejemplos de pensamiento simbólico que podemos encontrar. Todos conocemos este relato, quien más quien menos lo recuerda de sus clases de Filosofía en el instituto. Pero debemos tener cautela con la palabra «mito». Generalmente uno ve que numerosas universidades ofrecen cursos y seminarios de mitología e iconografía que parecen aptos sólo para unos pocos alumnos de Humanidades. Y esto no deja de ser cuanto menos sorprendente, ya que todo lo que quiero decir se resume en esto: la mitología es un conjunto de relatos simbólicos. El símbolo configura un lenguaje que nos ayuda a entender el pasado, y es un lenguaje muy concreto: el poético, el metafórico. El ser humano necesita completarse, eso está más que claro, y parece que para completarnos necesitamos ese tipo de pensamiento simbólico/metafórico/poético.

El Mito de la Caverna no es sólo la teoría del conocimiento de Platón, pues en este relato el filósofo no cierra ni tampoco explica las cosas. ¿Por qué? Porque las interpretaciones de un mito (y de los símbolos que encierra) son infinitas, ya que el símbolo nos religa con algo trascendente, y lo trascendente tiene infinitas interpretaciones para cada uno. Un símbolo jamás llega a conocerse completamente, hay que convivir con él porque constantemente se actualiza y nos devuelve una información, del tipo que sea (emocional, mental, espiritual…). Si dejamos el símbolo anclado en el pasado y le impedimos evolucionar, perderá su sentido como enlace con lo trascendente.

Teniendo esto claro, podemos acceder al quid de la cuestión. Recordemos brevemente lo que nos dice el mito. Cuenta Platón que había una caverna en la que estaban unos hombres encadenados, por los tobillos y por el cuello, de espaldas a una pared. No veían la pared, sólo veían el muro de la caverna delante de ellos. Detrás de la pared (y de ellos mismos), unos hombre y mujeres pasaban llevando objetos sobre sus cabezas, y detrás de ellos les iluminaba un fuego. Ese fuego emitía una luz que iluminaba los objetos que movían esas personas sobre sus cabezas, proyectando sus sombras sobre el muro de la caverna. Los hombres encadenados piensan, lógicamente, que esas sombras son la realidad. Porque además los objetos se mueven. Y las personas que llevan los objetos hablan, por lo que los cautivos piensan que son las sombras las que hablan. Los encadenados están siempre ahí, mirando esa especie de cine todo el tiempo. Y están convencidos de que ésa es la realidad.

Pero, de repente, algo ocurre. El hecho mágico que da lugar a todas las transformaciones: uno de los hombres encadenados es de repente liberado. Uno podría pensar que qué bien, cadenas fuera, es libre por fin. Pero nada más lejos de la verdad. Aquí empiezan los problemas. Porque vivir de la otra forma es muy fácil y cómodo: quedarse sentado a ver qué sombras vienen y qué sombras se van, qué bien la vida, qué mal la vida… Pero de repente llega alguien y te dice: «no, no, no te quedes ahí sentado. Levántate y anda». Claro, entonces el hombre se levanta, da la vuelta al muro y se da cuenta de que esas sombras no son la realidad. Que se parecen mucho porque son una proyección en una pared como consecuencia del fuego. Que es luz. Y la luz se proyecta sobre los objetos y justamente lo que no deja pasar la luz configura el contorno de lo que crees que es la realidad, es decir, una ausencia de luz. Metáfora bellísima.

Pero la cosa no termina aquí, porque el hombre descubre que puede salir de la caverna. Y que el fuego no es la verdadera fuente de luz, hay una que es mucho mayor: el Sol. Y esta metáfora es posiblemente la más importante, porque hay dos fuentes del luz. Platón los distingue con el fuego y el sol. En la Biblia, el libro del Génesis 1:3 se recoge la famosa frase:

«Entonces dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.»

Sin embargo, son muchos los lectores de la Biblia que se sorprenden cuando leen versículos después (1:16) que Dios creó el Sol y la Luna. ¿Qué es esa luz que Dios crea el primer día y que separa la luz de las tinieblas cuando el día y la noche aún no han sido creados? Son los dos mismos tipos de luz que en Platón. Esa «luz primera» del Génesis es el sol de Platón, el Conocimiento único. El sol físico del Génesis se convierte en la luz intelectual, el fuego de Platón. Este fuego nos dice la «mentira», pero es necesario para acceder al Sol. Pero Platón insiste: cuidado, no le fue nada fácil al ex-cautivo salir de la caverna, porque no estaba acostumbrado a esa luz, al Conocimiento. De hecho no puede ver, así que se va colocando poco a poco a la sombra de las cosas. Un poco más adelante ve la realidad (esta vez sí) a través de su reflejo en el agua. Y poco a poco va siendo capaz de mirar directamente los árboles, las rocas o los animales hasta que es capaz de contemplar el mismísimo Sol.

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Podríamos decir que el ex-cautivo ha alcanzado la Iluminación, el Nirvana, el Conocimiento único. Vale, pero ¿y ahora qué? Esa pregunta la dejaremos para otra ocasión…

El Teatro muere y comienza cada día, como la vida, así nosotros renacemos nuevos para este segundo cuatrimestre. Cada módulo es independiente, pues cada grupo es nuevo y hay una nueva energía. No es un aprendizaje lineal, sino multidimensional, por lo que cada módulo es una aventura independiente, aunque suma para los que ya hayan hecho uno a sus experiencias que van desarrollando, y es nuevo a la vez para todos. Leer más