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por César R. Espinel, profesor de mitología comparada y simbología religiosa

Máscara chamánica representativa de la muerte (la calavera) y la vida (la corona solar) como un todo diferenciado pero complementario, credo de las tradiciones chamánicas de todo el mundo

«La vida se mantiene en un delicado equilibrio. Como rey, debes entender ese equilibrio y respetar a todas sus criaturas, desde la pequeña hormiga hasta el veloz antílope. (…) Y así, todos estamos conectados en el gran Ciclo de la Vida». Esto se lo dice Mufasa a su joven hijo Simba en El Rey León. La idea de que el universo es equilibrio aparece ya en la tradición griega, donde el kosmos («orden») se mantiene en pugna con el kaos. Y las tradiciones espirituales de todo el mundo han sabido plasmar esta necesidad de equilibrio en sus panteones. Puesto que el sentido religioso nace de la experiencia, es fácil entender por qué nuestros antepasados consideraron el mundo como una realidad de equilibrio: es evidente que somos criaturas duales. Somos varones o mujeres, jóvenes o viejos, vivimos en ciclos de día y noche, tenemos frío y calor… pero al mismo tiempo parece haber un principio que trasciende todo eso y que hace que estos ciclos sean precisamente eso, ciclos. Expresado en lenguaje religioso, existe Dios y existe la Creación. Y entre ambos puntos debe haber un entendimiento, un tercer elemento que permita conciliar los opuestos. Y es de ese tercer punto del que vamos a hablar hoy.

En las religiones abrahámicas este punto de equilibrio entre los opuestos quedó muy claro desde el principio. ¿Cómo conciliar lo Absoluto con lo relativo, el Uno con el Dos, la Unicidad con la Dualidad evidente? Para el judaísmo, YHWH era el Uno. La Creación era el Dos. El tercer elemento fue, por tanto, el hombre. Aquel que fue creado a partir de la tierra (según Bereshit 2) y por tanto es parte de la Creación pero, al mismo tiempo, Dios sopló sobre él su aliento (en hebreo ruach) y le otorgó un alma, de procedencia divina, que fue lo que animó su cuerpo. Por tanto, en el hombre se concilian los dos principios, la tierra y el cielo, lo divino y lo profano. Y él, como mismo representante del equilibrio, también debe estar equilibrado per se. Por eso se le llamó Adam, que significa «hombre» pero en el sentido de «ser humano», algo parecido a lo que ocurre en griego entre los términos anthropos (ser humano) y aner (varón). En hebreo, «varón» es ish, por lo que Adam era un andrógino, contenía en su esencia los principios masculino y femenino, al varón y a la mujer. Recordemos lo que dice el Corán: «Dios ha creado el mundo en la balanza».

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La representación de Adán como varón en el arte ha servido para difundir la idea de que Dios primero creó al hombre y que la mujer es un producto derivado de éste, algo que tampoco es correcto

Ninguna religión ha revestido de tanta importancia al tercer elemento como el cristianismo: toda su teología se basa en la existencia de un dios que es uno y trino. ¿Cómo explicar esto? Se recurre muy a menudo a la leyenda de San Pancracio y el trébol de tres hojas, pero podemos ponernos un poco más profundos. Puesto que el cristianismo fue una herejía del judaísmo, los libros del Tanajen especial la Torá, tienen una importancia capital para esta religión. Y en el libro de Bereshit, que en griego se llamó Génesis, volvemos a leer: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra (pasamos de la unidad a la dualidad), y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo (el kaos de la mitología griega), y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». En este «Espíritu de Dios», que el cristianismo convirtió en Espíritu Santo, es donde encontramos nuestro tercer elemento, el que aporta el equilibrio a la dualidad creador-creación. Pero no podemos quedarnos solamente en el relato del Génesis, puesto que donde pone más peso el cristianismo es en el Evangelio, la historia de Jesús de Nazaret, el Mesías prometido. ¿Cómo se manifiestan los tres elementos en este nuevo escenario? Todo el cristianismo gira en realidad en torno a la idea de la unción, ya que «Cristo» es el término griego para el hebreo «Mesías», que no significa otra cosa que «el ungido». Y en toda unción hay tres elementos: el que unge (Dios Padre), el ungido (Hijo) y el ungüento (Espíritu Santo). He aquí la tríada que aporta el equilibrio de los opuestos.

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El bautismo de Jesús es esta unción vista por ojos terrenales. Es en este momento en el que se convierte en Cristo, puesto que el agua del Jordán que el Bautista derrama sobre su cabeza se convierte de inmediato en óleo sagrado ante la presencia del Espíritu Santo

Por su parte, el islam negará rápidamente la necesidad de un tercer elemento que aporte equilibrio, puesto que sostiene que no hay nada que equilibrar, puesto que sólo existe Dios (en árabe Al-lah), y que Dios tiene en sí mismo los principios masculino y femenino de los que emana toda la Creación. Su principio masculino, solar, crea el mundo; mientras que su principio femenino, lunar, lo regenera y nutre. Para el islam 3 es 1, sin distinción. Se trata de una concepción de lo divino muy cercana por un lado al panteísmo y por el otro a las grandes tradiciones orientales, donde el mundo es maya (ilusión) y la multiplicidad que salta ante nuestros ojos es mera apariencia. El saber y aprehender esto ayuda a vivir de acuerdo a este gran principio: «no hay un Él ni un yo, porque Él es yo y yo soy él.», afirmaba Ibn Arabi. «Nada has perdido, nada busques. Cientos eres, ¡conócete a ti mismo», decía Farid ud-Din Attar. Lo divino y lo profano es una misma cosa, inmanente y trascendente a la vez. Eso es el equilibrio. Como hemos citado antes: «Dios ha creado el mundo en la balanza». Para el islam, el hombre es la joya engarzada en el broche del Absoluto.

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Aunque la luna y la estrella no es un símbolo original del islam sino que está tomado del Imperio Otomano, explica muy bien el concepto de la divinidad y el hombre: la luna creciente o menguante representa los dos principios de dios, el solar (la parte visible de la luna) y la lunar (su parte invisible), mientras que la estrella de cinco puntas hace referencia tanto a los Cinco Pilares del islam como al Adam Kadmon, el Hombre Perfeccionado, que vive de acuerdo a la voluntad de Dios

Pero por supuesto, no sólo las religiones abrahámicas han considerado estos tres elementos y han constatado esta idea de equilibrio en sus panteones: en las antiguas religiones denominadas paganas y en las dhármicas encontramos cuantiosos ejemplos:
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Para los antiguos griegos (y más tarde para los romanos), el equilibrio existía entre los tres dioses principales del panteón: Zeus-Júpiter, Poseidón-Neptuno y Hades-Plutón, cada uno de ellos gobernando una parte de la creación, los cielos, los mares y el mundo subterráneo respectivamente. La superficie terrestre era territorio de los tres. Para Karl Kerényi, los tres dioses no eran sino aspectos distintos de un solo principio divino, en el que también entraba Dionisos. Además, cada uno de estos dioses tuvo un hieros gamos o matrimonio sagrado entre lo masculino y lo femenino: Zeus se casó con su hermana Hera, Poseidón con Anfítrite y Hades con Perséfone
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En la India, la Trimurti (literalmente «tres formas») o trinidad puránica formada por los dioses Brahmá (Creación), Vishnú (Conservación) y Shivá (Destrucción) sustituyeron en el siglo III a.C. a la antigua trinidad védica formada por Agni, Indra y Suria. Además, al igual que ocurrió en la cultura grecolatina, estos dioses también tuvieron su respectivo hieros gamos, hasta el punto de que ellos y sus esposas eran entendidos como un todo: Brahmá se casó con Saraswati, Vishnú con Lakshmi y Shivá con Sati / Parvati, ya que se consideraba que ésta última era la reencarnación de la primera
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Aunque hasta nuestros días ha llegado la noción del dios Odín como líder del panteón y Padre de Todos, para los pueblos nórdicos que concibieron esta teología los dioses principales eran también tres, y eran hermanos: Odín (la sabiduría, la guerra y la muerte), Vili (las emociones y la inteligencia) y Ve (la capacidad de hablar, la palabra y los sentidos). Los tres eran hijos del gigante-dios Bor y de la gigante Bestla. Mataron a su antepasado Ymir, y con su cuerpo crearon el universo. también fueron ellos los que crearon al hombre y a la mujer, a partir de dos árboles
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Para los antiguos egipcios, la tríada divina era una familia: Osiris, su hermana y esposa Isis y el hijo de ambos, Horus. Osiris, un dios de la vegetación, será asesinado por su hermano Seth (el dios del desierto), rescatado y resucitado por su esposa Isis; y juntos concebirán a Horus, que luchará contra su tío y ocupará su legítimo lugar en el trono de Egipto. Osiris, por su parte, pasará a gobernar el inframundo. Este mito del dios muerto y resucitado estuvo muy extendido por el mundo mediterráneo, donde encontramos ejemplos como Atis, Tammuz, Adonis, Dionisos o el propio Jesucristo 
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El Taijitu es la forma más habitual de representar el yinyang (literalmente «oscuro brillante»), un símbolo asociado al taoísmo pero que es común a todas las religiones dhármicas. Muy a menudo se muestra como representación de la existencia de los opuestos y cómo estos son complementarios, cómo coexisten sin mezclarse. Lo blanco y lo negro es lo frío y lo caliente, lo suave y lo duro, lo oscuro y lo luminoso… aquí está representado el Universo. Pero, ¿cuál es el tercer elemento en un símbolo que es la dualidad manifiesta? Pues… los puntos. La clave está en descubrir lo yang en el yin y lo yin en el yang. Equilibrio.
 
En definitiva, todas las culturas han buscado explicar la relación entre el ser humano y su entorno, y su pensamiento religioso es un reflejo de ello. El concepto de trino es, como hemos visto, común a todas las tradiciones espirituales. El propio Pitágoras, con su religión numérica, tenía en alta estima el 3 ya que era el primer número que se podía manifestar físicamente en una figura geométrica. Somos criaturas del mundo, y como tales nuestro afán espiritual nos lleva a relacionar múltiples cosas. Los dioses no son sino emanaciones del mundo natural y la experiencia de nuestros antepasados con él. Conocer esto y muchas cosas más nos ayuda a entender las raíces sobre las que se asienta nuestro presente y nuestra forma de ver el mundo. Sólo conociendo de dónde venimos podemos saber a dónde vamos y aprender a relacionarnos con la vida, con los demás y con nosotros mismos. Por todo ello siempre digo Ultreia («(ve) más allá», el saludo de los peregrinos medievales a Santiago).

Cuando era pequeño me encantaba leer mitología, pero no la consideraba más allá que cuentos e historias antiguos. Pero a medida que fui leyendo mitos de otras culturas y, sobre todo, estableciendo relaciones entre unas y otras (en eso consiste la mitología comparada), me di cuenta de que era mucho más que eso: un río de pensamiento y conocimientos perennes que nuestros antepasados legaron a la posteridad. Por eso, este año en Escuela de Atención voy a desarrollar tres cursos: El relato mitológico de OccidenteEl relato mitológico de Oriente (en ambos hablaremos de lo que hemos comentado más arriba y de muchas más cosas) y El Pensamiento Simbólico, y lo vamos a ofrecer tanto en formato presencial como en formato online. Si quieres información sobre alguno de estos cursos puedes visitar nuestra web y enviar un correo electrónico a orientacion@philippusthuban. ¡Te espero!

por César R. Espinel, profesor de mitología comparada y simbología religiosa

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Mythos significa «relato» o «cuento», una historia que encierra un significado y una enseñanza. La mitología es un conjunto de relatos simbólicos, por lo tanto, debe contarse con las herramientas suficientes para acceder a su verdadero significado. Una iconografía base, por ejemplo, un capitel románico que presenta un caballero luchando contra un dragón, no se aparece de la misma manera a todo el mundo, pues cada quien en función de sus conocimientos lo interpreta de forma distinta. Un par de ejemplos del mundo moderno: un árbol y un coche. Dos cosas que podemos encontrar paseando por cualquier calle de nuestra ciudad. Me pongo a mí mismo de ejemplo. Si yo voy caminando por la calle y veo un árbol, no veré lo mismo que un botánico: donde él ve el género, la especie, capaz de identificar si es macho o hembra, si da flor y fruto, hoja perenne o caduca, y mil detalles más; yo veo el Yggdrasil, el axis mundi, la unión de los de arriba con lo de abajo, una manifestación de la creación o un paralelismo del ser humano, por poner sólo algunos ejemplos. Y si por ejemplo nos encontramos con un coche, donde yo veo un medio de transporte un mecánico verá marca, modelo, piezas, funcionamiento, etc… Es decir, mi visión es distinta a las suyas, pero el objeto contemplado es el mismo. Por eso, los diferentes juicios están determinados por el punto de vista de los jueces. No son ni mejores ni peores, sino distintos y complementarios. Lo mismo ocurre con el relato mitológico: depende de cuánto hayamos entrenado penetraremos más o menos en su significado profundo. El objetivo es llegar a la comprensión plena y a la fusión con el Todo. Como decía Ibn Sina, mejor conocido como Avicena, «las cosas son Alá si acertamos a verlas en su esencia, desnudas de existencia, esto es, carentes de tiempo, espacio y atributos».

Los conceptos que se manejan en mitología y simbología religiosa se encuentran lejos del punto de vista contemporáneo, ya que el ideal democrático del individuo que se determina a sí mismo, la invención de los artefactos mecánicos y eléctricos, y el desarrollo de los métodos científicos de investigación han transformado la vida humana de tal manera que el universo atemporal de símbolos heredados hace milenios ha sufrido un colapso. Se suele recordar mucho a Nietzsche por su famosa frase«Dios ha muerto» como un canto al ateísmo, pero lo que se suele olvidar es el sentido de continuidad de esa frase, que no es otro que«vale, Dios ha muerto. Y ahora, ¿qué?» Podemos vivir sin Dios. Ahora bien, ¿podemos vivir sin la experiencia subyacente al concepto de Dios? ¿Cómo reconstruimos nuestra esencia emocional, metafórica, espiritual, poética, tras matar a Dios? ¿Por qué se siguen produciendo hoy series como Lucifer o American Gods? ¿Por qué, a pesar de todo lo dicho arriba, nos siguen interesando las figuras mitológicas? La cuestión, la gran tarea del ser humano, es darse cuenta de que seguimos estando incompletos, que hemos sufrido la Caída cuando desarrollamos la visión dual y perdimos la unitaria; y que es el mito – y por lo tanto el símbolo – el que nos permite regresar a la unidad, refiere a algo que se ha perdido y que puede recuperarse. Nuestra tarea es darnos cuenta, tomando perspectiva de la posmodernidad y del individuo, de que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos, ya sea la familia, la empresa la sociedad o el mundo.

Muchas veces me he encontrado con la pregunta de si los antiguos, los griegos por ejemplo, creían en la veracidad de sus mitos. La respuesta ya la ofreció Máximo de Tiro en el siglo II: «En efecto, hay un dios (…) superior al tiempo, la eternidad y toda naturaleza que fluye, que no puede ser nombrado por el legislador, inexpresable por el lenguaje e invisible a los ojos, y como no podemos captar su esencia, nos apoyamos en palabras y nombres, animales, figuras de oro, marfil y plata, plantas, ríos, cimas y fuentes.» Es decir, los usaban para expresar lo inexpresable. El neoplatónico Salustio de Emesa, amigo personal del emperador Juliano el Apóstata (siglo IV), dejó escrito: «Estas cosas no ocurrieron jamás, pero son siempre». La mitología es el gran vehículo simbólico del ser humano. 

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por César R. Espinel, profesor de mitología comparada y simbología religiosa

Hoy quiero encabezar esto con una frase de Eduardo Galeano, que hoy cumpliría 79 años: «los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí me ha dicho un pajarito que estamos hechos de historias.»  Para los que nos dedicamos a la divulgación religiosa, esta frase no puede ser más cierta: las historias, la filosofía, la Biblia, los clásicos griegos, la simbología religiosa, la mitología y otras ciencias humanas hablan de los mitos y símbolos más antiguos al hombre y a la mujer de hoy. Toda persona se pregunta, en el fondo de su ser, por lo que han sido siempre los enigmas del ser humano, siempre enigmáticos, pero también eternamente necesitados de elaboración: la muerte, el amor, el sentido de la vida, la solidaridad, los comportamientos humanos irracionales…etc. Todas estas cuestiones se tratan en las religiones del mundo, y los relatos que han pervivido porque los contamos repetidamente es porque nos han marcado, porque nos los han enseñado de pequeños, porque los ha transmitido la sociedad, y todos ellos configuran nuestra manera de ver el mundo: son nuestra mitología. Lo maravilloso y terrible de estos relatos es que están abiertos a mil y una lecturas. Una tradición cabalística cuenta que cuando Dios entregó a Moisés la Torá le reveló miles de interpretaciones, una por cada uno de los hijos de Israel que estaba a los pies del Monte Horeb. La lectura histórica de la Torá afirma que los hijos de Israel son los judíos. La lectura mitológica de la Torá revela que todos los seres humanos somos los hijos de Israel, y que el Símbolo tiene un significado distinto para cada uno. Y lo más importante, que uno no anula al otro, sino que lo complementa. Uno puede ver en el relato de la creación de Eva la justificación teológica de la supremacía del hombre sobre la mujer, pero también puede ver la supremacía de la mujer sobre el hombre (Eva fue el último elemento de la Creación, un perfeccionamiento del hombre) o también que en realidad el hombre y la mujer son iguales ante Dios (en tanto que Adam en hebreo significa «hombre» en el sentido de «ser humano», no de «varón», lo cual es ish; algo parecido a lo que ocurre en griego con anthropos aner). Los relatos mitológicos tienen muchas lecturas, pero una esencia. Lluís Duch, antropólogo y monje de Montserrat, decía que la vida humana es a menudo paradójica, una conjunción entre la razón (la lógica, el concepto, el análisis) y el mito (la intuición, la imagen, la narración): la vida es logomítica. Y parte de la salud psíquica consiste en equilibrar estas dos dimensiones.
La frase “más Platón y menos Prozac” tiene algo de verdad: necesitamos filosofía, pero también conocer y estudiar los mitos, para poder encontrar guías para entender y digerir lo que nos pasa. Los mitos y los símbolos nos ayudan a elaborar lo que nos hace daño, lo que a veces queda recluido en el cuerpo en forma de dolores psicosomáticos, insomnios, vacíos existencial. Los mitos son cuentos universales, o expresiones del inconsciente colectivo (como diría C.G.Jung) que nos trasmiten el saber intuitivo que han forjado las civilizaciones a lo largo del tiempo, y a la vez son “transformadores” de energía psíquica. Por esto una poesía, un cuento, un mito, o un relato bíblico, pueden cambiar nuestro humor, e incluso, nuestra manera de vivir. Pero también es necesario un estudio crítico del mito, porque dentro de esta sabiduría que se nos transmite, también pueden estar mezclados prejuicios culturales, pensamientos mágicos arcaicos, defensas sociales agresivas… Por ese motivo es tan útil hacer una interpretación a través de una crítica de las ideologías. Y cuando hablamos de mitología tenemos que hablar también de la Biblia. Eliminando el sentido peyorativo que tiene la palabra “mito” de narración falsa, hemos de descubrir como muchos pasajes bíblicos usan el género literario mítico para expresar su mensaje.
Es muy interesante cómo el Tanaj, la Biblia y el Corán no son sólo Sagradas Escrituras (y cuentan, por tanto, con un carácter testimonial para las religiones), sino que son además literatura y creadoras de literatura, de otros mitos, de arte. El literato canadiense Northrop Frye (1912-1991) calificó la Biblia como el código de la cultura occidental; en ella encontramos los grandes relatos que han configurado nuestra imagen colectiva desde hace milenios. Para él, es necesario distinguir la mitología de la ideología, los relatos míticos son manifestaciones de las vivencias existenciales humanas, apuntan a las posibilidades de desarrollo. La ideología, en cambio, es un discurso que nos dice que ya estamos en el mejor de los mundos posibles, que lo que es necesario es conformarnos, no soñar; por eso son más necesarios los relatos míticos que los discursos ideológicos. Jung decía que el ser humano, en su primera parte de la vida, estaba destinado a esforzarse por encontrar un lugar en la sociedad (trabajar, formar una familia, participación social, etc.) En la segunda parte de la vida, en cambio, era necesario que el individuo se abriera a la espiritualidad (en el sentido amplio) para encontrar un sentido a la vida, si no quería caer en algún tipo de “neurosis obsesiva”.

Lo siento: una rotonda no es lugar para una diosa. Un espacio inaccesible permanentemente circundado por una hilera infinita de automóviles en tránsito no es un santuario. Es preciso salvar a la Cibeles, Nuestra Señora de Madrid, de su habitáculo profanado. Urge impulsar la cruzada que libere a la gran Dama de su sepultura urbana. Esclava de las abominables leyes de tráfico motorizado, el sencillo paseante ya no puede contemplar con calma a la patrona de la Villa; ni siquiera el turista puede capturar en su artefacto telefónico una instantánea de su porte, sin que un gigantesco autobús rojo de dos pisos, cargado a su vez de más turistas frenéticos, se interponga en su campo visual arruinando así la fotografía.

Nadie lo advierte, pero la Cibeles se lamenta. Es demasiado soberbia para mostrarlo. Sin embargo, muy entrada la noche, cuando los vehículos van mermando su presencia y menguan su tufo a carburante y su ruido ensordecedor, los labios pétreos de la Gran Dama parecen entonar un lamento. Con la firmeza de su temple femenino, su mirada cóncava sueña con el glorioso pasado, con el eco de su Frigia natal, hace miles de años.

En aquellas tierras orientales, no muy lejos de la mítica Troya, la diosa se llamó “Kibele” (Κυβέλη), y fue adorada como una gran Magna Mater bajo la forma de una misteriosa piedra de intenso color negro (nuestro profesor César R. Espinel ya dedicó una entrada en este blog a la piedra negra, que puedes leer aquí). La ciudad de Pesinunte fue su hogar. Los frigios cantaron entonces las leyendas de esta diosa de la Tierra, y sus infortunados amores con su hijo y consorte, el hermoso efebo Atis; y de cómo el joven cometió el error trágico que desató las iras de la Dama, y de cómo el infortunado mutiló sus genitales y murió desangrado para ser finalmente resucitado en forma de pino en los albores de la primavera por intercesión de Kybele: la misma que le había dado la vida. El asunto mitológico es universal, y tan frecuente en todas las civilizaciones que induce a pensar en su veracidad: Atis es Adonis, es Tammuz, es Dumuzi… Kibele es Afrodita, e Innana, e Ishtar. Nada nuevo bajo el sol. Morir y renacer en torno al equinoccio es ley.

Cibeles mas antigua todavia

El arquitecto que proyectó en el siglo XVIII la estatua fuente de La Cibeles en Madrid conocía la historia a la perfección. El padre del concepto, José de Hermosilla, y el diseñador de la figura, Ventura Rodríguez, llenaron los laterales del carro sobre el que se asienta la diosa de meditados adornos en forma de piña. Hasta pusieron a sus pies un enorme surtidor con forma de mascarón en el que se adivina el rostro del amado Atis. Parece ser que incluso contempló el proyecto la presencia de un enorme pino, justo en frente del conjunto, para completar la descripción del mito. La diosa se lamenta, y con razón: el pino fue mandado arrancar por algún concejal ignorante y poco amigo del arbolado urbanita. Para más tragedia, la fuente entera fue movida de su emplazamiento original, orientando el rostro de Cibeles al más prosaico Banco de España. Ver para creer.

La Cibeles se lamenta en su sepulcro madrileño. Convertirse en un icono turístico de la ciudad no hace sino agudizar su dolor. Ser el estúpido punto de encuentro para festejar las victorias de unos deportistas sobrevalorados empeora su situación. Los madrileños la desconocen, y por lo tanto no pueden rendirle su merecida pleitesía. Sin pino y desplazada, la diosa recuerda dolorosa cada noche su gran peregrinación que cambió para siempre su lugar entre los humanos.

Corría el año 205 a.C. y los romanos del Lacio se batían a muerte contra el pequeño imperio cartaginés por el control de las aguas mediterráneas. Los oráculos sibilinos fueron rotundos: para ganar la guerra hacía falta la llegada a Roma de la famosa piedra negra de Pesinunte. Y así ocurrió. Kibeles fue secuestrada de Frigia y se instaló en el monte Capitolino. El betilo negro pronto se fue humanizando, y adoptando la forma de una dama romana de rostro oscuro. Su nombre cambió a Cibeles y su historia se fundió con la de la titánide Rea, de la teogonía griega. Poco importaba: la Magna Mater es siempre la misma y tiene mil rostros. También era Isis, de rostro negro, como el limo fértil del Nilo…

Roma exportó a Cibeles/Isis/Rea por todo su Mare Nostrum. Cuando llegó a la Península Ibérica (bastante más celta que íbera, y sobre todo profundamente tartésica) se encontró con una tierra especialmente fértil para semejante culto. Hacía ya incontables siglos que los moradores de Hispania veneraban a la diosa de rostro oscuro. Cambiarle el nombre no fue un problema, con tal de que los ritos a la Madre no se vulneraran. No hubo necesidad: los ritos a la Magna Mater son semejantes en todos los confines del planeta. ¿Llegó la diosa de oriente a Roma y de Roma a Hispania? ¿O más bien la diosa regresó a su casa original, a los confines de occidente? Vaya usted a saber. Poco importa ya. Los carpetanos, moradores de las tierras centrales entre las sierras del sistema central y el valle del Tajo, también fueron adoradores de la diosa. Eran gentes seminómadas que se sabían protegidos por los sobrecogedores espectáculos que siempre han ofrecido los cielos de Madrid. En su manifestación nocturna, los carpetanos adoraron a la constelación del carro, la que los griegos vincularon con la gran Osa. No es baladí que en el escudo actual de Madrid la bordura de azur cargue siete estrellas de plata. No son otras que las que componen el venerado catasterismo carpetano. Esto induce a pensar que el supuesto «oso» del escudo es en realidad hembra: una osa.

Osa

La simbología de la osa nos lleva a cultos ancestrales de la Magna Mater. Cada año la osa se entrega a su hibernación estando ya preñada . En la gestación se da un fenómeno muy peculiar que es conocido como implantación diferida. Mediante este mecanismo las hembras son capaces de postergar el momento en el que comienza a desarrollarse en su interior un óvulo fertilizado. El futuro embrión permanece en un estado de latencia hasta que la madre determina que la estación es la más favorable para seguir adelante con su gestación, el parto y el cuidado posterior de la cría. Cuando llega la primavera y la osa sale de su guarida en las entrañas de la Tierra, lo hace con sus oseznos ya nacidos. Este hecho no le pasó inadvertido a nuestros más remotos antepasados mediterráneos, que vieron así en la osa una prefiguración de la Magna Mater, un símbolo de la fertilidad y poder regenerativo de la Naturaleza, que brota cada primavera de los adentros de la roca con su camada. A las afueras de Atenas, en la época clásica, las muchachas atenienses eran iniciadas en los secretos femeninos en el santuario de Braurión, donde la diosa Artemisa (señora de las bestias) se presentaba en forma de Osa. Allí, las niñas pubertas se disfrazaban de oseznas para perpetuar los ritos iniciáticos que demandaba la Gran Diosa de la fecundidad. La constelación del carro era para los griegos la ninfa Calisto, a la que la terrible Artemisa había convertido en osa estando encinta. Para muchos eruditos, Calisto es una manifestación de la misma Magna Mater.

Una urbe cuyo emblema exhibe una osa es un enclave de fuerza femenina. Si a esto le unimos la presencia de agua subterránea como base para el asentamiento de la ciudad, la feminidad del emplazamiento se duplica. Don Juan López de Hoyos, en su Declaración de las armas de Madrid y algunas antigüedades, es quién nos rescata el lema fundacional de la villa:

“Sobre agua fui construida, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón”

Multitud de cursos de agua dibujan los caminos subterráneos de Madrid. Una red de arroyos invisibles, como sierpes indómitas de líquido elemento, sobreviven aún hoy, pese a la red de metro y los faraónicos túneles que tratan de descongestionar la capital de vehículos. Pero el agua siempre se abre camino, y más en Madrid. ¿Saben los madrileños que en la historia de su escudo aparece frecuentemente la serpiente en forma de dragón, como custodio de las aguas subterráneas? Lo pueden ver en la plaza de la Villa, o en la de Arganzuela… Pero claro, para eso hay que mirar, que cada vez es más difícil… Una enorme sierpe roja (nos dice López de Hoyos) apareció dibujada en las ruinas de la vieja Puerta Cerrada cuando se desmanteló en el siglo XVI… El lema era cierto: la villa flota sobre ríos de agua que corre secreta. Nunca necesitaron los madrileños del humilde río Manzanares, que jamás alcanzará la nobleza de río fundacional, como el Tíber, el Támesis o el Sena. Y es que cuando los carpetanos del lugar necesitaron agua, perforaron la tierra. No es casualidad que el santo patrón de la villa, el bueno de Isidro, fuera más bien un pocero que un labrador. Otros lo llamarían zahorí. Otros, sacerdote de la diosa, pues parece ser que pasaba la mayor parte de su tiempo venerando las imágenes marianas de rostro oscuro, de las que Madrid jamás supo prescindir: la Almudena, la de Atocha, la de la Encina… ¿No viene el mismo nombre Isidro, de “Isidoro”, esto es “el don de Isis”? ¿O solo fue el paso de la reliquia del gran arzobispo homónimo por tierras carpetanas la causa de su bautismo?… Vaya usted a saber.

Pero del santón zahorí deberemos hablar en otro escrito. Hoy es la Magna Mater nuestra prioridad. Kibeles, Cibeles, habita en su legítima tierra: un hogar de la diosa. Cuando el padre Jerónimo de la Quintana escribe para Felipe III su estrafalaria y apasionante historia sobre el origen mitológico de Madrid, no duda en apelar una vez más a la diosa. Y lo hace con el nombre de Metragirta que, bajada del cielo en un carro tirado por bestias, salva al troyano Ocno Bianor de su autoinmolación, reclamada por Apolo para la correcta fundación de Mantua Carpetana, esto es, Madrid. El relato no tiene desperdicio. Y nos vuelve a resultar tan familiar…

Cuando la poderosa Isabel de Farnesio vino a ser reina de las Españas, no pudo tolerar las insuficiencias de la supuesta capital. Ella y su muy ilustrado Carletto (así llamaba a su hijo mayor, rey Carlos III), proyectaron un Madrid borbónico a la altura de las circunstancias. Y como consecuencia de su rica formación clásica, sabían que en toda ciudad hay que potenciar aquello que Vitrubio llamó “genius loci”, es decir, el genio del lugar. Había que hacer de Madrid una gran capital, y para ello era imprescindible dar con ese mito. ¿Qué forma tiene el genio del lugar en la capital del reino?, ¿Quién lo sabía?…

A día de hoy, en el mismo solar donde vivió y murió Isidro el Zahorí, se levanta el palacio de los condes de Paredes de la Nava. En su hermoso patio hay una sorpresa que nos aguarda en silencio. Dos esculturas olvidadas entonan un lamento muy parecido al de la diosa en la otra punta de la Villa. Se trata de una osa y un dragón. Son las dos piezas talladas como surtidores de la fuente que brotaba a los pies del proyecto de la Cibeles, hace ya demasiado tiempo. La osa, que evoca a la sublime constelación, y a la fecunda bestia ctónica, impone su regia figura paralela al dragón, custodio de las aguas sanadoras del vientre madrileño. Estos son los genios del lugar que un día acompañaban el carro de su gran Dama, la del carro solemne, la de la corona de bastión amurallado de pedernal, la que sujeta firme a las fieras que la hacen avanzar eternamente, y que por descontado, son dos leonas… Otro reformador urbano con mal gusto y peor documentación despojó a la Dama de sus genios para siempre. Luego llegaron esos indecentes angelotes regordetes que juegan ilegítimamente tras el carro divino. Lo dicho: el despropósito es una maldición en la villa.

Tráfico

Una rotonda que gestiona el tráfico urbano no es el lugar para una diosa. Nuestra Señora de Madrid, como bien la bautizó la maravillosa arqueóloga Pilar González Serrano, no cesa en su lamento nocturno. Sus sollozos siguen sin calar en los madrileñitos de a pie que por causa de la costumbre, la desidia o la ignorancia no saben las leyes del suelo que pisan y, por lo tanto, no saben dónde pisan. Madrid, ciudad de agua, piedra, osa y estrellas. Madrid, ciudad de vírgenes negras y poceros de cuerpo incorrupto. Madrid, urbe fémina de los Carpetanos, es ingrata a su esencia.

Amanece en el centro de la ciudad. La diosa espera latente, cauta, inadvertida, una mirada que parece no llegar jamás. Pero ella es paciente y no claudica. Es soberbia, y se sabe muy superior a los viandantes acelerados, que osan ignorarla…

 

Texto redactado por Jaime Buhigas Tallón, profesor de TEMPUS SACRUM 

 

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San Isidro, o Isidoro, es el patrón de los agricultores de todo el mundo, y patrón de Madrid y de España junto con Santiago Apóstol. Su fiesta se celebra el 15 de Mayo, en los idus de Mayo, una fecha muy bien pensada para colocar esta festividad, siendo agricultor. La iconografía tradicional de San Isidro le representa con una casaca marrón, con un cinto grueso, una gola blanca en el cuello y lleva la pica y la quijada. Lo cual no deja de ser curioso, porque San Isidro vivió en el siglo XI, y por ese entonces la gente no llevaba gola. Entonces, ¿por qué se le representa así? Porque a San Isidro le hicieron santo en el siglo XVII. Y esto nos tiene que escamar. ¿Cómo es que a un señor que vive en el siglo XI le canonizan en el XVII? Pero si la gente se habrá olvidado ya de él… y ahí está la historia, que no se han olvidado.

La historia es que durante 600 años los cultos a San Isidro están vivos y permanecen en el tiempo, pero no es santo. Y esta es la tragedia de San Isidro para la Corona española. Existen más de 30 cartas de los distintos reyes de España (Felipe II, Felipe III…) a Roma pidiendo que por favor canonicen a San Isidro porque se les ha ido de las manos y la gente lo celebra como si fuera santo. Pero hasta el siglo XVII nada, y fue únicamente por el folclore y la devoción del pueblo. Como siempre, en realidad.
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Esta es la imagen más antigua que tenemos de San Isidro Labrador (en el extremo derecho). Está pintada sobre una piel de carnero en el siglo XIII, y por lo tanto es uno de los tesoros arqueológicos de Madrid. Esta pintura decora el Arca de las Reliquias de San Isidro, y está custodiado en la Capilla Mayor de la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena. Y cuidado, porque esta pintura tiene uno de los mayores escándalos iconográficos de Madrid: Isidro está representado con aureola, símbolo de santidad, cuando no era santo en el siglo XIII. Pero lo pintan santo y lo consideran santo. Y desde ese mismo siglo XIII hay toda una liturgia, unos cánticos, unos rezos… La mujer que hay al lado de Isidro es su mujer, María Toribia, rebautizada en el siglo XIX como Santa María de la Cabeza. ¿Por qué esta veneración a un señor que ni era sacerdote ni nada, que era un hombre de Madrid, casado, de los de toda la vida? Porque hacía cosas extraordinarias.

Primeramente, el nombre. Isidro, o Isidoro, ya es un nombre extraño. Hay otro gran Isidoro en la historia de España que es el arzobispo de Sevilla, Isidoro de Sevilla. A comienzos del siglo XI, el rey Fernando de Castilla financia una expedición a Sevilla para rescatar de los moros las reliquias de las Santas Justa y Rufina y guardarlas en un nuevo templo que están construyendo en León. El rey busca sus restos pero no los encuentra, y ellas se aparecen al monarca en un sueño y le dicen que no va a encontrar sus restos, pero que a cambio va a encontrar los del arzobispo Isidoro. Y en efecto, lo encuentran y emprenden el viaje de vuelta haciendo varias paradas por el camino, entre ellas, Magerit (Madrid). Y debió ser en ese momento en el que nació Isidro, por eso le pusieron ese nombre, seguramente. Pero también es cierto que el nombre de Isidoro significa «regalo de Isis», y dedicándose a lo que se dedicaba el señor resulta un poco sospechoso.

Para empezar, Isidro vive extramuros, es decir, donde viven los moros ya expulsados de la ciudad. Él vive de niño la reconquista de Madrid en 1083, dos años antes de la reconquista de Toledo, y cuando todos los cristianos se van a vivir dentro de la muralla, su familia decide quedarse a vivir con los moros (la zona que hoy se llama Puerta de Moros (cerca de la Iglesia de San Andrés). Isidro trabaja para un señor de Madrid llamado Iván o Juan de Vargas, y es jornalero a sueldo, por lo que todas las mañanas tiene que cruzar el río por lo que hoy llamamos el Puente de Segovia para ir a trabajar. Pero según una biografía del siglo XIII, aparte de ser agricultor asalariado, tenía una destreza extraordinaria, y es que era zahorí, es decir, podía encontrar agua. Esto en Madrid no es baladí, ya que nunca ha sido una ciudad que se haya alimentado de su «gran» río (el río es una birria y pilla abajo de la ciudad, por lo que tampoco se podía estar subiendo y bajando agua birriosa de un río birrioso). Y tampoco hace falta, porque Madrid está lleno de aguas subterráneas, por lo tanto, aquí quienes van a tener interés van a ser aquellos que sean capaces de localizar dónde está el agua. Y éste es San Isidro, un zahorí. Y cuidado, porque estamos hablando de una estirpe muy importante en la historia de la humanidad, personas dotadas con una capacidad extraordinaria de hacer brotar agua en distintos lugares por sus muchos conocimientos y sus mejores aptitudes. Es decir, era San Isidro el pocero, el que encontraba los pozos.

Y será mejor que hoy lo dejemos aquí. La próxima vez hablaremos de los milagros vinculados a San Isidro…

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Extracto de una clase de TEMPUS SACRUM impartido por Jaime Buhigas. Edición a cargo de César R. Espinel, profesor de Iniciación a la Mitología Comparada y El Pensamiento Simbólico.

por Marly Kuenerz, psicóloga clínica transpersonal, directora del «Máster de Técnicas de Terapia Transpersonal»

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Vamos a aproximarnos un pasito más a la importancia de conocer nuestra historia familiar, por la valiosa información que nos aporta. La familia es nuestro primer Universo, nuestro nido, es la primera fuente del amor y del dolor. Es nuestra primera escuela de vida.

De nuestro árbol genealógico familiar se despliega toda una herencia no solamente genética, si no ideológica, emocional, sexual, material; heredamos secretos, conflictos sin resolver, deseos no realizados que asumimos como propios.

Y es aquí donde aparece el conflicto interno que toda esta herencia genera, una dicotomía que nos separa y nos fragmenta internamente con mayor o menor dramatismo: ser fiel al sistema y cumplir las expectativas que este proyecta sobre nosotros, o ¿realizar nuestros propios deseos y sueños?

A lo largo de mi práctica terapéutica me di cuenta de lo importante que era tener una información más allá del individuo ya que algunos problemas le trascienden porque hay un “destino familiar” que cumplir dentro de nuestro sistema, y es esto lo que a veces impide que podamos desarrollarnos como individuos o tener relaciones sanas con otros.

Vamos a meditar sobre algunos de los elementos que integran esta problemática, y que al mismo tiempo nos ayude a ir introduciendo conceptos de esta espectacular e infinita dimensión inconsciente.

La lealtad al sistema; la identidad que nos da la familia hace que nos sintamos seguros solo por el hecho de pertenecer al grupo. Esta identificación y sensación de pertenencia hace que nos quedemos fijados  en roles muy determinados y que cumplen una función importante para la supervivencia del grupo. ¿Pero que es lo que nos pasa fuera del grupo?

Crecemos a la sombra de nuestro árbol así que nuestro trabajo es dar luz a toda esa información que desconocemos y que viene  de nuestros ancestros, saber entender y descifrar los mensajes del árbol es como dejar de ser ciego a muchos aspectos de nuestra vida  y nuestra historia familiar. Parte de la esa información nos la proporciona conocer el mito y la función que el árbol cumple dentro del seno familiar.

El mito; se puede decir que cada familia es un mito y cada miembro funciona según ese mito que conlleva una serie de valores, creencias y normas, que pueden funcionar de manera explicita o implícita, es decir que hay una parte consciente y otra inconsciente. Conocer el mito a nivel terapéutico es muy ventajoso ya que permite trabajar las dificultades de lo personal sin ir en contra de los valores del grupo de pertenencia.

Los secretos;  forman parte de la gran mayoría de las familias, a veces están relacionados con el mito y cumple una función importante en su momento y en las  circunstancias del sistema, pero si se fijan en el tiempo lo que sucede es que se terminan alimentando fantasías relacionadas con él y esto hace que se repitan sentimientos y conductas no expresados.

Por ejemplo: en un árbol, me di cuenta de cómo los hombres no eran valorados y esto hacia que en el sistema familiar en concreto los hombres asumieran el papel de débiles o directamente el sistema los elegía así. El hecho fue que una de las abuelas (la materna) había quedado embarazada de su primera hija siendo soltera. El padre no quiso responsabilizarse y abandono a la madre e hija.  Este hecho se le oculto a la hija diciéndole que su padre había muerto. Pero el resentimiento de su madre hacia los hombres hizo que su hija viera a estos como “débiles e irresponsables”.

Esto fue lo que ella trasmitió a su hija que se casó con un hombre débil. Y la hija de estos tenía relaciones que no duraban más allá de unos meses, ella lo achacaba a la incapacidad de los hombres a responsabilizarse y comprometerse. Fue muy curioso descubrir que nadie, sobre todo las mujeres, viera esto como una dificultad en ellas. Aquí ya tenemos la realización de un mito que tuvo su  origen en el secreto de la abuela.

La reparación; empieza en el momento que el secreto se desvela y uno puede darse cuenta de que los sentimientos transferidos del sistema perpetúan el “Mito familiar” que ya no cumple otra función que la de vengar el honor de la familia haciendo débiles a los hombres y a las mujeres “fuertes”, pero también desdichadas.

Con estos breves flashes se evidencia que conocer el árbol propio, sorprende y conmueve. La persona que lo elabora siempre queda maravillada de la historia que le relata su árbol. Es como si se fuera reconstruyendo una historia compleja, un testimonio colectivo que va revelando aspectos desconocidos hasta la fecha.

Y de cómo esta nueva manera de ver a la familia, alivia y repara viejas y profundas heridas.

por Marly Kuenerz, psicóloga clínica transpersonal, directora del Máster Transpersonal y Juego de la Atención. Para más información, consultar web:

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por César R. Espinel, mitólogo

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El Pensamiento Simbólico

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En el santuario frigio de Pesinunte (hoy en día la aldea turca de Bala-Hissar, no lejos de Ankara) se veneraba desde tiempos inmemoriales a la diosa madre Kybélê-Cibeles en forma de una piedra negra caída del cielo: un meteorito sacratísimo, digno de la más alta consideración por encarnar la presencia divina procedente de las alturas. La fama de sus milagros se extendía por todo el Mediterráneo. En el 250 a.C., durante la última guerra púnica, los cartagineses seguían amenazando las tierras itálicas, y los sacerdotes consultaron los libros sibilinos para saber cómo destruir al enemigo. «Buscad a vuestra madre», fue la sibilina respuesta. ¿Qué madre? Lo aclaró el oráculo de Apolo: «Buscad a la gran madre de los dioses, que está en la cima del monte Ida». Así, en abril de 204, llegó a Italia la piedra negra de Pesinunte, y fue recibida por el hombre que el Senado consideró el más santo de los romanos: Publio Escipión Násica. El meteorito fue colocado en el templo de la Victoria, sobre el monte Palatino. Dos años después Escipión el Africano, primo de Násica, derrotaba a Aníbal en Zama (cerca de Cartago, actual Túnez). Roma estaba salvada.

Otra Piedra Negra, Al-hadjar al aswad, está empotrada en la esquina exterior suroriental de la Kaaba («dado», por su forma casi cúbica), a una altura conveniente para que los peregrinos alcancen a besarla. Su tamaño se puede juzgar por la imagen de Muhammad que la repone en la Kaaba, como hemos visto más arriba. Su aspecto sugiere un origen volcánico o, mejor, meteórico. Según la tradición islámica la piedra celeste bajó encendida del cielo con un mensaje del arcángel Jibrail (Gabriel) para Ibrahim (Abraham). La Meca, a imagen de Jerusalén, es centro de la tierra; encima de la ciudad santa resplandece la Estrella Polar, centro del cielo. Al caer, la piedra perforó el firmamento y gracias a este boquete es posible la comunicación entre la tierra y el cielo. La Piedra Negra no es una piedra más, inerte e inanimada: cayó viva y luminosa y, como sus hermanas venidas de las alturas divinas, conserva la vida y el alma traída del cielo. La piedra impregnada de esencia espiritual no es sino un arquetipo planetario más. Los hajj, peregrinos de la Meca, hacen su juramento de fidelidad poniendo su propia mano sobre la piedra o, mejor besándola. Lo mismo ocurre en la Basílica del Pilar en Zaragoza, España, donde la imagen de la advocación mariana se encuentra sobre un betilo o columna de piedra que los fieles circundan y tocan y besan por una pequeña abertura. Del mismo modo, rodea a la Piedra Negra de la Kaaba un macizo marco de plata; la cara expuesta, tan resplandeciente y tersa, evoca los millones de labios que han descansado durante un instante de arrobamiento sobre ella, a lo largo de trece siglos.

La Piedra Negra es anterior al islam: era uno de los ídolos que se veneraban en la Meca mucho antes de la predicación del Profeta. Y en el mundo actual sigue siendo objeto de muchísima veneración, un ónfalos pétreo en cuya esencia divina creen mil quinientos millones de personas. No hay piedra en todo el orbe cuya sacralidad se compare a la de la Piedra Negra.

La Kaaba es ombligo y tumba: frente a la esquina de la Piedra Negra se encuentran dos sepulturas: la de Ismael, hijo de Abraham y progenitor de los árabes, y la de su madre, Agar, la esclava egipcia.

por César Rodríguez Espinel, mitólogo

Si hay una imagen que nos debe venir a la cabeza cuando oímos hablar de mitología, es ésta: el Mito de la Caverna, un relato que nos regala Platón en el Libro VII de su República. Éste es el mito por antonomasia y uno de los mejores ejemplos de pensamiento simbólico que podemos encontrar. Todos conocemos este relato, quien más quien menos lo recuerda de sus clases de Filosofía en el instituto. Pero debemos tener cautela con la palabra «mito». Generalmente uno ve que numerosas universidades ofrecen cursos y seminarios de mitología e iconografía que parecen aptos sólo para unos pocos alumnos de Humanidades. Y esto no deja de ser cuanto menos sorprendente, ya que todo lo que quiero decir se resume en esto: la mitología es un conjunto de relatos simbólicos. El símbolo configura un lenguaje que nos ayuda a entender el pasado, y es un lenguaje muy concreto: el poético, el metafórico. El ser humano necesita completarse, eso está más que claro, y parece que para completarnos necesitamos ese tipo de pensamiento simbólico/metafórico/poético.

El Mito de la Caverna no es sólo la teoría del conocimiento de Platón, pues en este relato el filósofo no cierra ni tampoco explica las cosas. ¿Por qué? Porque las interpretaciones de un mito (y de los símbolos que encierra) son infinitas, ya que el símbolo nos religa con algo trascendente, y lo trascendente tiene infinitas interpretaciones para cada uno. Un símbolo jamás llega a conocerse completamente, hay que convivir con él porque constantemente se actualiza y nos devuelve una información, del tipo que sea (emocional, mental, espiritual…). Si dejamos el símbolo anclado en el pasado y le impedimos evolucionar, perderá su sentido como enlace con lo trascendente.

Teniendo esto claro, podemos acceder al quid de la cuestión. Recordemos brevemente lo que nos dice el mito. Cuenta Platón que había una caverna en la que estaban unos hombres encadenados, por los tobillos y por el cuello, de espaldas a una pared. No veían la pared, sólo veían el muro de la caverna delante de ellos. Detrás de la pared (y de ellos mismos), unos hombre y mujeres pasaban llevando objetos sobre sus cabezas, y detrás de ellos les iluminaba un fuego. Ese fuego emitía una luz que iluminaba los objetos que movían esas personas sobre sus cabezas, proyectando sus sombras sobre el muro de la caverna. Los hombres encadenados piensan, lógicamente, que esas sombras son la realidad. Porque además los objetos se mueven. Y las personas que llevan los objetos hablan, por lo que los cautivos piensan que son las sombras las que hablan. Los encadenados están siempre ahí, mirando esa especie de cine todo el tiempo. Y están convencidos de que ésa es la realidad.

Pero, de repente, algo ocurre. El hecho mágico que da lugar a todas las transformaciones: uno de los hombres encadenados es de repente liberado. Uno podría pensar que qué bien, cadenas fuera, es libre por fin. Pero nada más lejos de la verdad. Aquí empiezan los problemas. Porque vivir de la otra forma es muy fácil y cómodo: quedarse sentado a ver qué sombras vienen y qué sombras se van, qué bien la vida, qué mal la vida… Pero de repente llega alguien y te dice: «no, no, no te quedes ahí sentado. Levántate y anda». Claro, entonces el hombre se levanta, da la vuelta al muro y se da cuenta de que esas sombras no son la realidad. Que se parecen mucho porque son una proyección en una pared como consecuencia del fuego. Que es luz. Y la luz se proyecta sobre los objetos y justamente lo que no deja pasar la luz configura el contorno de lo que crees que es la realidad, es decir, una ausencia de luz. Metáfora bellísima.

Pero la cosa no termina aquí, porque el hombre descubre que puede salir de la caverna. Y que el fuego no es la verdadera fuente de luz, hay una que es mucho mayor: el Sol. Y esta metáfora es posiblemente la más importante, porque hay dos fuentes del luz. Platón los distingue con el fuego y el sol. En la Biblia, el libro del Génesis 1:3 se recoge la famosa frase:

«Entonces dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.»

Sin embargo, son muchos los lectores de la Biblia que se sorprenden cuando leen versículos después (1:16) que Dios creó el Sol y la Luna. ¿Qué es esa luz que Dios crea el primer día y que separa la luz de las tinieblas cuando el día y la noche aún no han sido creados? Son los dos mismos tipos de luz que en Platón. Esa «luz primera» del Génesis es el sol de Platón, el Conocimiento único. El sol físico del Génesis se convierte en la luz intelectual, el fuego de Platón. Este fuego nos dice la «mentira», pero es necesario para acceder al Sol. Pero Platón insiste: cuidado, no le fue nada fácil al ex-cautivo salir de la caverna, porque no estaba acostumbrado a esa luz, al Conocimiento. De hecho no puede ver, así que se va colocando poco a poco a la sombra de las cosas. Un poco más adelante ve la realidad (esta vez sí) a través de su reflejo en el agua. Y poco a poco va siendo capaz de mirar directamente los árboles, las rocas o los animales hasta que es capaz de contemplar el mismísimo Sol.

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Podríamos decir que el ex-cautivo ha alcanzado la Iluminación, el Nirvana, el Conocimiento único. Vale, pero ¿y ahora qué? Esa pregunta la dejaremos para otra ocasión…