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por César R. Espinel, profesor de mitología comparada y simbología religiosa

Máscara chamánica representativa de la muerte (la calavera) y la vida (la corona solar) como un todo diferenciado pero complementario, credo de las tradiciones chamánicas de todo el mundo

«La vida se mantiene en un delicado equilibrio. Como rey, debes entender ese equilibrio y respetar a todas sus criaturas, desde la pequeña hormiga hasta el veloz antílope. (…) Y así, todos estamos conectados en el gran Ciclo de la Vida». Esto se lo dice Mufasa a su joven hijo Simba en El Rey León. La idea de que el universo es equilibrio aparece ya en la tradición griega, donde el kosmos («orden») se mantiene en pugna con el kaos. Y las tradiciones espirituales de todo el mundo han sabido plasmar esta necesidad de equilibrio en sus panteones. Puesto que el sentido religioso nace de la experiencia, es fácil entender por qué nuestros antepasados consideraron el mundo como una realidad de equilibrio: es evidente que somos criaturas duales. Somos varones o mujeres, jóvenes o viejos, vivimos en ciclos de día y noche, tenemos frío y calor… pero al mismo tiempo parece haber un principio que trasciende todo eso y que hace que estos ciclos sean precisamente eso, ciclos. Expresado en lenguaje religioso, existe Dios y existe la Creación. Y entre ambos puntos debe haber un entendimiento, un tercer elemento que permita conciliar los opuestos. Y es de ese tercer punto del que vamos a hablar hoy.

En las religiones abrahámicas este punto de equilibrio entre los opuestos quedó muy claro desde el principio. ¿Cómo conciliar lo Absoluto con lo relativo, el Uno con el Dos, la Unicidad con la Dualidad evidente? Para el judaísmo, YHWH era el Uno. La Creación era el Dos. El tercer elemento fue, por tanto, el hombre. Aquel que fue creado a partir de la tierra (según Bereshit 2) y por tanto es parte de la Creación pero, al mismo tiempo, Dios sopló sobre él su aliento (en hebreo ruach) y le otorgó un alma, de procedencia divina, que fue lo que animó su cuerpo. Por tanto, en el hombre se concilian los dos principios, la tierra y el cielo, lo divino y lo profano. Y él, como mismo representante del equilibrio, también debe estar equilibrado per se. Por eso se le llamó Adam, que significa «hombre» pero en el sentido de «ser humano», algo parecido a lo que ocurre en griego entre los términos anthropos (ser humano) y aner (varón). En hebreo, «varón» es ish, por lo que Adam era un andrógino, contenía en su esencia los principios masculino y femenino, al varón y a la mujer. Recordemos lo que dice el Corán: «Dios ha creado el mundo en la balanza».

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La representación de Adán como varón en el arte ha servido para difundir la idea de que Dios primero creó al hombre y que la mujer es un producto derivado de éste, algo que tampoco es correcto

Ninguna religión ha revestido de tanta importancia al tercer elemento como el cristianismo: toda su teología se basa en la existencia de un dios que es uno y trino. ¿Cómo explicar esto? Se recurre muy a menudo a la leyenda de San Pancracio y el trébol de tres hojas, pero podemos ponernos un poco más profundos. Puesto que el cristianismo fue una herejía del judaísmo, los libros del Tanajen especial la Torá, tienen una importancia capital para esta religión. Y en el libro de Bereshit, que en griego se llamó Génesis, volvemos a leer: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra (pasamos de la unidad a la dualidad), y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo (el kaos de la mitología griega), y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». En este «Espíritu de Dios», que el cristianismo convirtió en Espíritu Santo, es donde encontramos nuestro tercer elemento, el que aporta el equilibrio a la dualidad creador-creación. Pero no podemos quedarnos solamente en el relato del Génesis, puesto que donde pone más peso el cristianismo es en el Evangelio, la historia de Jesús de Nazaret, el Mesías prometido. ¿Cómo se manifiestan los tres elementos en este nuevo escenario? Todo el cristianismo gira en realidad en torno a la idea de la unción, ya que «Cristo» es el término griego para el hebreo «Mesías», que no significa otra cosa que «el ungido». Y en toda unción hay tres elementos: el que unge (Dios Padre), el ungido (Hijo) y el ungüento (Espíritu Santo). He aquí la tríada que aporta el equilibrio de los opuestos.

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El bautismo de Jesús es esta unción vista por ojos terrenales. Es en este momento en el que se convierte en Cristo, puesto que el agua del Jordán que el Bautista derrama sobre su cabeza se convierte de inmediato en óleo sagrado ante la presencia del Espíritu Santo

Por su parte, el islam negará rápidamente la necesidad de un tercer elemento que aporte equilibrio, puesto que sostiene que no hay nada que equilibrar, puesto que sólo existe Dios (en árabe Al-lah), y que Dios tiene en sí mismo los principios masculino y femenino de los que emana toda la Creación. Su principio masculino, solar, crea el mundo; mientras que su principio femenino, lunar, lo regenera y nutre. Para el islam 3 es 1, sin distinción. Se trata de una concepción de lo divino muy cercana por un lado al panteísmo y por el otro a las grandes tradiciones orientales, donde el mundo es maya (ilusión) y la multiplicidad que salta ante nuestros ojos es mera apariencia. El saber y aprehender esto ayuda a vivir de acuerdo a este gran principio: «no hay un Él ni un yo, porque Él es yo y yo soy él.», afirmaba Ibn Arabi. «Nada has perdido, nada busques. Cientos eres, ¡conócete a ti mismo», decía Farid ud-Din Attar. Lo divino y lo profano es una misma cosa, inmanente y trascendente a la vez. Eso es el equilibrio. Como hemos citado antes: «Dios ha creado el mundo en la balanza». Para el islam, el hombre es la joya engarzada en el broche del Absoluto.

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Aunque la luna y la estrella no es un símbolo original del islam sino que está tomado del Imperio Otomano, explica muy bien el concepto de la divinidad y el hombre: la luna creciente o menguante representa los dos principios de dios, el solar (la parte visible de la luna) y la lunar (su parte invisible), mientras que la estrella de cinco puntas hace referencia tanto a los Cinco Pilares del islam como al Adam Kadmon, el Hombre Perfeccionado, que vive de acuerdo a la voluntad de Dios

Pero por supuesto, no sólo las religiones abrahámicas han considerado estos tres elementos y han constatado esta idea de equilibrio en sus panteones: en las antiguas religiones denominadas paganas y en las dhármicas encontramos cuantiosos ejemplos:
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Para los antiguos griegos (y más tarde para los romanos), el equilibrio existía entre los tres dioses principales del panteón: Zeus-Júpiter, Poseidón-Neptuno y Hades-Plutón, cada uno de ellos gobernando una parte de la creación, los cielos, los mares y el mundo subterráneo respectivamente. La superficie terrestre era territorio de los tres. Para Karl Kerényi, los tres dioses no eran sino aspectos distintos de un solo principio divino, en el que también entraba Dionisos. Además, cada uno de estos dioses tuvo un hieros gamos o matrimonio sagrado entre lo masculino y lo femenino: Zeus se casó con su hermana Hera, Poseidón con Anfítrite y Hades con Perséfone
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En la India, la Trimurti (literalmente «tres formas») o trinidad puránica formada por los dioses Brahmá (Creación), Vishnú (Conservación) y Shivá (Destrucción) sustituyeron en el siglo III a.C. a la antigua trinidad védica formada por Agni, Indra y Suria. Además, al igual que ocurrió en la cultura grecolatina, estos dioses también tuvieron su respectivo hieros gamos, hasta el punto de que ellos y sus esposas eran entendidos como un todo: Brahmá se casó con Saraswati, Vishnú con Lakshmi y Shivá con Sati / Parvati, ya que se consideraba que ésta última era la reencarnación de la primera
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Aunque hasta nuestros días ha llegado la noción del dios Odín como líder del panteón y Padre de Todos, para los pueblos nórdicos que concibieron esta teología los dioses principales eran también tres, y eran hermanos: Odín (la sabiduría, la guerra y la muerte), Vili (las emociones y la inteligencia) y Ve (la capacidad de hablar, la palabra y los sentidos). Los tres eran hijos del gigante-dios Bor y de la gigante Bestla. Mataron a su antepasado Ymir, y con su cuerpo crearon el universo. también fueron ellos los que crearon al hombre y a la mujer, a partir de dos árboles
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Para los antiguos egipcios, la tríada divina era una familia: Osiris, su hermana y esposa Isis y el hijo de ambos, Horus. Osiris, un dios de la vegetación, será asesinado por su hermano Seth (el dios del desierto), rescatado y resucitado por su esposa Isis; y juntos concebirán a Horus, que luchará contra su tío y ocupará su legítimo lugar en el trono de Egipto. Osiris, por su parte, pasará a gobernar el inframundo. Este mito del dios muerto y resucitado estuvo muy extendido por el mundo mediterráneo, donde encontramos ejemplos como Atis, Tammuz, Adonis, Dionisos o el propio Jesucristo 
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El Taijitu es la forma más habitual de representar el yinyang (literalmente «oscuro brillante»), un símbolo asociado al taoísmo pero que es común a todas las religiones dhármicas. Muy a menudo se muestra como representación de la existencia de los opuestos y cómo estos son complementarios, cómo coexisten sin mezclarse. Lo blanco y lo negro es lo frío y lo caliente, lo suave y lo duro, lo oscuro y lo luminoso… aquí está representado el Universo. Pero, ¿cuál es el tercer elemento en un símbolo que es la dualidad manifiesta? Pues… los puntos. La clave está en descubrir lo yang en el yin y lo yin en el yang. Equilibrio.
 
En definitiva, todas las culturas han buscado explicar la relación entre el ser humano y su entorno, y su pensamiento religioso es un reflejo de ello. El concepto de trino es, como hemos visto, común a todas las tradiciones espirituales. El propio Pitágoras, con su religión numérica, tenía en alta estima el 3 ya que era el primer número que se podía manifestar físicamente en una figura geométrica. Somos criaturas del mundo, y como tales nuestro afán espiritual nos lleva a relacionar múltiples cosas. Los dioses no son sino emanaciones del mundo natural y la experiencia de nuestros antepasados con él. Conocer esto y muchas cosas más nos ayuda a entender las raíces sobre las que se asienta nuestro presente y nuestra forma de ver el mundo. Sólo conociendo de dónde venimos podemos saber a dónde vamos y aprender a relacionarnos con la vida, con los demás y con nosotros mismos. Por todo ello siempre digo Ultreia («(ve) más allá», el saludo de los peregrinos medievales a Santiago).

Cuando era pequeño me encantaba leer mitología, pero no la consideraba más allá que cuentos e historias antiguos. Pero a medida que fui leyendo mitos de otras culturas y, sobre todo, estableciendo relaciones entre unas y otras (en eso consiste la mitología comparada), me di cuenta de que era mucho más que eso: un río de pensamiento y conocimientos perennes que nuestros antepasados legaron a la posteridad. Por eso, este año en Escuela de Atención voy a desarrollar tres cursos: El relato mitológico de OccidenteEl relato mitológico de Oriente (en ambos hablaremos de lo que hemos comentado más arriba y de muchas más cosas) y El Pensamiento Simbólico, y lo vamos a ofrecer tanto en formato presencial como en formato online. Si quieres información sobre alguno de estos cursos puedes visitar nuestra web y enviar un correo electrónico a orientacion@philippusthuban. ¡Te espero!

por César R. Espinel, profesor de mitología comparada y simbología religiosa

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Mythos significa «relato» o «cuento», una historia que encierra un significado y una enseñanza. La mitología es un conjunto de relatos simbólicos, por lo tanto, debe contarse con las herramientas suficientes para acceder a su verdadero significado. Una iconografía base, por ejemplo, un capitel románico que presenta un caballero luchando contra un dragón, no se aparece de la misma manera a todo el mundo, pues cada quien en función de sus conocimientos lo interpreta de forma distinta. Un par de ejemplos del mundo moderno: un árbol y un coche. Dos cosas que podemos encontrar paseando por cualquier calle de nuestra ciudad. Me pongo a mí mismo de ejemplo. Si yo voy caminando por la calle y veo un árbol, no veré lo mismo que un botánico: donde él ve el género, la especie, capaz de identificar si es macho o hembra, si da flor y fruto, hoja perenne o caduca, y mil detalles más; yo veo el Yggdrasil, el axis mundi, la unión de los de arriba con lo de abajo, una manifestación de la creación o un paralelismo del ser humano, por poner sólo algunos ejemplos. Y si por ejemplo nos encontramos con un coche, donde yo veo un medio de transporte un mecánico verá marca, modelo, piezas, funcionamiento, etc… Es decir, mi visión es distinta a las suyas, pero el objeto contemplado es el mismo. Por eso, los diferentes juicios están determinados por el punto de vista de los jueces. No son ni mejores ni peores, sino distintos y complementarios. Lo mismo ocurre con el relato mitológico: depende de cuánto hayamos entrenado penetraremos más o menos en su significado profundo. El objetivo es llegar a la comprensión plena y a la fusión con el Todo. Como decía Ibn Sina, mejor conocido como Avicena, «las cosas son Alá si acertamos a verlas en su esencia, desnudas de existencia, esto es, carentes de tiempo, espacio y atributos».

Los conceptos que se manejan en mitología y simbología religiosa se encuentran lejos del punto de vista contemporáneo, ya que el ideal democrático del individuo que se determina a sí mismo, la invención de los artefactos mecánicos y eléctricos, y el desarrollo de los métodos científicos de investigación han transformado la vida humana de tal manera que el universo atemporal de símbolos heredados hace milenios ha sufrido un colapso. Se suele recordar mucho a Nietzsche por su famosa frase«Dios ha muerto» como un canto al ateísmo, pero lo que se suele olvidar es el sentido de continuidad de esa frase, que no es otro que«vale, Dios ha muerto. Y ahora, ¿qué?» Podemos vivir sin Dios. Ahora bien, ¿podemos vivir sin la experiencia subyacente al concepto de Dios? ¿Cómo reconstruimos nuestra esencia emocional, metafórica, espiritual, poética, tras matar a Dios? ¿Por qué se siguen produciendo hoy series como Lucifer o American Gods? ¿Por qué, a pesar de todo lo dicho arriba, nos siguen interesando las figuras mitológicas? La cuestión, la gran tarea del ser humano, es darse cuenta de que seguimos estando incompletos, que hemos sufrido la Caída cuando desarrollamos la visión dual y perdimos la unitaria; y que es el mito – y por lo tanto el símbolo – el que nos permite regresar a la unidad, refiere a algo que se ha perdido y que puede recuperarse. Nuestra tarea es darnos cuenta, tomando perspectiva de la posmodernidad y del individuo, de que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos, ya sea la familia, la empresa la sociedad o el mundo.

Muchas veces me he encontrado con la pregunta de si los antiguos, los griegos por ejemplo, creían en la veracidad de sus mitos. La respuesta ya la ofreció Máximo de Tiro en el siglo II: «En efecto, hay un dios (…) superior al tiempo, la eternidad y toda naturaleza que fluye, que no puede ser nombrado por el legislador, inexpresable por el lenguaje e invisible a los ojos, y como no podemos captar su esencia, nos apoyamos en palabras y nombres, animales, figuras de oro, marfil y plata, plantas, ríos, cimas y fuentes.» Es decir, los usaban para expresar lo inexpresable. El neoplatónico Salustio de Emesa, amigo personal del emperador Juliano el Apóstata (siglo IV), dejó escrito: «Estas cosas no ocurrieron jamás, pero son siempre». La mitología es el gran vehículo simbólico del ser humano. 

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por César R. Espinel, profesor de mitología comparada y simbología religiosa

Hoy quiero encabezar esto con una frase de Eduardo Galeano, que hoy cumpliría 79 años: «los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí me ha dicho un pajarito que estamos hechos de historias.»  Para los que nos dedicamos a la divulgación religiosa, esta frase no puede ser más cierta: las historias, la filosofía, la Biblia, los clásicos griegos, la simbología religiosa, la mitología y otras ciencias humanas hablan de los mitos y símbolos más antiguos al hombre y a la mujer de hoy. Toda persona se pregunta, en el fondo de su ser, por lo que han sido siempre los enigmas del ser humano, siempre enigmáticos, pero también eternamente necesitados de elaboración: la muerte, el amor, el sentido de la vida, la solidaridad, los comportamientos humanos irracionales…etc. Todas estas cuestiones se tratan en las religiones del mundo, y los relatos que han pervivido porque los contamos repetidamente es porque nos han marcado, porque nos los han enseñado de pequeños, porque los ha transmitido la sociedad, y todos ellos configuran nuestra manera de ver el mundo: son nuestra mitología. Lo maravilloso y terrible de estos relatos es que están abiertos a mil y una lecturas. Una tradición cabalística cuenta que cuando Dios entregó a Moisés la Torá le reveló miles de interpretaciones, una por cada uno de los hijos de Israel que estaba a los pies del Monte Horeb. La lectura histórica de la Torá afirma que los hijos de Israel son los judíos. La lectura mitológica de la Torá revela que todos los seres humanos somos los hijos de Israel, y que el Símbolo tiene un significado distinto para cada uno. Y lo más importante, que uno no anula al otro, sino que lo complementa. Uno puede ver en el relato de la creación de Eva la justificación teológica de la supremacía del hombre sobre la mujer, pero también puede ver la supremacía de la mujer sobre el hombre (Eva fue el último elemento de la Creación, un perfeccionamiento del hombre) o también que en realidad el hombre y la mujer son iguales ante Dios (en tanto que Adam en hebreo significa «hombre» en el sentido de «ser humano», no de «varón», lo cual es ish; algo parecido a lo que ocurre en griego con anthropos aner). Los relatos mitológicos tienen muchas lecturas, pero una esencia. Lluís Duch, antropólogo y monje de Montserrat, decía que la vida humana es a menudo paradójica, una conjunción entre la razón (la lógica, el concepto, el análisis) y el mito (la intuición, la imagen, la narración): la vida es logomítica. Y parte de la salud psíquica consiste en equilibrar estas dos dimensiones.
La frase “más Platón y menos Prozac” tiene algo de verdad: necesitamos filosofía, pero también conocer y estudiar los mitos, para poder encontrar guías para entender y digerir lo que nos pasa. Los mitos y los símbolos nos ayudan a elaborar lo que nos hace daño, lo que a veces queda recluido en el cuerpo en forma de dolores psicosomáticos, insomnios, vacíos existencial. Los mitos son cuentos universales, o expresiones del inconsciente colectivo (como diría C.G.Jung) que nos trasmiten el saber intuitivo que han forjado las civilizaciones a lo largo del tiempo, y a la vez son “transformadores” de energía psíquica. Por esto una poesía, un cuento, un mito, o un relato bíblico, pueden cambiar nuestro humor, e incluso, nuestra manera de vivir. Pero también es necesario un estudio crítico del mito, porque dentro de esta sabiduría que se nos transmite, también pueden estar mezclados prejuicios culturales, pensamientos mágicos arcaicos, defensas sociales agresivas… Por ese motivo es tan útil hacer una interpretación a través de una crítica de las ideologías. Y cuando hablamos de mitología tenemos que hablar también de la Biblia. Eliminando el sentido peyorativo que tiene la palabra “mito” de narración falsa, hemos de descubrir como muchos pasajes bíblicos usan el género literario mítico para expresar su mensaje.
Es muy interesante cómo el Tanaj, la Biblia y el Corán no son sólo Sagradas Escrituras (y cuentan, por tanto, con un carácter testimonial para las religiones), sino que son además literatura y creadoras de literatura, de otros mitos, de arte. El literato canadiense Northrop Frye (1912-1991) calificó la Biblia como el código de la cultura occidental; en ella encontramos los grandes relatos que han configurado nuestra imagen colectiva desde hace milenios. Para él, es necesario distinguir la mitología de la ideología, los relatos míticos son manifestaciones de las vivencias existenciales humanas, apuntan a las posibilidades de desarrollo. La ideología, en cambio, es un discurso que nos dice que ya estamos en el mejor de los mundos posibles, que lo que es necesario es conformarnos, no soñar; por eso son más necesarios los relatos míticos que los discursos ideológicos. Jung decía que el ser humano, en su primera parte de la vida, estaba destinado a esforzarse por encontrar un lugar en la sociedad (trabajar, formar una familia, participación social, etc.) En la segunda parte de la vida, en cambio, era necesario que el individuo se abriera a la espiritualidad (en el sentido amplio) para encontrar un sentido a la vida, si no quería caer en algún tipo de “neurosis obsesiva”.

MENTE Y CORAZÓN

por Elena García Quevedo, periodista y escritora

Vivimos una crisis sistémica de identidad individual y colectiva, de cambio de paradigma, donde todo parece estar en jaque o poder venirse abajo en cualquier momento. José Luis Sampedro definió el momento que atravesamos «como la crisálida. En el mismo momento en el que desaparece el sistema gusano se crea el sistema mariposa. Pero es imposible que la mentalidad de gusano pueda construir el mundo mariposa.» (Voces sabias. El arte de vivir en tiempos de cambio, de Elena García Quevedo. Ed. Paidós.)

Asistimos a una verdadera revolución de las mujeres que se manifiesta en todos los ámbitos de la vida y en la mayoría de los países occidentales. La huelga general por la igualdad celebrada el 8 de Marzo movilizó a millones de personas, las manifestaciones pacíficas contra la política de Trump organizadas por mujeres o las innumerables redes tanto profesionales como privadas creadas por mujeres que trabajan para propiciar un cambio social son solo algunas de sus caras.

El efecto más inmediato de este momento crisálida y de las dimensiones del movimiento femenino es que muchas personas ven en las mujeres el potencial para guiar el cambio necesario de la dirección actual, que lleva a la humanidad hacia la autodestrucción; busca encontrar en las mujeres respuestas para crear nuevas formas en todos los ámbitos: política, economía, educación, arte, arquitectura, etc. «El mundo se salvará gracias a las mujeres de Occidente», argumentó el propio Dalai Lama. Sin embargo, en principio, nadie sabe cómo. A juzgar por las cifras de violencia machista, el techo de cristal o el número de mujeres que alcanzan los puestos de mando, esto no parece tan fácil.

Que la mujer pueda cambiar el rumbo de la humanidad choca contra el propio patriarcado, que va más allá del machismo, y dicta las claves personales tanto de hombres como de mujeres, los modelos globales y hasta la propia forma de relación de la humanidad con el planeta. «El patriarcado es una creación histórica elaborada por hombres y mujeres (…) Ese pensamiento, nos han enseñado los hombres, ha de partir de la eliminación de los sentimientos (…) Las mujeres han aprendido a dudar de sus experiencias y a devaluarlas.», afirma Gerda Lerder en su libro La creación del patriarcado.

El efecto más directo del patriarcado es la llamada «herida femenina» que se traduce en violencia machista, desigualdades sociales e injusticias vinculadas al género; en valorar lo masculino por encima de lo femenino y hacer del antropocentrismo la medida con la que se ha construido el mundo actual y desde la que se vive. Pero también se traduce en la forma de relacionarse la humanidad con el planeta donde tanto mujeres como hombres sufrimos las consecuencias.

Tomar conciencia en profundidad del patriarcado, que – insisto – va mucho más allá del machismo, y alcanza todos los niveles de la vida privada, pública y común es clave para poder trabajar desde el equilibrio de género. Contar con las herramientas de pensamiento, emoción y acción para intervenir en colectivos, instituciones, empresas y agentes socialmente activos es vital. Descubrir referentes en la historia, la psicología o la antropología e incluso liderazgo permitirá proponer caminos y posibles vías de equilibrio. Pero lo más importante es abrir la puerta al imaginario de igualdad social con el conocimiento profundo y el respeto de la diferencia personal para, desde ahí, provocar el cambio personal, educativo y social.

Cabe destacar que el cambio de paradigma, que muchas personas vinculan al llamado «despertar femenino», va más allá del género y afecta a hombres y mujeres. Se trata de un viaje hacia el equilibrio entre lo racional y lo emocional, lo masculino y femenino, en busca del equilibrio de la mente y el corazón, del «siguiente paso en el desarrollo de la humanidad».

por César Rodríguez Espinel, mitólogo

Si hay una imagen que nos debe venir a la cabeza cuando oímos hablar de mitología, es ésta: el Mito de la Caverna, un relato que nos regala Platón en el Libro VII de su República. Éste es el mito por antonomasia y uno de los mejores ejemplos de pensamiento simbólico que podemos encontrar. Todos conocemos este relato, quien más quien menos lo recuerda de sus clases de Filosofía en el instituto. Pero debemos tener cautela con la palabra «mito». Generalmente uno ve que numerosas universidades ofrecen cursos y seminarios de mitología e iconografía que parecen aptos sólo para unos pocos alumnos de Humanidades. Y esto no deja de ser cuanto menos sorprendente, ya que todo lo que quiero decir se resume en esto: la mitología es un conjunto de relatos simbólicos. El símbolo configura un lenguaje que nos ayuda a entender el pasado, y es un lenguaje muy concreto: el poético, el metafórico. El ser humano necesita completarse, eso está más que claro, y parece que para completarnos necesitamos ese tipo de pensamiento simbólico/metafórico/poético.

El Mito de la Caverna no es sólo la teoría del conocimiento de Platón, pues en este relato el filósofo no cierra ni tampoco explica las cosas. ¿Por qué? Porque las interpretaciones de un mito (y de los símbolos que encierra) son infinitas, ya que el símbolo nos religa con algo trascendente, y lo trascendente tiene infinitas interpretaciones para cada uno. Un símbolo jamás llega a conocerse completamente, hay que convivir con él porque constantemente se actualiza y nos devuelve una información, del tipo que sea (emocional, mental, espiritual…). Si dejamos el símbolo anclado en el pasado y le impedimos evolucionar, perderá su sentido como enlace con lo trascendente.

Teniendo esto claro, podemos acceder al quid de la cuestión. Recordemos brevemente lo que nos dice el mito. Cuenta Platón que había una caverna en la que estaban unos hombres encadenados, por los tobillos y por el cuello, de espaldas a una pared. No veían la pared, sólo veían el muro de la caverna delante de ellos. Detrás de la pared (y de ellos mismos), unos hombre y mujeres pasaban llevando objetos sobre sus cabezas, y detrás de ellos les iluminaba un fuego. Ese fuego emitía una luz que iluminaba los objetos que movían esas personas sobre sus cabezas, proyectando sus sombras sobre el muro de la caverna. Los hombres encadenados piensan, lógicamente, que esas sombras son la realidad. Porque además los objetos se mueven. Y las personas que llevan los objetos hablan, por lo que los cautivos piensan que son las sombras las que hablan. Los encadenados están siempre ahí, mirando esa especie de cine todo el tiempo. Y están convencidos de que ésa es la realidad.

Pero, de repente, algo ocurre. El hecho mágico que da lugar a todas las transformaciones: uno de los hombres encadenados es de repente liberado. Uno podría pensar que qué bien, cadenas fuera, es libre por fin. Pero nada más lejos de la verdad. Aquí empiezan los problemas. Porque vivir de la otra forma es muy fácil y cómodo: quedarse sentado a ver qué sombras vienen y qué sombras se van, qué bien la vida, qué mal la vida… Pero de repente llega alguien y te dice: «no, no, no te quedes ahí sentado. Levántate y anda». Claro, entonces el hombre se levanta, da la vuelta al muro y se da cuenta de que esas sombras no son la realidad. Que se parecen mucho porque son una proyección en una pared como consecuencia del fuego. Que es luz. Y la luz se proyecta sobre los objetos y justamente lo que no deja pasar la luz configura el contorno de lo que crees que es la realidad, es decir, una ausencia de luz. Metáfora bellísima.

Pero la cosa no termina aquí, porque el hombre descubre que puede salir de la caverna. Y que el fuego no es la verdadera fuente de luz, hay una que es mucho mayor: el Sol. Y esta metáfora es posiblemente la más importante, porque hay dos fuentes del luz. Platón los distingue con el fuego y el sol. En la Biblia, el libro del Génesis 1:3 se recoge la famosa frase:

«Entonces dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.»

Sin embargo, son muchos los lectores de la Biblia que se sorprenden cuando leen versículos después (1:16) que Dios creó el Sol y la Luna. ¿Qué es esa luz que Dios crea el primer día y que separa la luz de las tinieblas cuando el día y la noche aún no han sido creados? Son los dos mismos tipos de luz que en Platón. Esa «luz primera» del Génesis es el sol de Platón, el Conocimiento único. El sol físico del Génesis se convierte en la luz intelectual, el fuego de Platón. Este fuego nos dice la «mentira», pero es necesario para acceder al Sol. Pero Platón insiste: cuidado, no le fue nada fácil al ex-cautivo salir de la caverna, porque no estaba acostumbrado a esa luz, al Conocimiento. De hecho no puede ver, así que se va colocando poco a poco a la sombra de las cosas. Un poco más adelante ve la realidad (esta vez sí) a través de su reflejo en el agua. Y poco a poco va siendo capaz de mirar directamente los árboles, las rocas o los animales hasta que es capaz de contemplar el mismísimo Sol.

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Podríamos decir que el ex-cautivo ha alcanzado la Iluminación, el Nirvana, el Conocimiento único. Vale, pero ¿y ahora qué? Esa pregunta la dejaremos para otra ocasión…

Crescendum, desarrolla tu Potencial desde lo transpersonal

Durante la evolución, el cerebro humano se ha ido adaptando a las conductas que aumentaban la probabilidad de mantener el cuerpo con vida, al cerebro no le interesa la felicidad sino la supervivencia.

La mente humana puede viajar por el pasado y por el futuro, así aumenta la probabilidad de sobrevivir.

  • Recordar el pasado nos sirve para aprender de la experiencia. Por eso no paramos de darle vueltas a algo que sucedió hace tiempo sin poder evitarlo.
  • Pensar en el futuro nos sirve para planificar nuestras acciones y asegurarnos el éxito en la reproducción y la supervivencia. Por eso a menudo nos sentimos angustiados por algo que nos preocupa del futuro.

Es normal que suceda esto, pues el cerebro no para de generar pensamientos y maquinar problemas, pero tomando conciencia de esto comprendemos que los pensamientos no son hechos.

El cerebro también se ayudó de las emociones para facilitar conductas que aumenten las probabilidades de sobrevivir. Por tanto, es normal sentir emociones que nos llevan de manera automática a conductas y estados de ánimo que no nos ayudan a ser felices ni a encontrar calma en la mente, pero tomando conciencia de ellos podemos llegar a comprender el sentido y la función de la emoción.

En este curso aprenderemos a mantener la atención en los contenidos y procesos mentales:

En primer lugar aprenderemos a tomar conciencia de los pensamientos y emociones que hay en nuestra mente.

En segundo lugar, con el manejo de la atención, aprenderemos a no identificarnos con el contenido de la mente, de esta forma podemos llegar a ver pensamientos y sentir emociones manteniendo la calma.

En este curso aprenderemos a observar la resistencia que genera nuestra mente ante determinadas circunstancias de la vida y a darnos cuenta de lo poco útil y el dolor que produce resistirse ante las cosas que son inevitables.

 

 

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Estos son los 8 Principios Básicos que tienes que recordar… y practicar: Leer más

Dónde pones la atención… Después de más de 30 años jugando con ella, doy fe de que la atención nutre, activa, hace que florezca aquello donde se posa. “Donde pones la atención, esto crece”… ¡Cuantas veces habrá sonado esta frase! La mente es una gran actriz, capaz de vivir una tragedia griega, un romance hollywoodiano […]